Lo malo de ser gallego y moro

Los dos niños que han perdido a sus padres no tendrán un sitio donde llorarlos en Galicia


Lo malo de gastar una larga barba negra y rizada, el bigote afeitado y la piel tostada es que al morirte no te podrán enterrar en Galicia, donde criabas a tus hijos y habías reclamado dejar tus restos. Lo malo de vestir pañuelo en la cabeza y ser humilde es que cuando la gente hable de ti se acordará de la musulmana aquella que falleció en la explosión de Tui, pobre, la marroquí o la mora, pero nadie dirá la gallega, aunque lleves aquí veinte años. Lo malo de ser hijo de dos musulmanes muertos en una tragedia es que no vas a tener un rincón que visitar en cada aniversario, en cada cumpleaños, en cada día de difuntos, no sé, en cada lo que sea, porque los aniversarios son solo salvoconductos para acceder a ese delicado canal que conecta lo que somos con lo que perdimos. Lo malo es que no vas a disponer de un rincón en el que derramar una lágrima, en el que consolarte hablando con ellos, aunque ni siquiera creas que te escuchen, porque no se trata de eso, un rincón en el que dejar una flor o depositar tu silencio, donde reposar tu duelo y donde reconfortarte notificando cómo la vida fluye, cómo sigue fluyendo. Lo malo es haber sufrido la devastación de perder a tus padres prematuramente y descubrir que tienes menos derechos que el resto, que naciste aquí y aquí quieres vivir pero que tienes menos derechos, que eres menos gallego, porque en Galicia no hay cementerio para gallegos musulmanes, aunque el Parlamento acordó ya hace un año que se construyese y no se ha movido ni una piedra. Lo malo de llamarse Abdelkhalek y Ezzoura, y no Manolo y María, es que a nadie le importa.

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