El furancho de Tomiño con maizal propio que despacha hasta 20 empanadas al día
TOMIÑO
Una familia cultiva 4.000 metros cuadrados para su loureiro
03 jun 2026 . Actualizado a las 16:49 h.Un maizal, vino de las cepas de sus abuelos y una casa de Vilameán donde la clientela ya es familia. Tierra, tradición y mesa unidas en un mismo lugar. Así se entiende lo que ocurre en el Furancho do Olivo, en Tomiño, uno de esos sitios a los que se llega por recomendación y al que siempre se vuelve.
Detrás están Pablo Fernández y Conchi Rodríguez Rodríguez. Él, tras años en el naval, decidió apostar por la finca familiar. Ella, al frente de la cocina, da forma a todo lo que llega a la mesa. Hace dos temporadas abrieron las puertas de su casa y hoy tienen algo que no se compra: gente que repite. «Son como da familia», dicen.
Porque aquí todo empieza mucho antes de sentarse a comer. Arranca en las cepas que ya trabajaban sus abuelos, de las que salen cada año unos 4.000 litros de tinto y alrededor de 1.500 de blanco. Y sigue en el maizal de unos 4.000 metros cuadrados que ellos mismos plantaron y cuidan durante todo el año, con la vista puesta en unos pocos meses de apertura.
Sembrar, esperar, recoger, dejar secar, desgranar, moler. El ritmo lo marca la tierra. Nada se acorta. Todo ese proceso desemboca en la cocina, donde ese maíz —el millo corvo, una variedad tradicional de grano oscuro— se convierte en la base de unas empanadas que, en los días de más gente, llegan a agotarse.
«Facer a empanada de millo corvo custa o dobre de tempo ca unha normal, pero o sabor conquista a todo o mundo», explica Conchi, que empieza la jornada de madrugada. «Hai que escaldar a fariña con auga fervendo, deixala arrefriar, volver amasar e deixala fermentar». La masa exige paciencia, se rompe más que la de trigo, pero el resultado compensa.
De zamburiñas, de xoubas o de bacalao con pasas, estas empanadas se han convertido en uno de los grandes atractivos de una casa en la que casi todo es propio. A la mesa llegan también chorizos de sus cerdos, huevos de sus gallinas, patatas de la finca y platos de siempre como zorza, callos, croquetas, raxo, oreja o tortilla, además de postres caseros como el arroz con leche.
Entre plato y plato, el ambiente hace el resto. Mesas que se llenan, conversaciones que se alargan y ese ruido de fondo que no molesta, sino que acompaña. «Hai días que hai que remesar varias veces», explican sobre el ritmo del servicio. Afirman que la clientela acaba siendo «como da familia». El furancho abre de marzo a junio, pero el trabajo es continuo. Preparar la tierra, cuidar los cultivos, atender las viñas, elaborar el vino. Todo para que, cuando llega el momento, la casa esté lista. «Paga a pena porque a xente repite», dicen.