El filántropo de O Porriño

El indiano Ramón González puso el dinero que transformó el proyecto para la nueva casa consistorial, firmado por el arquitecto Antonio Palacios, en granito


Redacción

Los planos de la nueva casa consistorial cayeron en manos de Ramón Cabanillas y el vate, a la sazón secretario del Concello de Mos, escribió alborozado en los periódicos: «Unha obra que marcará, por sempre, o comezo do noso rexurdimento artístico». Era 1918 y el «poeta da raza» asistía regularmente a la tertulia del farmacéutico Pepe Palacios, en la Botica Nova de O Porriño, proyectada por su hermano Antonio. Allí se daban cita intelectuales como Enrique Peinador, Darío Álvarez Limeses, Jaime Solá o un joven Paz Andrade.

Pese a la entusiástica acogida, el proyecto arquitectónico durmió tres años en los cajones. Las arcas municipales estaban vacías. Pero entonces, en julio de 1921, reapareció el filántropo. Ramón González, que por esas fechas toma las aguas en Baños de Molgas, escribe a José Carrera Ramilo, exalcalde de O Porriño y gobernador civil de León en ese momento, para comunicarle que pagará de su bolsillo la construcción del consistorio. Y aunque el benefactor encarece que no se dé publicidad a su gesto, O Porriño estalla en júbilo. El pueblo festeja la noticia, los balcones se engalanan, dos bandas de música interpretan pasacalles, repican las campanas de las iglesias y se organiza una expedición de automóviles a Baños de Molgas para agradecer al filántropo su generosidad.

Un indiano de Ribadeo

Ramón González tenía por entonces 65 años, veinte más que Antonio Palacios. Había nacido en Ribadeo, en 1856, y emigrado de joven a la Argentina. Labró su enorme fortuna como comerciante en la ciudad de Rosario y regresó a principios del siglo XX a su villa natal. Ya en Galicia, promueve la apertura de sucursales del Banco Español del Río de la Plata en Vigo y Santiago. Añorando quizá las pampas húmedas de Santa Fe, viajó un día a O Porriño para compartir recuerdos con un amigo de aventura argentina y allí tropezó con Corona González Santos. Se casaron y el matrimonio fijó su residencia habitual en la capital del granito.

El rico indiano se convirtió así en fecundo nexo entre su villa natal y su villa de adopción. Sendas calles llevan su nombre en ambas localidades. Hijo predilecto de Ribadeo, miembro de la sociedad de socorros mutuos La Concordia y del Ateneo, financió la plaza de abastos de la localidad: en enero de 1923 depositaba en el banco 150.000 pesetas para adquirir los terrenos necesarios. Hijo adoptivo de O Porriño, echó constantemente mano de la cartera para atender a viudas y huérfanos del mar, sufragar obras públicas o suplir la carencia de servicios públicos básicos. En algún momento de gran escasez, aportó 40.000 pesetas para abastecer de harinas al pueblo. Contribuyó igualmente con grandes sumas a remediar las calamidades causadas por la epidemia de gripe en 1918.

El 2 de febrero de 1924, El Pueblo Gallego informaba de la muerte fulminante de Ramón González. Tres días después, el mismo diario rectifica, atribuye la falsa noticia a «una involuntaria equivocación de nuestro corresponsal» e indica que el filántropo «goza de una salud inmejorable». A Ramón González aún le quedaban veintidós meses de vida. Suficientes para contemplar dos acontecimientos notables en la historia porriñesa. El primero, grato: la culminación del palacio municipal que él ha costeado. El segundo, sin duda, decepcionante: la grotesca polémica política suscitada a propósito de un busto suyo.

El consistorio y el busto

El consistorio proyectado por Palacios, cuya construcción le costó a Ramón González 27.000 duros -135.000 pesetas de la época-, se inauguró el 15 de junio de 1924. Cuenta un periódico que «fue un acto serio, sencillo, modesto, sobrio, como corresponde a las circunstancias, a la función administrativa, al estado del erario municipal y al deseo público».  Contrasta esa sobriedad con la euforia desatada, tres años antes, cuando el indiano altruista asumió el coste de la obra. ¿Qué ha pasado? Que el pueblo está escindido en banderías políticas, la corporación ha cambiado con la dictadura de Primo de Rivera y los nuevos munícipes denuestan el que denominan «viejo régimen».

Las agrias disputas devienen en esperpento meses después. Un busto del filántropo, esculpido en Madrid por Fernando Campo Sobrino, permanece arrumbado en la estación de O Porriño durante dos meses. Nadie recoge la caja: ni los antiguos munícipes que lo encargaron ni los nuevos. La compañía ferroviaria decide reenviar el paquete a Vigo para que el busto sea subastado y cobrarse así los portes y los derechos de almacenaje. Estalla el escándalo y los dos bandos se enzarzan en una furibunda polémica en los periódicos. Todos dicen respetar al «protector» de la villa, pero utilizan su figura como munición contra el adversario. Finalmente, el gobierno municipal abona las dos mil pesetas que cobró el escultor y rescata el busto.

Suponemos el desagrado de Ramón González, ya en el otoño de la vida, al verse indirectamente involucrado en la reyerta. El filántropo falleció en diciembre de 1925 y su muerte conjuró de inmediato el coro de las alabanzas. Incluso un periódico que se confesaba católico, como El Ideal Gallego, rendía sentido homenaje en su portada a su «fondo» cristiano y a sus «obras de amor y caridad». Y le perdonaba de paso algún pecadillo venial: «Acaso se resintiese un poco de desorientación en sus ideales».

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