«Medir 1,05 metros nunca fue un problema para mí. Soy feliz»

Monica Torres
Mónica Torres SOUTOMAIOR / LA VOZ

SOUTOMAIOR

XOAN CARLOS GIL

María Codesido, una joven de Arcade con displasia esquelética, gana una beca para estudiar en Noruega el bachillerato internacional después de acabar la ESO con matrícula de honor

24 may 2024 . Actualizado a las 17:58 h.

«Una compañera me preguntó si me había escapado de la guardería en mi primer día de clase en Infantil», recuerda María Codesido. La arrolladora personalidad de esta joven de Arcade con una displasia ósea ha hecho de su condición una marca de identidad que no le impide hacer nada de lo que se propone. «Siempre supe que no tenía ningún problema por medir 1,05 metros. El problema lo tenían otros», asegura esta alumna del CPR Santiago Apóstol de Soutomaior que acaba el curso con una beca para estudiar el bachillerato Internacional en Noruega.

Su extraordinario currículo, pero, sobre todo, su perspectiva del mundo y de la vida, fueron su pasaporte para estudiar en el UWC Red Cross Nordic College, uno de los prestigiosos Colegios del Mundo Unido. «La primera en la que pensé, cuando vi que mandaban a la princesa Leonor a un colegio de Gales porque decían que iban alumnos con dotes de liderazgo, fue en María, porque, sin duda es un rasgo que la caracteriza. Mi hija estudiará en el de Noruega, que fue el primero de la lista que eligió cuando la seleccionaron, pero es un colegio de esta red internacional», revela su madre, Isabel García.

«No tengo acondroplasia sino una displasia esquelética, porque lo mío es la mutación de un gen que afecta al colágeno. Los huesos de mis extremidades, eso sí, crecen igualmente poco, pero que muy poco ¿eh?», explica María con humor. Todo es una cuestión de perspectiva según su experiencia y, eso en boca de «una mujer plenamente realizada y feliz» anima a cualquiera a cambiar el enfoque.

«Uno crece a base de experiencias y adversidades superadas. La displasia es parte de mi identidad y me he convertido en la mujer que soy, gracias también a mi baja estatura», defiende.

Con esta filosofía de vida, un currículo de Matrícula de Honor en Primaria y en Secundaria y cursando con notas similares primero de Bachillerato en Soutomaior por lo mucho que le gusta estudiar, ya que en Noruega ha de hacer los dos años completos, se explica el liderazgo del que hablaba su madre y el dictamen del jurado que concede las becas. «Buscan gente que quiera hacer cambios en el mundo, con diferentes perspectivas y eso lo valoran más que el expediente. Poder ir a un colegio del Mundo Unido, conocer y compartir con jóvenes de otras culturas que tienen las mismas ansias por aprender y mejorar que yo, era mi sueño», dice la joven con un máster en lo de cambiar el mundo y la perspectiva.

Estar a la altura nunca fue una cuestión de centímetros para esta brillante joven. Nació con una enfermedad congénita, «pero ni soy ni fui nunca una enferma», advierte. Comparte con sus padres el entusiasmo vital que, eso sí, lo forjaron a pulso, para conseguir el sueño de cualquier padre, que es el ver a sus hijos felices e independientes.

María tuvo un escalón con ella siempre en casa. «Solo estaba adaptado el interruptor de la luz de mi habitación y el del baño». Para todo lo demás se valía con un escalón que iba moviendo de sitio y nunca sintió la necesidad de ser más alta. Hasta que llegó la pandemia y las normas sanitarias de desinfectarse o lavarse las manos le obligaban a tirar siempre de amigas que la pudieran aupar para llegar a los baños de los locales cuando salían. Tenía 13 años, media 1,05 metros, hacía surf, kayak, tocaba el flautín, el piano, formaba parte de la Banda de Música de Arcade..., cuando se decidió a dar el siguiente paso de gigante.

María acabó la ESO con matrícula de honor mientras superaba tres operaciones de alargamiento que comenzaron en septiembre del 2020. Primero de tibias, luego de fémures y después de húmeros, seguidas cada una de ocho meses con fijadores que pesan unos cinco kilos. Cada día, durante los cuatro meses siguientes a cada intervención, hay que darle una vuelta los tornillos para que el hueso estire un milímetro. «El alargamiento de los fémures fue durísimo, pero merece la pena si estás convencido. El dolor te va minando emocionalmente, no tanto por intenso como por continuado», advierte.

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Cuatro años y 25 centímetros después, «cambiaron muchas cosas, pero el mundo lo veo igual». «Por fin puedo hacerme una coleta, porque antes no me llegaban los brazos, o lavarme en cualquier lavabo y me senté en el coche de mi padre y pude llegarle a los pedales...», dice entusiasmada esta joven, ejemplo de que la grandeza no se mide por el tamaño y de que las diversas perspectivas pueden cambiar el mundo.