La vieja estación de tren se pudre en el suelo pese a ser un edificio protegido

Las piedras llevan 15 años tiradas en Redondela y actualmente nadie las vigila


vigo / la voz

En los primeros días de enero del 2001, una empresa constructora concluía el traslado de las piedras de la antigua estación de tren de Vigo a un patio situado junto a la terminal de Redondela. Se planteaba como una solución provisional hasta decidir qué se hacía con un inmueble protegido. El sitio escogido supuestamente era un lugar seguro y controlado donde las piedras estarían a buen recaudo.

Tres lustros después parece evidente que no era una solución provisional y tampoco segura. Esta misma semana La Voz pudo comprobar cómo las piedras están abandonadas en un lugar abierto, donde la suciedad y la basura las va cubriendo poco a poco. Algunas se encuentran dañadas, otras están cubiertas por cemento y se han podrido las separaciones de madera con las que se estibaron inicialmente para que no sufrieran daños.

Las piedras se encuentran sin vigilancia en lo que era el patio de la estación vieja de Redondela (ya funciona la nueva, la del AVE), al que cualquiera puede acceder. La puerta que antes bloqueaba el recinto lleva mucho tiempo rota y caída, lo que casi invita a que quien quiera una piedra, se la sirva.

¿Están todas?

Un trabajador de Renfe con el que habló este periódico, que ha solicitado el anonimato, está convencido de que las piedras que están son, pero ni mucho menos están todas las que eran. «Aquí entra quien quiere sin problema y casi no hay personal en la estación, solo dos de mañana, uno de tarde y nadie por la noche. Además, si vieran a alguna persona aquí con las piedras posiblemente no les dirían nada. Su misión exclusiva es el control del tráfico ferroviario».

Junto al riesgo de que hayan desaparecido algunas, lo que parece seguro es que otras han sufrido daños. Hace unos años Renfe reordenó los espacios en este patio y una máquina excavadora movió las piedras en bloque, arrastrándolas, según confirma el mismo empleado.

Antes y después, por lo demás, maleza y suciedad se esmeran para cubrir las piedras, haciendo olvidar que corresponden a un edificio declarado bien de interés cultural que los poderes públicos están obligados a proteger. En este caso, de manera especial la Administración central, ya que son propiedad de una empresa dependiente del Ministerio de Fomento.

Como reconoce Marián Leboreiro, arquitecta que participó en la elaboración del Plan Xeral de Ordenación Municipal de 1993, «los edificios se catalogan para disfrute de toda la ciudadanía, pero, desgraciadamente, solo en escasas ocasiones se establecen las condiciones adecuadas para su protección positiva y efectiva». Con relación a la vieja estación viguesa, recuerda que «sus piedras, minuciosamente numeradas, están depositadas a la espera de que alguien les dé nueva vida».

Olvido injusto

Su visión es que dicho inmueble «en su día cumplió la función de representar la ambición de la ciudad y su confianza en un futuro de progreso. Solo por eso merecía permanecer en su lugar».

Ciertamente, en los años anteriores a su retirada hubo debate en la ciudad sobre su pervivencia. Una concejala de Esquerda Galega, Ana Gandón, la ofreció entonces como sede del conservatorio profesional de música, pero se llegó a la conclusión de que no era el lugar adecuado. Otro concejal, Francisco Santomé (PSOE), planteó colocar la fachada en el muro de Vía Norte como recuerdo de lo que fue, pero ninguna de ellas salió adelante.

Finalmente, Fomento decidió retirarla para construir allí la estación antecesora de la del AVE, que tuvo escaso recorrido, poco más de una década. Es probable que si algún día se le encuentra destino ocurra lo que con la fachada original de la plaza de Portugal, obra de Jenaro de la Fuente, que decoraba la calle Uruguay. Cuando el Concello decidió recuperarla para embellecer el muro de Enrique Blein, junto a Venezuela, comprobó que faltaban muchas piedras. Como dice Leboreiro, «perdida la memoria de la ciudad, la catalogación es inútil y la numeración de las piedras una pérdida de tiempo, convertidas en escombros contemporáneos de pretendida calidad».

El único olvidado de los 12 declarados BIC

Antes de la existencia de la Xunta, que ahora es competente en la materia, era el Gobierno central (entonces Gobierno a secas, no había otro) el que protegía los edificios o bienes históricos o artísticos declarándolos monumento nacional. Desde hace tres décadas, la denominación es bien de interés cultural (BIC).

De acuerdo con la clasificación realizada por el Concello vigués, en total son doce inmuebles los gozan de esta protección, a los que se suman varios conjuntos de petroglifos (Fragoselo y Outeiro de Castro, en Coruxo, y Gondosende en Teis) además de todos los hórreos, escudos y piedras heráldicas  con más de cien años de antigüedad.

La protección de estos bienes históricos se produjo curiosamente de varias tandas, todas ellas posteriores a la guerra civil. Una primera en 1946, año en  que el Boletín Oficial del Estado publicó los decretos declarando monumentos nacionales a la Colegiata de Santa María, los soportales de la plaza de la Constitución, la rúa Real, la casa de la plaza de la Constitución esquina a Triunfo y la Casa de Arines, en la Plaza de Almeida, todos ellos ubicados en el Casco Vello.

En el año 1949 se añadieron las fortalezas de O Castro y San Sebastián, y en 1955 el pazo de Castrelos y los jardines (reforzada en 1962 y en 1991) y también el de A Pastora igualmente con su recinto ajardinado.

En todos los casos la protección ha sido un escudo efectivo para lograr su conservación. La excepción fue el castillo de San Sebastián, que al filo de los años 70 fue derribado parcialmente para edificar la actual sede del Concello vigués.  Indudablemente, en el franquismo se producían agresiones al patrimonio que hoy resultan inexplicables.

Finalmente, en 1990 le tocó el turno a la estación de ferrocarril y a la antigua cárcel y palacio de justicia de Príncipe, sede actualmente del museo Marco. En el primer caso la declaración solo ha servido para que las piedras estén tiradas y sin vigilancia en Redondela, pero para el edificio de Príncipe fue providencial. La protección de la Xunta se realizó ex profeso para evitar que el Concello, liderado entonces por Manuel Soto, lo derribara para crear allí la Plaza de la Concordia, un espacio abierto cuyo diseño había encargado a un arquitecto catalán. Posteriormente, el Concello rehabilitó el edificio para instalar allí el exitoso museo de arte contemporáneo.

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