«Ganar el Tour de Francia fue como agarrar un sueño con mi mano»

El mosense aspiraba a estar entre los cinco primeros y acabó siendo el vencedor, tras la descalificación de Landis por dopaje, de una ronda loca y anárquica

«Ganar el Tour de Francia fue como agarrar un sueño con mi mano» Llegaba aspirando a estar entre los cinco primeros y acabó siendo el vencedor tras la descalificación de Landis por dopaje

vigo / la voz

«No sé si fue el mejor año de mi vida, pero sin duda fue el más impredecible». Óscar Pereiro recuerda así un 2006 en el que rozó el cielo de París con las manos. Porque para tocarlo, para vestirse de campeón y aparecer coronado de amarillo en la portada de La Voz, aún tuvo que esperar más de un año, al 16 de octubre del 2007. Fue el tiempo que la burocracia necesitó para zanjar el positivo de Landis, el hombre que privó a Pereiro y a su equipo de vivir en todo su esplendor la gloria en los Campos Elíseos.

De locos. Así fue aquel Tour con acento gallego que narraban las páginas de La Voz. Arrancó con más letras escritas sobre laboratorios que sobre bicicletas. Era el primer año tras la era Amstromg y la operación Puerto se cargaba de salida a parte de la nómina de favoritos. La ronda más importante del planeta comenzó huérfana y bajo lupa, con muchos aficionados que lo veían como una traición al deporte. Hubo quien aventuró una edición descafeinada después de que Alejandro Valverde, al que Pereiro debía ayudar a subir a lo más alto, se cayese en la tercera etapa e hiciese las maletas. Pero las piezas, encarnadas en el ciclismo de gestas, empezaron a encajar gracias a gente como el mosense. A sus 28 años salió triunfante de una montaña rusa física y emocional.

El Tour había superado su ecuador el día que Pereiro rompió a llorar sobre la bici. Se quedó sin fuerzas en las rampas del Peyresourde y le embargó la impotencia. Había echado cuentas. Los dos años anteriores fue décimo y la operación Puerto barrió de la carrera a varios de los corredores que le precedían. Entrar en el top 5 era factible. «Estaba bien, no entendía qué me estaba pasando ese día. Cuando empiezo a subir el último puerto, con la cabeza gacha y ganas de mandarlo todo a la mierda, escucho a gente gritando ‘¡Casca!’, el apodo que me tenían mis amigos. Allí estaban casi todos, animándome como si fuera a ganar la etapa». No lo entendía, ni falta que hizo. Cuando subió al bus del equipo, tras perder 28 minutos, le dijo a sus compañeros: «Mañana voy a reventar la carrera». «Se empezaron a reír, claro, no era para menos». No sabían lo que les esperaba 48 horas después.

Los astros se alinearon con Pereiro en la etapa más larga: 230 kilómetros bajo un sol abrasador con corredores de muchos quilates -Voigt, Chavanel, Quinziato y Grivko- que se animaron a montar una gran escapada. El de Mos, con la idea de recuperar los 28 minutos, logró, no sabe muy bien cómo, convencerlos para que tiraran. «Cuando sacábamos 20 minutos me decían entre risas: ‘Tío, que te vas a poner líder’». Lo imposible se hizo realidad. Acabó segundo la etapa y dio el hachazo para convertirse en el primer gallego en liderar el Tour. «Cuando me pongo de amarillo les digo a todos que no saben lo que acaban de hacer. A mí del podio no me baja ni Cristo». Sabía que podía estar entre los tres primeros a pesar de que faltaban las tres etapas más potentes de los Alpes. Pero la anarquía que reinaba en el Tour deparó otro giro. «Landis llega primero a la etapa reina y ese día pierde nueve minutos. Por la noche, cenando, yo sí que creo que puedo ganar». Quedaba una jornada de montaña y la contrarreloj. Y la enésima sorpresa.

En la última etapa alpina, en Morzine, Landis volteó una vez más la carrera. Dejó a Pereiro con solo 12 segundos de margen y con la contrarreloj final como decisoria. El de Mos sabía que ahí llevaba las de perder. Cuando un día antes de París cedió el liderato, no permitió que la frustración le arruinase la carrera. «Entré en meta y no sentí decepción, sino alegría. ‘Voy a ser segundo en el Tour’, pensé». «A un peldaño de la gloria», tituló La Voz aquel domingo 23 de julio en que Pereiro subió al podio. Estaba feliz y sobrepasado. «Fue agarrar un sueño con mi mano. Resumía cientos de días delante de la televisión viendo a Indurain, Perico...».

Regresó a casa y en Peinador le esperaba la locura: «Fue un shock. No podía imaginarme la que se había montado». Como lo fue la llamada que recibió dos días más tarde informándole de un positivo en el podio. «Estaba tranquilo, lo primero que pensé fue: ‘Vaya mierda’. La gente había confiado en nosotros de nuevo y todo se iba al traste. Luego razoné y me dije: ‘Como sea de Landis... todo lo que nos hemos perdido’. Porque lo que más echo de menos es no haber entrado en París con mis compañeros siendo ganadores», lamenta Óscar.

Desde que se confirmó el positivo de Landis por testosterona, la palabra virtual se pegó como una lapa a Pereiro. Tuvo que aguardar más de un año, a septiembre del 2007, para que el Tour le nombrase ganador. La espera le desgastó, pero que mereció la pena. En la habitación de su hijo cuelga enmarcado el maillot de campeón de Tour.

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