Porrigalia


Con el desfile de la guardia pretoriana, comenzaron ayer los Juegos Olímpicos de Porriño. Cabría preguntarse qué pinta un cuerpo militar romano en una cita olímpica griega, pero la respuesta está en el programa del evento. Porque todo el fin de semana habrá allí luchas de gladiadores entre celtas, castrexos, vikingos, romanos, griegos, galos y egipcios. Tiene mérito hacer coetáneos a tantos pueblos distintos, aunque en futuras ediciones se podrían incorporar aztecas, mayas, hunos, zulúes y mongoles de Kublai Kan. Y no se descarta que los Mojinos Escozíos, que ayer amenizaron la inauguración con un concierto, sean en realidad representantes de una antigua civilización.

A Porrigalia el rigor histórico ni se le da ni se le espera. Porque hablamos de puro divertimento, sin pretensiones de época ni aspavientos nostálgicos. Se trata de cachondeo de verano sin pedanterías trascendentes, lo cual resulta de agradecer cuando abundan por el país, como una plaga, las fiestas pretendidamente históricas, que quieren ir de rigurosas pero que caen en el ridículo. Hablo de esas ferias medievales donde la gente va vestida de Juego de Tronos. O las romanas donde los vecinos se las dan de patricios por anudarse a la espalda la colcha de la cama. O las normandas donde los vikingos llevan cuernos.

Porrigalia, al menos, tiene el mérito de que vale todo. Porque se trata de divertirse sin complejos. Por la mañana te las puedes dar de Pompeyo y por la tarde de Olaf Haraldson. Y si por la noche quieres ser Tutankamón, nadie va objetarte nada. Me declaro muy fan de la fiesta histórica más surrealista de Galicia.

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