Descartes y Sánchez, el de Tui


Obnubilados por exhumaciones y rebeliones, subyugados en su consunción, olvidamos contemplar otros ámbitos que conforman nuestro presente. El mérito, por ejemplo. Fue René Descartes uno de los precursores de la filosofía moderna. Su obra más notable, El discurso del método. En realidad el título era más extenso y aludía a intangibles de orden, incluso, ontológico: Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias. Podía haber titulado de otro modo, más al uso en el XVII: tratado, teoría, conjetura, etcétera. Pero el maestro quiso llamar «discurso» a su obra. Había nacido en 1596 en La Haye, en la Turena francesa, lugar que posteriormente y en homenaje a su paisano se denominó Descartes. Era quebradizo de salud, solitario y circunspecto. Sus largos reposos en cama le sirvieron para reflexionar y, fundamentalmente, para hacer de la reflexión un modo de cambiar el mundo. Porque el mundo lo cambian las ideas y no las promesas electorales que estos días otoñales escuchamos con asombro. Lo cambian las razones y la razón, no las soflamas. Para ello es preciso estudiar. El maestro estudió a Cicerón, Horacio, Aristóteles, Píndaro, matemáticas (puras y aplicadas), derecho, medicina, y escribió varias docenas de obras mayores. Descartes no quería enseñar, sino solo hablar con inteligencia. De ahí el título: discurso, en lugar de tratado o teoría, dicen algunos. Otros creemos que la intención de hablar la motivaba el miedo a una condena, como le había sucedido pocos años antes a Galileo, a quien Descartes admiraba. Es el denominador común de todas las épocas, de la nuestra también: cualquier discrepante es apartado del pensamiento dominador. Y en el pensamiento global domina lo débil. Siempre.

Descartes era un dudoso. Hubo muchos. Uno de ellos, su precursor. Era gallego y poco nos acordamos de él. Se llamaba Francisco Sánchez y nació en Tui, aunque los portugueses han querido llevárselo a Braga y el chovinismo galo a su Francia, donde vivió desde los once años. Más tarde se trasladó a Roma. Allí estudió filosofía en La Sapienza. Regresó a Francia, Toulouse, para cursar medicina. Se gradúa como doctor en Montpellier. Y piensa, estudia, escribe. Uno de sus textos se titula Quod nihil scitur (título conmovedor: «Que nada se sabe»), obra fundamental para entender más tarde el propósito de Descartes, su duda permanente y el convencimiento de que la razón nos sacará de la torpeza. O sea, de la ignorancia.

Dos escépticos, el de Tui y el de La Haye. Dos trabajadores incansables: ambos hicieron de la disciplina y del esfuerzo su norte. Ambos, instalados en la altura intelectual, impulsaron el progreso de la humanidad. Aquí hemos desterrado la valía y el merecimiento. Y esa obviedad nos ha hundido en la sima en que nos encontramos: escuchando peroratas electorales anodinas y viendo cómo acceden a la fama, televisión por medio, algunos que no han contraído mérito alguno con la sociedad. Proclamemos, pues, el discurso del mérito. Será necesario en la próxima campaña electoral.

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