El abuelo de Galicia tiene 106 años, práctica cálculo y dice estar «enamorado de la vida»

«Yo estoy por aquí andando, con permiso del enterrador porque, por norma, ya no debería dar la murga», bromea el vigués


ponteareas / la voz

Antonio Arenosa Rodríguez es un ser extraordinario. Su edad lo convierte en el varón gallego más veterano, pero lo realmente prodigioso de este vigués, afincado en Ponteareas, es lo que no aparece en el carné de identidad. Un documento en el que hay un fallo porque su padre se demoró en registrar su nacimiento 6 días. «Tengo 106 años y medio rebasados porque nací el 20 de noviembre de 1906, fui el mayor de siete hermanos y el único vivo», explicaba ayer en la residencia Santa Ana de Ponteareas.

El supuesto abuelo de Galicia tiene poco de mayor. «Según el médico, mi cabeza está en la plenitud; de cabeza soy intemporal y no tengo tratamiento alguno por enfermedad», confirma. Cualquiera enmudece en cuanto abre la boca. «Sí, alguna vez me han dicho que soy un buen orador, pero no sé», confiesa, humilde, sentado en el jardín. No quiere reconocerlo, pero es un conversador y un conquistador consumado.

De humor, sublime. «Yo estoy por aquí andando, con permiso del enterrador porque, por norma, ya no debería dar la murga», bromea. Su prioridad es poner en valor al personal del centro en el que vive desde hace casi 27 años, demostrando además su don para las matemáticas. «Estoy seguro de que si llego a estar en cualquier otro sitio que no fuera este, no estaría vivo. El centro abrió el 29 de mayo de 1986 y yo entré el jueves 27 de octubre del mismo año», dice sin mucho pensar. «Me cuidan con el más respetuoso de los cariños y con el cariño más respetuoso», afirma mientras presenta a Flor de Cristiñade, que así llama a María, una empleada del centro.

«Yo siempre estuve enamorado de la vida, quien no ama es como si no naciera, y ahora estoy más enamorado de la vida que nunca», dice. Celia fue la mujer de su vida. «Hasta que ella murió fuimos novios, estuvimos de luna de miel casi 50 años, viví embriagado de amor y en mis noches aún evoco hoy su adorado fantasma», confiesa caballerosamente. «Con Celia me casé a los 27 años, el 23 de marzo de 1933», relata. De esa unión nació su única hija, que también se llamó Celia. «Tanto mi madre como mi hija murieron en mis manos», explica Antonio Arenosa. Y, con la misma, apela de nuevo al amor: «Podría decir qué duro, qué terrible y perdí a la mujer de mi vida; pero yo siento más el qué afortunado he sido, he vivido con el amor de mi vida, la adoré».

Dos matrimonios y una hija

Celia era 16 años mayor que él, y Avelina, 16 más joven. «Con Avelina me casé el 19 de febrero de 1989, con 82 años, y su último año de vida lo pasé sentado en una silla a su lado», recuerda. Se remonta a cada fecha con una exactitud demoledora. «Siempre me gustó calcular, aún practico», comenta mientras, con naturalidad, reconoce que «como ejercicio mental y pasatiempo, hacía hasta hace poco raíces cúbicas con hasta 30 decimales; los crucigramas los dejé porque me resultaban muy simples». Las empleadas del centro dan cuenta de ello, y de que el centenario también hace gimnasia en su cuarto. Recuerda a Antonio Mediero Prado, su maestro y padrino de su boda con Celia: «Él me preparó y, con 12 años, sabía números y cálculos como para llevar la empresa más complicada». Su trayectoria profesional estuvo vinculada, sin embargo, con el sector de la mecánica, en el que se jubiló a los 62 años.

Antes paseaba más por la calle. Ahora hace los recados una vez a la semana, acompañado. «Yo no tengo hobbies, soy solitario, vivo con mis recuerdos y ensoñaciones. ¡Ay, lo que se fabrica en la cabeza!», comenta. No solo compone los poemas que regala y con los que conquista a sus conocidos, sino que los declama como un profesional. Habla de todo y sin tapujos: «Siempre se le tiene miedo a la muerte, pero es inercia; no es que venga la muerte, es que acaba la vida». Y deja claro: «Yo ahora, con 106 años y 7 meses, ya solo hago lo que quiero».

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