«El uniforme hay que ganárselo cada día»

Rosana Ricón, única mujer comandante de puesto en la provincia, se confiesa guardia civil por vocación


soutomaior / la voz

El toque de diana en la Academia de Guardias cambió hace tres décadas. Por primera vez en los 144 años de historia del Instituto Armado, 198 mujeres formaban en el patio ante la mirada perpleja de sus compañeros. . Hizo falta un real decreto para que la mujer entrase en la Guardia Civil pero, desde entonces, su presencia no ha parado de crecer.

Rosana Ricón Vidal es la única mujer al frente de uno de los 33 puestos de la provincia. Aún faltaban trece años para que las primera féminas vistieran el uniforme, cuando vino al mundo en Redondela. No es hija del cuerpo sino de una familia tradicional. «Mi padre trabajaba en Citröen y mi madre en casa, así que cuando yo les solté que quería ser guardia civil, ellos no se lo creyeron, pensaron que era un arrebato de la edad», rememora la sargento.

Se acuerda del día porque la Vuelta ciclista a España de 1985 fue para ella el giro. «Vi pasar el pelotón flanqueado por un montón de agentes protegiéndolo y tuve claro lo que quería ser», dice. «Soy guardia civil por pasión y vocación», sostiene. Y la bicicleta también tiene desde entonces un lugar destacado en su vida ya que practica varios deportes de competición. Su demarcación es la de Soutomaior con el núcleo de Arcade, aunque a veces también refuerza los municipios de Mos y Fornelos de Monte. «La atención ciudadana en el puesto es de ocho a dos de la tarde, pero, además del teléfono de Urgencias del 062, las 24 horas están cubiertas por una patrulla», indica Rosana Ricón. Son siete hombres (seis guardias y un cabo) y ella, que, al ser la de mayor rango, es la responsable.

«Tengo la suerte de ser una persona enamorada de mi trabajo, mi vocación siempre fue el servicio humanitario», asegura tras dos décadas en activo. Esa llamada fue la que hizo pasar del Ejército a la Guardia Civil. Un problema familiar la obligó a dejar los estudios antes de lo que hubiera querido y ponerse a trabajar. No consiguió puntuación suficiente cuando opositó con 21 años, así que entró en el Ejército para, después de tres años en Figueirido, examinarse por plazas restringidas. «En el Ejército estuve muy bien, había también compañerismo, pero mi verdadera ilusión era ayudar a las personas, a mis vecinos, el trato directo con los ciudadanos, el servicio humanitario», insiste.

Su familia es monoparental y el pequeño de sus dos hijos (de veinte meses) nació ya con su madre al frente del puesto. «La conciliación es tan fácil o difícil como en cualquier profesión. He de estar disponible las 24 horas así que, también como otros muchos trabajadores, los abuelos ayudan mucho», explica. Consiguió un puesto a pocos kilómetros de donde nació tras once años entre Jaén, Moaña, Navarra y A Lama. «Tenía claro que quería volver a Galicia, así que estudié mucho para ascender directamente a sargento, sin pasar por cabo, y conseguí plaza en Moaña. Fue la primera mujer de este puesto y de él guarda su principal anécdota: «Un día llamó a la puerta una mujer y, cuando le abrí, me vió de arriba abajo varias veces y me preguntó si no estaba la Guardia Civil. Yo ahora me sonrío pero entonces casi me molestó porque mi uniforme lo decía claro», recuerda. «Mi trabajo es exactamente igual al de un hombre y tampoco noté nunca ningún trato distinto dentro del cuerpo. Cuando llegué aquí sí que preguntaban por mi antecesor, pero porque lo conocían desde hacía años», dice. Son algunas de las cualidades que, a su juicio, le hacen a un guardia ganarse el uniforme cada día. Su testimonio es revelador ante el anunciado cierre masivo de puestos menores. «La prioridad es hablar con los vecinos, que te conozcan y conocerlos. Para ser guardia civil hay que tener una gran vocación de servicio a la ciudadanía», recalca.

La suya es una demarcación con muchos habitantes y el ritmo de atención en el puesto lo evidencia. «Siguen viniendo personas a pedir ayuda por temas familiares, madres que necesitan consejo por sus hijos o asesoramiento por vecinos», indica. Y es que, en Soutomaior, como en la mayoría de municipios rurales de España, los conflictos por los lindes siguen liderando el ránking de los problemas vecinales. «Es muy importante esa cercanía, que se está perdiendo, porque muchas de estas situaciones consiguen solventarse sin llegar a denuncias y menos a enfrentamientos», apunta la sargento.

Además de la atención ciudadana diaria, de ocho a dos de la tarde hay que patrullar muchas horas porque el territorio es tan extenso como dispersa la población. La tasa de delincuencia es similar en toda la provincia. Y las prioridades. Tiene ocho órdenes de protección a mujeres en vigor, robos en comercios y un repunte en las estafas a través de Internet. No titubea sobre su principal caso hasta la fecha: «El asesinato de una vecina de Ponte Sampaio fue el momento más duro y conseguir detener a su asesino, el más satisfactorio».

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