Canteros prehistóricos de O Porriño

En el valle del río Louro están documentados algunos de los más antiguos asentamientos humanos de Galicia que cazaban corzos, ciervos o elefantes


La piedra de O Porriño se exporta a medio mundo, de modo que podemos encontrar su granito rosa en el Ayuntamiento de Tokio o en el metro de París. Las canteras conforman hoy un paisaje que va desde el monumental faro de Budiño hasta el monte donde Beethoven interpreta en roca la Quinta Sinfonía de sí mismo. Pero el negocio de la piedra en A Louriña viene de antiguo. En concreto, de la época en la que había hipopótamos en el río Miño. Porque en este valle están documentados algunos de los más antiguos asentamientos humanos en el actual territorio de Galicia.

Sabemos que había aquí una importante población asentada durante el Paleolítico, gracias al notable hallazgo de piezas líticas realizado en 1963 por el paleontólogo Emiliano Aguirre, quien más tarde sería uno de los precursores del estudio del yacimiento de Atapuerca. Aquel trabajo de Aguirre, en colaboración con Desmond Collins y Karl W Butzer, está considerado la primera excavación moderna del Paleolítico gallego. Su resultado fueron más de 700 útiles de piedra tallada, que incluyen hachas, picos triédricos, buriles, bifaces, puntas y pequeños rascadores, probablemente utilizados para tratar las pieles de los animales que cazaban aquellos porriñeses de hace miles de años.

Talleres

Los trabajos en A Louriña permitieron también encontrar restos de hogares al aire libre e incluso lo que parecen los talleres donde se fabricaban los utensilios, la mayoría de cuarzo, obtenido en el valle del río Louro o en las terrazas del río Miño.

No es fácil datar el momento en que fueron talladas estas piedras. De hecho, pervive la controversia, porque las primeras pruebas apuntaban entre 26.000 y 18.000 años, pero por su forma y técnica debían de ser más antiguas. Durante mucho tiempo, se especuló con que los habitantes de Galicia durante el Paleolítico estuvieran técnicamente muy atrasados con respecto a otros puntos de Europa. Un retraso de casi cien mil años, que no es poca cosa. Tras nuevas excavaciones en los años 80 y 90 del siglo XX, se sugiere que el poblamiento de Budiño está fechado hace cerca de 100.000 años, lo cual encaja un poco mejor. Pero el debate sobre la datación continúa vivo.

El suelo de Galicia no ayuda ni a los paleontólogos ni a los arqueólogos. La humedad y la acidez provocan que la materia orgánica se desintegre. Y, de hecho, por eso apenas existen ni siquiera huesos provenientes de los antiguos castros, salvo en casos tan singulares como por ejemplo A Lanzada, donde la arena y unas condiciones especiales permitieron en el año 2016 encontrar restos de 16 bebés en un enterramiento del siglo I después de Cristo.

Por la misma razón, en el asentamiento paleolítico de As Gándaras de Budiño no se han encontrado siquiera huesos de animales. En contraste, en el año 2014 fueron hallados en Sevilla colmillos de elefante de una época similar. Pero es de suponer que nuestros antepasados porriñeses hacían una vida parecida a la de los primos sevillanos.

Hipopótamos en el Louro

Entre glaciación y glaciación (Günz, Mindel, Riss, Würm), había largos períodos de clima templado o incluso cálido, que hacía que en nuestro territorio hubiese fauna que hoy sólo vemos en los documentales de La 2. Sin duda, en el río Miño mojaban la trompa familias de elefantes, al igual que en el Louro se refrescaban los hipopótamos. Aquellos habitantes del Paleolítico se organizaban en campamentos como bandas de cazadores, dedicados a la caza de ciervos, corzos e incluso de los grandes paquidermos, en el caso de que se pusieran a tiro de lanza.

Además, recogerían frutos silvestres para alimentarse, porque la agricultura estaba muy lejos de aparecer, ya con el Neolítico. Por esta misma razón, podemos suponer que habitaban el valle de A Louriña, pero no en asentamientos estables, porque los humanos de aquellos tiempos seguían siendo nómadas. Así que la piedra es hoy un gran motor económico de O Porriño. Pero se ve que ya lo era hace decenas de miles de años. Cuando unos lejanos antepasados tallaban la cuarcita para hacer útiles con que intentar cazar al típico elefante del río Miño.

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