Ante el deterioro de construcciones históricas en la provincia de Pontevedra, «el olvido, la desidia y el abandono tienen fácil cura: el esfuerzo colectivo»
27 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Somos muy afortunados. Al vivir en el noroeste de la Península Ibérica, nuestra forma de comunicarnos, de ver la vida e incluso de ser, están profundamente influenciadas por civilizaciones como la celta, la romana o la sueva. Nuestro idioma, nuestra cultura y nuestras tradiciones son el resultado de un proceso evolutivo que nos hacen singulares. Pero, este patrimonio humano no es el único legado que nos han dejado nuestros ancestros, también muchas construcciones nos vinculan a nuestro pasado, son objeto de orgullo en el presente y constituyen un deber de transmisión para el futuro. Este privilegio conlleva una gran responsabilidad. Estamos obligados a preservar lo que se encuentra en buen estado y, sobre todo, recuperar todo lo que se encuentra en peligro.
Puede alegarse en contra, no sin sobrada razón, que existen muchas necesidades que cubrir. Hay otras cuestiones prioritarias que merecen toda nuestra atención como la sanidad, el cuidado de los más vulnerables y la educación. Sin duda. Pero también es muy importante la protección, recuperación y puesta en valor de nuestro patrimonio. Las iglesias, los pazos, los monasterios, los castillos, los hórreos, los castros no son piedras caídas susceptibles de expolio y reutilización de manera indiscriminada. Son la historia viva que nos habla de las personas que los construyeron y habitaron, de nuestros orígenes.
Hoy, Hispania Nostra, la organización nacional que se preocupa por la catalogación del patrimonio tiene registrados 23 monumentos de la provincia de Pontevedra en su lista roja. Son monumentos que se encuentran en un estado de deterioro tal que si no se actúa de manera urgente acabarán por sucumbir y desaparecer como muchos lo han hecho antes. Entre ellos podemos señalar, la Torre medieval A Tulla de Fafián, en Rodeiro, el pazo El Real en Moaña, el pazo y torre de Guimarey y el hórreo do Cura da Ribela en la Estrada, A Fonte de Troncoso y los Jardines del Gran Hotel Balneario en Mondariz, la Casa Rectoral de San Martiño de Borela en Cotobade, el pazo de San Antoniño do Pousadoiro y, en Vigo, la Panificadora.
El olvido, la desidia y el abandono tienen fácil cura: el esfuerzo colectivo. Los problemas hereditarios, con voluntad también. Porque el dinero que se invierte en protección de patrimonio no es un gasto a fondo perdido sino una inversión que puede rentabilizarse mucho con explotaciones turístico-hoteleras y agrícolas, entre otras.
Aún estamos a tiempo de actuar. Es por ello que, desde este espacio reducido que es la Asociación de Amigos de los Pazos, que tengo el honor de representar, instamos a las instituciones públicas, a través de sus órganos responsables de patrimonio, a las entidades financieras, a las empresas, así como a todos los ciudadanos a unir esfuerzos para su recuperación.
Querer es poder. Queramos, pues, un poquito más lo nuestro.