Un saxofonista «medio pirata»

En la emigración o en el mar sudó la camiseta. También fue músico de banda y charanga


pontevedra / la voz

«Eu sempre che fun medio pirata». La frase le sale del alma a Emilio Savajanes Reguera, que a sus 85 años recibe en medio de la leira en O Rañadoiro (Ponte Sampaio, Pontevedra), mientras abona la tierra para las patatas al lado de Maruja, su Maruja, su compañera de vida, que se queja de los huesos pero ahí sigue, capacho en mano y espinazo doblado. Emilio pronuncia esas palabras, se apoya en un balado de piedra, y añade: «A min cando non me gustaba algo enseguida marchaba para outro lado...». Y vuelta y dale con lo de que era medio pirata. Se le pregunta por qué lo dice en pasado, si es que el medio pirata ya ha pasado a mejor vida y ahora solo queda un Emilio descafeinado. Entonces, abre la caja de recuerdos y avisa: «Eu cóntoche e ti despois dis se fun pirata, se non fun ou se son aínda. Opinas ti e listo».

Emilio Savajanes nació en Vilar, una aldea de Ponte Sampaio próxima a O Rañadoiro, donde ahora vive. Dice que trabajó desde bien joven, ora como cantero ora en las tierras o donde hubiese que echar una mano. Le gusta contar que era bueno ligando. «Falei moitos anos cunha moza de alá de alá de Xustáns, pero a miña nai non lle gustaba... e a min tampouco moito porque Xustáns estache moi no monte, a min para alá non me gustaba ir». Maruja le escucha y le lanza un grito desde el fondo de la leira para que cambie de tema. Pero él erre que erre. Cuenta que un día acudió a trabajar a O Rañadoiro y la madre de Maruja -«unha muller educadísima, daba gloria falar con ela», apunta- le preguntó si tenía novia. Por ahí empezó la cosa con Maruja. Y acabaron en boda y amor eterno.

Emilio Savajanes, por aquel entonces, combinaba varios trabajos. Y solía andar al mar. De hecho, se cayó de la lancha junto a la isla de San Simón y casi no lo cuenta. Eran años duros y un día se decidió a coger las maletas. Se marchó a Holanda dejando a Maruja atrás. Dice que allí trabajó duro en una fábrica de cerveza. Y que en cuanto pudo se vino de vuelta a casa. «Pensei que xa estaba rico e vin de volta», dice con retranca.

Volvió y siguió encadenando trabajos; dando el callo aquí y allí a para tirar de la familia. Maruja, mientras tanto, trabajaba todo lo que podía y más en las leiras, cuidaba de sus mayores y criaba a dos hijas. Un día, estando en el puerto de Vigo, Emilio escuchó que pedían gente para irse a Holanda. Y le tentó de nuevo la emigración. «Collín e aos que buscaban xente deilles os bos días en holandés, e xa me levaron con eles», explica. Se volvió al país de los tulipanes y se empleó en una fábrica de tabaco. Le pusieron de encargado y, aunque reconoce el trabajo no le mataba, no le gustaba demasiado estar de brazos cruzados dando órdenes. «Eu prefería ser obreiro, para mandar non valía», dice. Acabó marchándose también de allí. Pero recuerda algo maravilloso que le pasó en la emigración: «Toquei alá nunha banda de música, moi ben o pasabamos. Porque eu sabía tocar o clarinete e o saxofón. Aínda me acordo ben de cando me estreei como músico, aquí en Galicia. Foi na procesión do Xoves Santo, e saín eu co meu clarinete. Daquela aínda era un rapazote». Ya de vuelta a Galicia de su segunda emigración, trabajó durante años en Pontesa, en la conocida fábrica de cerámica que baila entre terrenos de Pontevedra y Soutomaior. Cuenta mil y una historias de su paso por la fábrica, de que compaginaba este trabajo con el mar... y de que nunca dejó de lado la música.

Es salir a colación la música y que su rostro se ilumine. Tocó durante años en charangas como Brisas do Mar, de Meaño. O en Nuevos Bríos. Se le olvidan algunos nombres de las formaciones por las que pasó. Pero el recuerdo que mantiene intacto en su cabeza es el de una fiesta en O Viso: «Alá fomos tocar e resulta que o cura fixera un novo campanario e vou eu e cántolle: ‘O señor cura do Viso fixo un campanario novo, tamén o facía eu a conta do pobo todo’». Al público le encantó. Pero la cosa acabó mal, con la Guardia Civil sacando a los músicos de escena.

Emilio rescata esa anécdota y una sonrisa pícara se le pone en la cara. Maruja no le escuchó, pero le ve la mueca y vuelve a avisarle: «A ver o que estás contando, non vaias contar parvadas que despois chas teñan que poñer no xornal, non lle fagas perder o tempo á xornalista». La escucha, se hace el interesante, y dice: «Se non quere escoitar que marche, eu atada non a teño». Emilio se quedó corto. No fue medio pirata. Fue pirata entero.

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