Ángeles Pedreira trabaja en Fehmarnbelt, donde «si no existe, se inventa». Gestiona contratos, riesgos y los cambios que surgen durante la ejecución de la obra que comunicará Dinamarca y Alemania
06 oct 2026 . Actualizado a las 00:26 h.«¿Cómo que coronas?». Ahora Ángeles Pedreira lo recuerda con humor, pero cuando decidió marcharse no sabía ni que en Dinamarca no utilizaban el euro. Nunca había pisado el país ni conocía Fehmarnbelt ni imaginaba qué podía hacer una jurista en un proyecto así. «Dije: ‘Bueno, yo no voy a estar en ninguna obra'».
Casi tres años después, la historia tiene retranca: está en el país de Lego trabajando en el mayor Lego sumergido del mundo. «Tienes que pensar en el túnel como si fueran piezas de Lego, que se van poniendo y se van conectando». Solo que aquí cada «piecita» son muchísimas toneladas y muchos metros. Ella nunca fue de Lego. Bastián, su mejor amigo de la infancia, sí. Cuando le contó que se marchaba, reaccionó: «¡Ay, Dios! ¿Te vas a donde los Legos?». Ninguno podía sospechar cuánto iba a acertar. Ángeles tiene 30 años y se considera de Ponteareas «cien por cien», aunque nació en Buenos Aires y llegó a Galicia con siete. Estudió Derecho en Vigo y un máster en Estudios Internacionales en Santiago. Quiso salir fuera durante la universidad, pero no pudo hacer Erasmus porque en casa trabajaba únicamente su padre. Después trabajó en exportación, pero la idea seguía ahí. «Me apetecía irme, ¿cómo puedo hacerlo?». La oportunidad llegó con una beca Vives del ICEX. Pudo irse a Lisboa, pero escogió el norte de Europa. Llegó sola en enero del 2024 con una beca y, al terminar, la empresa decidió que continuase. Hoy trabaja en FSC, el consorcio encargado de las instalaciones electromecánicas de Fehmarnbelt. Forma parte de Contract y Risk & Compliance. Si estaban previstos cien metros de cable y después hacen falta 120, explica, hay que comprobar lo contratado, medir el impacto en coste y tiempo y negociar el cambio.
Se define como «una especie de eslabón intermedio para que todo esté controlado». ¿Qué necesita entonces una jurista entre ingenieros? «Paciencia, supongo». Y estar dispuesta a aprender. «Primero tienes que estar muy abierto a aprender cosas de las que no tienes ni idea y a preguntarle a la gente», cuenta.
Por eso trabaja siempre de la mano del equipo técnico y lleva después cada cambio al terreno contractual. «Yo no tengo ni idea de cableado», reconoce. Su función es otra. Y cuando resume con humor lo que hace FSC, lo simplifica así: «Pero al final nosotros somos los que ponemos los cables». Detrás de esa frase hay bastante más: ventilación, iluminación, señalización, teléfonos de socorro y Software.
Lo que la sigue impresionando es la escala. Fehmarnbelt tendrá 18 kilómetros y se construye con 89 elementos que se van sumergiendo y conectando. Cada uno tiene incluso su nombre y para manejar semejantes piezas se han diseñado medios específicos. «Me impresiona que todo se diseñe para, o sea, que todo se haga para poder conseguir el proyecto, que si no existe que se inventa», explica. Aunque trabaja en el proyecto, nunca ha entrado en el túnel. El acceso está muy restringido. La fotografía que ilustra este información está tomada en Pilen, un mirador desde el que se contempla la obra a unos 500 metros. «Todo es grande».
En Ponteareas, toda la ingeniería se reduce a una pregunta. «Ya no sé cuántas veces me pregunta la gente que cómo va el puente». Su madre también insiste: «¿Cómo va el puente?». Y a Ángeles le toca explicar una vez más que el puente es, en realidad, un túnel. Desconoce adónde la llevará su carrera cuando termine el proyecto, pero sí sabe que quiere continuar el tiempo suficiente para vivir un momento que ahora parece lejano. «Espero llegar a cruzarlo trabajando aquí». Después de años viendo también la parte menos espectacular, confía en poder pensar cuando lo atraviese terminado: «Guau, mira todo lo que hicimos. Madre mía».
Intercambio de gallego por danés en una nueva vida construida en Copenhague
La mudanza no terminó al conseguir el trabajo. Ángeles tuvo que construir también una vida a más de 2.000 kilómetros de Ponteareas. La adaptación, dice, fue sorprendentemente fácil. En FSC habla mucho español porque sus dos jefes son españoles y comparte equipo con italianos y portugueses, aunque con el cliente el idioma es el inglés. Fuera de la oficina el aprendizaje cambia de dirección. Acaba de mudarse con su novio danés y han pactado un intercambio particular: ella aprende danés y él, gallego.
«Como gallega reconozco evidentemente la importancia de aprender el idioma local», explica. A Galicia vuelve unas tres veces al año, con estancias más largas en verano y Navidad. Allí siguen su familia y sus amigos de siempre. «Soy muy familiar», admite. La distancia pesa, pero no la ha dejado sola: al llegar coincidió con otra joven española y, poco a poco, formó un grupo de amigos que la hace sentirse «como en familia».