Amador

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

MOS

Niños a la salida de un colegio
Niños a la salida de un colegio

Coleguita de recreo y ruido

23 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Ribeira es un lugar al que el mar trae distintos nombres, a veces en voz baja. Así nos llegó la semana pasada el nombre de mi compañero de clase, Amador Mos, Ama. Tenía una gracia innata, imposible de aprender. No éramos amigos, éramos lo que se es a esa edad: coleguita, coleguita de recreo y ruido.

Era un chaval bravo, rubísimo e inteligente. Una vez nos dejó un kart y nos pasamos la tarde bajando por el Monumento, él se fue y nos dijo: «Mañana el kart en mi casa». A la media hora llegó la policía, que a ver de dónde lo habíamos robado. Ama se pasó el resto del curso recordándonos que le debíamos un kart. Los polis lo llamaban el Vaquilla. Tenía una energía limpia, un poco gamberra, y era un buen tipo. Muy buen tipo.

No sé en qué momento dejamos de ser los que fuimos. No hay un día exacto en el que uno cruza una línea y se convierte en otra cosa. Es un proceso lento y difícil, cambiamos sin hacer ruido y ya no reconocemos la cara del niño en el espejo. Por eso yo no quiero escribir sobre su final, ni sobre la forma en que el mar decidió devolvernos su nombre, sino sobre ese niño que todavía resiste en algún sitio.

Uno no es solo lo que le pasó después de la niñez. También es la risa que dejó en todo el colegio Galaxia, sus bajadas sin frenos con un kart «prestado», el ser un chaval noble. En algún rincón de la memoria ribeirense permanecerá Amador, volviendo tarde del recreo, sonriendo. Ojalá ahí, en ese momento y descansando de verdad. No en el ruido, no en la tristeza, no en el final, sino en ese instante limpio en el que todavía era él, y nosotros también.