La pareja rescatada en un flotador se zambulle en la industria del espectáculo

Los redondelanos salvados en un patito hinchable crean su propia empresa de trajes y «performances»


redondela / la voz

La odisea de una pareja que el 1 de julio se quedó dormida a la deriva en un patito hinchable en medio de la ría de Pontevedra llevó a sus protagonistas hasta las noticias de ámbito nacional. Rafael Álvarez Martínez, dueño del mediático anfibio de plástico, asegura que fue un hecho absolutamente real y que, incluso vivieron algún momento de miedo pensando en que su gran flotador pudiera pincharse. Pero la historia no acabó ese día. Rafael Álvarez Martínez, el mariscador más precoz de Redondela, que con doce años se escapaba del colegio para cazar bicho y poder ayudar a la economía familiar con su venta, es también un experto en performances. Al igual Paula Moares, su pareja dentro y fuera del patito hinchable, trabajan con la empresa Barafunda, especializada en diseño, creación y producción de servicios de animación.

En ella se conocieron y antes de que vivieran en directo aquella experiencia real, participaban en una performance titulada Bañistas perdidos que, aunque se desarrolla en tierra firme, guarda una evidente similitud. «Por supuesto que lo que pasó con el patito en la ría fue verídico. Estábamos tan dormidos que, cuando despertamos en el medio de la ría, estábamos rodeados de policía», defiende. La experiencia les ha valido, eso sí, para meterse aún más en su papel para la puesta en escena de su espectáculo con Barafunda. «Desde entonces incorporamos al elenco un patito igual que el de la ría pero en pequeño, porque la historia se compartió tantas veces que ya nos reconocían», indica.

«Soy el del patito, sí. Soy yo», confirma de vez en cuando también a alguno de los participantes en las rutas de Amarturmar, la empresa de turismo marinero de Redondela, con la que también colabora cuando se los cruza este verano en el puerto de Cesantes. Y además es el artífice de varios de los trajes que la entidad utilizó en el Entroido de Verán, y de los que otras compañías utilizan en sus performances.

Heredó de su madre, que era modista también en Redondela, la mano para el diseño, la aguja y el dedal, así que compagina su trabajo como mariscador a pie, con el de diseñador de creativos trajes de tantas formas, colores tejidos y tamaños como sea preciso. De hecho, con el mismo arte con el que, a diario extrae una media de 800 poliquetos de la playa de Cesantes, que vende a Decathlon, se maneja sobre unas plataformas de vértigo o zancos de un metro de altura vestido de arlequín. «En invierno estuve por Arabia Saudí, con Producciones Merlín y ahora acabamos de fundar nuestra propia compañía, que es Creative Animación», indica el recién estrenado como empresario.

Lo de la creatividad le viene de serie. «Con doce años ya hacía pellas para ir a pescar y al bicho. Mi madre se enfadaba tanto que llegó a ir a las tiendas a las que yo les llevaba el bicho para amenazarlos diciéndoles que yo era menor y, cuando fui al choco, llegó a mandarme a la policía aunque yo siempre conseguía escapar en bicicleta», recuerda Rafael. Tenía su propio método para intentar aplacar a su madre. «En cuanto empecé a ganar dinero paraba de camino a casa en Cadena Cien y le compraba una figurita para que no se enfadara, tenía la casa llena», revela el rebelde estudiante. Pero fue en una de esas escapadas a la playa donde aprendió su profesión. «Yo les echaba sal y cogía las lombrices con un gancho para que no resbalaran pero así sangraban y muchas ya no servían. Fue un portugués el que me enseñó a usar el guante de lana, cuando yo tenía doce años», recuerda.

Huérfano con 16 años pero con la lección bien aprendida, aprovechó la mano que le tendió entonces el patrón mayor. «Si pagas todas las multas que tienes hasta ahora, te hacemos mariscador, me dijo Clemente Bastos después de años persiguiéndome por salir sin siquiera tener edad para hacerlo», recuerda. Y hasta ahora y, diario, se enfunda el guante de lana para mariscar, aguja, hilo y dedal para coser y lápiz y tijera para cortar los diseños que pinta su imaginación. Lo único que no le gusta es el pescado, confiesa.

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