El presidente, cabeza de una familia

Farrapeira lleva doce años al frente de un club con fuertes vínculos entre sus miembros


vigo / la voz

Tras jugar hasta los 18 o 20 años, calcula, Patricio Farrapeira (Salceda, 1966) se desvinculó del mundo del fútbol más allá de ser aficionado. Sin embargo, hace doce años volvió para quedarse. A raíz de que su ahijado, siendo muy pequeño, comenzara a jugar en el Louro Tameiga, le convencieron para ser delegado en equipos de la base y una cosa llevó a la otra hasta convertirse siete años atrás en presidente, además de delegado del equipo sénior en la actualidad. Con el tiempo, incluso su mujer y su hija se han integrado también en la directiva. Y, con él a la cabeza, trabajan en la sombra para que un club humilde como el mosense siga hacia adelante.

Cuenta Farrapeira que fue el padre de su ahijado quien le animó a comenzar como delegado. «Luego me metieron en la directiva, al año siguiente entré como vicepresidente y cuando el anterior presidente quiso dejarlo después de 30 años, pensó en mí», recuerda. Su reacción fue de perplejidad cuando le propusieron coger las riendas. «Le dije: ‘¿Pero cómo me vas a meter si no tengo ni idea?’. Me respondió que ahí estaría él para respaldarme en lo que necesitara y así empezó todo», relata. Aunque ha estado tentado de dejarlo en más de una ocasión, de momento continúa al pie del cañón.

La presidencia le llegó a Farrapeira en un momento anímico bajo, reconoce. «Tenía mucho estrés por el trabajo y me vino genial, necesitaba un estímulo», señala. A partir de ahí «fue una tras otra» adquiriendo nuevas responsabilidades en el club y volcándose con la entidad. «Mi mujer, Rosana, me animó mucho, y con el tiempo ella y mi hija Patricia se incorporaron a la directiva también y me sacaron bastante trabajo», agradece.

Pero su acceso a otros roles no implicó que dejara de ser delegado. También en esa faceta fue subiendo peldaños y, de comenzar con la base, ahora está en el equipo sénior. «Me gusta mucho más que el tema de oficina. Cuando empecé era con los niños, que tenemos todas las categorías desde biberones», repasa. Justamente los pequeños siempre han sido los que más le hacen disfrutar. «Si estoy ahí, es por ellos. Son gente de casa que lleva años, incluso los juveniles son todos de Mos y eso es lo que pretendemos», indica sobre la filosofía del Louro Tameiga.

Actualmente, y pese a que reconoce que tenía en mente dejarlo de no ser por la pandemia que ha cambiado todo, se declara «enganchado» al club. «Conoces a mucha gente: jugadores, directivos... Estableces muchas relaciones y les vas cogiendo cariño», subraya. En contraposición con eso, la parte mala es que «es difícil encontrar a gente que te ayude y que asuma responsabilidades. Siendo más personas, sería mucho más fácil y se llevaría mucho mejor».

Farrapeira tiene muy clara su manera de gestionar el club: «Me gustan las cosas ordenadas. Eso implica, por ejemplo, estar encima de los monitores, de la cantina y pendientes de que las cosas se hagan bien. Nos pasamos un montón de tiempo». A la pregunta de si compensa, encuentra la respuesta en «las caras de felicidad de los niños» y también del sénior, un conjunto «muy familiar» donde se siente muy querido.

Los peores momentos que ha vivido Farrapeira al frente del Louro Tameiga coinciden con las ocasiones en que ha tenido que prescindir de entrenadores. «Ganen o pierdan, yo siempre estoy al lado de los jugadores. Tenemos una relación muy familiar también con los técnicos, de mucha amistad, por eso cuando los resultados no se dan y tienes que echar a alguno, es lo que más duele».

Otro de los aspectos que más le desagradan es la existencia de «clubes que se dedican como buitres a la captación». Lamenta que cuando un equipo destaca y creen que pueden tener opciones de ascenso «vienen de alrededor y te llevan a los mejores». Tener que convivir con esta realidad no les quita, no obstante, ni un ápice de entusiasmo. «Hemos mejorado en todos los aspectos, tenemos 150 niños y seguimos trabajando siempre con ilusión», sostiene.

Una de sus luchas es cambiar la mentalidad de ciertos padres. «Sigue habiendo algunos que quieren tener figuras, a los que solo les importa cuántos goles marque su hijo y no ven que esto es deporte», apunta. Ese planteamiento no encaja con un equipo donde los jugadores sénior no cobran ni primas y pese a ello muestran el compromiso de quien se siente parte de una familia. Por el mismo motivo, Farrapeira asegura que no busca reconocimiento a pesar de sus sacrificios por el club. «Lo importante es saber que haces las cosas bien y con las cartas hacia arriba».

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