Una casa con un joven y seis rapaces

El tudense Alejandro Pérez vive con halcones, un búho, una lechuza y dos azores


vigo / la voz

«Desde siempre le gustaron los animales y tuvo todo tipo de mascotas, pero con doce años nos dijo que quería un cernícalo y de ahí no se apeó». Leandro Pérez, que ya había criado otro hijo antes, sabía que cuando Alejandro les dijo que quería un ave rapaz no se iba a contentar con uno de peluche. Este niño de Tui se salió con la suya aunque tuvo que esperar a ahorrar su propio dinero para que sus padres se aseguraran también de que iba asumir tremenda responsabilidad. Ocho primaveras después, Alejandro Pérez Cuadrado pasea habitualmente por Guillarei con sus mascotas: Alfires, Satán, Kira, Calipo, Zeus y Nicki.

«Son como mis hijos», asegura este joven que, de primeras ya descarta hablar de afición, «porque lo mío es una verdadera pasión». Y ha de serlo porque solo para atenderlas a diario le dedica una media de cuatro horas cada tarde y eso, que cuenta con el apoyo de toda su familia y especialmente de su padre. Los gritos procedentes de la casa de Alejandro se escuchan desde la calle, pero solo proceden de los animales. Sus mascotas con un águila de Harris, un halcón peregrino, una lechuza, un azor ibérico y otro finlandés y, el benjamín, que con solo tres meses ya alcanza el porte de un niño de dos años, un halcón peregrino. De este último hay una especie de custodia compartida porque, aunque solo lo confesó cuando Alejandro ya se había hecho con las otras padres, su padre siempre había querido tener un búho. Así que, animado por el entusiasmo de su hijo, y tras aprender a marchas forzadas todo sobre el mundo de las aves rapaces, al final Leandro consiguió su objetivo. La pasión se ha contagiado y Alejandro cuenta con su madre también para el cuidado de los animales. «Los llevamos bien, aunque son muchos gastos, porque él se lo trabaja y le entusiasma», asegura su madre María del Carmen Pérez.

Los tres acostumbran a salir a diario para volar las aves y de hecho, hay veces que hasta la abuela participa porque, aunque todas residen en la misma casa, no se pueden ni ver. «Es mi pasión y soy feliz cada minuto que les dedico, además hay que estar pendiente en todo momento. Hay que pesarlos antes de cada vuelo y después para darle la cantidad exacta de comida por ejemplo», indica Alejandro. Llenar la nevera en su caso significa ir a comprar pollitos de un día, codornices o ratas. Esta es la dieta que han de seguir sus mascotas así que hay un congelador exclusivo para su alimentación y se sigue un orden riguroso tras demostrar en el campo su estado físico y sus aptitudes de caza o vuelo, según el caso.

«No solo es volarlos, hay que limpiarlos, prepararlos, darles de comer...», advierte este joven al que no le preocupa perderse horas de salir con los amigos si las gana con sus mascotas. De hecho fue Jose, compañero de clase desde el parvulario el que le inició en este mundillo y con su padre, amante también de las aves, hizo que con doce años Alejandro deseara con tanto ahínco aquel cernícalo.

Veinteañeros los dos ahora siguen saliendo a diario con sus padres aves en mano. Esta semana Alejandro prestó especial atención en el campo a Calipo, el halcón peregrino de tres meses de edad y a Zeus, el búho real 75 % siberiano. «No es algo matemático depende del día y del comportamiento del animal. Al halcón por ejemplo lo estoy entrenando aún en altanería porque aún está poco musculado pero cuando alcanza los 50 metros ya se le premia con una paloma viva y caliente», señala Alejandro mientras suelta a Calipo. Durante la sesión de entrenamiento ha de hacer él varias carreras inesperadas campo a través para librar a los conejos que Calipo divisa y persigue desde veinte metros de altura.

Luego llega el turno de Zeus, un ejemplar que desata la curiosidad de los vecinos que se congregan para seguir su espectacular vuelo. «Las aves nocturnas son más tercas, ahora le estoy enseñando a saltar al guante pero ha de aprender a hacerlo al guante», explica. «Realmente le enseñamos lo mismo que le harían sus propios padres para ejercitarlos, que salte para encontrar la comida», considera el autonombrado padre de seis aves rapaces que además pertenece a la sociedad gallega de cetrería. Para él no es prioritario sacarse el carné de conducir o tener coche. Además, su padre asume con entusiasmo el papel de chófer. Así que todo lo que Alejandro ahorra es para sus «hijos» y la mayor factura es la del veterinario. «Solo hay una especializada en Vigo, que es Esther Carpintero y, con la ayuda de mis padres, voy asumiendo el coste», dice feliz.

«No es una afición sino una pasión, son como mis hijos y los cuido como lo harían sus padres»

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