Un buda en el Camino por la costa

Monica López Torres
mónica torres OIA / LA VOZ

OIA

Decenas de peregrinos fotografían a diario la monumental escultura que instalada por una familia de Oia en su jardín. Algunos hasta la reverencian

30 ago 2020 . Actualizado a las 21:15 h.

Laruta jacobea no es ajena a los peregrinos japoneses. Es una de las nacionalidades que más crecen en cuanto a viajeros hacia Compostela pese a su distancia geográfica. En el Camino portugués por la costa, los ciudadanos del país del sol naciente han encontrado un punto idóneo para disfrutar de la fusión de culturas que se selló hace años, cuando se hermanaron el Camino de Santiago y el de Kumano Kodo. A la multitud de miradores, iglesias, cruceros y demás patrimonio que salpica la vía que cruza O Baixo Miño, atractiva de por sípor transcurrir a pie de océano, se le suma ahora un enorme buda que descansa en la finca de una familia de Oia y que, sin pretenderlo, se ha convertido en uno de los puntos más fotografiados de este tramo de la ruta.

Se trata de un monumental buda, con el gesto congelado en pleno proceso de meditación, fondo y objetivo a diario de los populares selfis. Los japoneses, aventajados donde los halla, también en el arte de inmortalizar cuanto ven con sus cámaras, han descubierto en esta residencia del municipio de Oia un enclave especial para la oración. «Muchas veces nos hemos encontrado peregrinos haciendo fotos de la casa, pero también a tres japoneses haciendo una reverencia con una sonrisa de oreja a oreja», explica Francisco Molina. Es el dueño, con su mujer Chari Borrego, de la vivienda en la que se asienta la escultura que llama la atención a cuantos peregrinos o turistas circulan por la carretera que une A Guarda con Baiona.

El buda que ahora descansa en Oia hizo su propio camino en su momento. Fue un encargo del hijo de la pareja, hace catorce años. Desde entonces forma parte de la familia. Estaba en el jardín del chalé que el joven tiene en Madrid, de donde son oriundos y donde mantiene su residencia habitual el hijo. «Cuando pensamos en asentarnos aquí y él decidió vender su chalé, mandó traer el buda para Galicia. Los nuevos inquilinos querían mantenerlo en la propiedad que acababan de adquirir, pero él les dijo que no entraba en la venta», confirma Francisco Molina.