Tomiño llora la muerte de la profesora Tinita Ozores, la «superabuela»

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Tenía 91 años, vivió la época del contrabando en el río Miño en la posguerra, fue estudiante en Oxford y enseñó inglés a varias generaciones

24 jun 2021 . Actualizado a las 21:28 h.

Clementina Ozores, Tinita, ha fallecido a los 91 años víctima de un ictus. El Concello de Tomiño llora la muerte de esta mujer, natural de Goián, que marcó un época y que fue todo un referente social. Profesora de inglés y de filosofía y viajera empedernida, fue una persona vital y optimista hasta el final de sus días.

Hace solo tres años recibió un homenaje en las Festas do Alivio. «Me dieron un susto, fui al Concello casi engañada pensando que me iban a hacer alguna proposición de venta y me encontré con esto. ¡Me quedé lívida!», acertó a decir en ese momento. «Nunca se me pasó por la imaginación que pudiera llegar a ser yo homenajeada. No sé si me lo merezco. Es un honor demasiado grande para mí», señaló. Muchos de sus vecinos sabian que era acreedora al reconocimiento. En primer lugar, por su amplísima trayectoria como docente, pero también por una vida implicada en diferentes actividades en Tomiño. «Mis piernas no paran», decía a punto de cumplir los 89 años. Ni su mente tampoco. «Estoy sola casi todo el día, pero hablo con todo el mundo y estoy llena de todas las cosas que me rodean y me acompañan. Viviendo sola no sé lo que es la soledad», aseguraba en una entrevista para La Voz.

Hija de Juan Ozores y Ermesinda Ozores, fue la penúltima de cinco hermanos que su madre crio al tiempo que regentaba el negocio familiar, mientras su padre hacía las américas en Brasil. Vivió la dura época de la posguerra, cuando muchas economías familiares tuvieron que recurrir al contrabando en el río Miño. Esa soledad de la que hablaba no fue exactamente una elección de inicio. «Empezabas a estudiar y todas acababan plantando hasta que quedabas sola. Luego, los demás tenían sus familias y les era más complicado viajar. Yo, sin ataduras familiares, siempre hice lo que me dio la gana», celebraba. Y contaba cómo decidió sus estudios: «Me matriculé en Farmacia, como mis hermanas, porque aunque hoy ya no es así, en aquella época era papá el que decidía». Pronto vio que aquello no era lo suyo y cambió. «Las matemáticas no eran para mí y me pasé a Historia del Arte, que me había gustado toda mi vida y me sigue apasionando», reveló.

Tinita llegó a participar en excavaciones en Tebra, que le valieron una matrícula de honor en historia antigua ese curso. Una vez licenciada, fue ella la que enseñó: «Tenía mis berrinches con los alumnos, pero disfruté mucho de la enseñanza recorriendo los institutos de la zona». Estuvo muchos años como «penene», como se conocía a los profesores no numerarios, mientras preparaba con calma las oposiciones. Y así llegó a dar clases de historia, filosofía, gramática española, latín o griego: «Había que ganarse la vida con todo aquello de lo que supiera y pudiera enseñar».

Estaba por llegar el inglés, que se cruzó en su camino para quedarse en su vida. «Había un amigo que daba clases particulares. Nos habló de que había anuncios en el periódico para ir allí y aprender. Así que contesté a uno y me fui», rememora. Todo un disgusto para su familia. «Colgué la enseñanza en Tui, al lado de casa, y me fui siguiendo mi gusto para aprender y practicar», recuerda.

A su vuelta, ejerció durante años de profesora de inglés hasta su jubilación, en 1996. «En esa época todo el mundo estudiaba francés. Yo me iba a dar clase gratis al colegio para luego tener alumnos en secundaria en el instituto», contaba. Con el tiempo la apodaron superabuela, aun sin tener hijos ni nietos. «No tuve niños, pero siempre estuve rodeada de ellos, alumnos y sobrinos. A los primeros ocho alumnos de inglés metía en un sinca y nos íbamos de excursión».Todavía le ocurría que podía ir paseando por la calle de Príncipe, en Vigo, y alguien le gritaba «¡Súper!». Y acto seguido le daban un abrazo cariñoso. En esa ciudad dio clases en el IES Alexandre Bóveda.

Además de la enseñanza, la pasión que le acompañó toda su vida, desde que en 1970 pudo ahorrar lo suficiente para hacer su primer gran viaje, fue recorrer mundo. Estuvo en 75 países y planeaba seguir sumando. «Un sobrino me regaló un libro con 501 sitios que visitar y voy tachando. También tengo un mapamundi en el que pongo una pegatina a cada lugar al que voy». Uno de sus últimos destinos fue Armenia. «Nos vamos haciendo viejas y ahora me voy acercando, ya viajo por Europa», contaba la tomiñesa cuando aún conducía su propio vehículo «hasta Vigo, porque a Santiago ya da algo más de miedo».

A lo largo de los años vivió mil anécdotas por el mundo adelante. Recordaba especialmente su visita a la catedral de Coventry una semana después de que la reina la inaugurara tras quedar destruida por la guerra. Era su época aprendiendo inglés en Oxford. «Me fui a Coventry con autostop con tres peniques en el bolsillo que me sirvieron para comprar una postal para mi colección», relataba orgullosa.