La abuela de Crecente cumple 108 años

Pese a las pequeños males asegura que sigue al pie del cañón


Quintela ha vivido un día más que centenario. La parroquia de Crecente acogió este domingo una celebración muy especial que ni familiares ni amigos ni vecinos quisieron perderse: el 108 cumpleaños de Isaura Sánchez. Pocos en Galicia pueden presumir de una vida tan longeva. Nació cuando nacía Katherine Hepburn, cuando Pablo Picasso pintaba Las señoritas de Avignon, cuando Galicia estrenaba su himno...

Isaura hizo el domingo una excepción en su habitual rutina. Siempre disfruta de una siesta hasta las cinco de la tarde. Sin embargo, el día de su cumpleaños aguantó la marcha hasta que ya no pudo con el cansancio que revelaban sus ojos. No quería perderse ni un solo segundo de su gran día aunque le costó desperezarse por la mañana. «Levantámola ás 12 da mañá aínda que non quería. Dicía que se atopaba mal, pero logo aguantou ata as cinco e media da tarde», explicó su hija Elena (82 años) a la teniente de alcalde, Marisol Gómez.

El día anterior tuvieron que llamar al 061 porque su madre se ahogaba. «Non me fixeron nada. Nin me miraron tan sequera», relataba Isaura tocándose, apenada, el pecho. La centenaria que involuntariamente nota el peso de los años, se rebela ante las pequeñas dolencias. Y es que a pesar de los achaques, Isaura sigue al pie del cañón. Tomando su café con leche por su propia mano para merendar. Aguantando y capeando todos los temporales. Soplando velas. Sorprendiendo a los lugareños. «No es normal, por estos lares, que una persona llegue a tanta edad», comentan con asombro.

La crecentense disfrutó del cariño y de los regalos con los que los asistentes decidieron obsequiarla: colonias, un perfume traído desde Francia, un broche con forma de mariposa, rosas de las que a ella tanto le gustan y que su marido siempre le llevaba... «¡Ay, qué bonitas son!», exclamó entre lágrimas al ver los ramos de flores que le habían regalado. Su hija Elena se encargaba de abrirlos mientras su nieta mayor, Concha, repartía la comida y servía las copas de sidra entre los presentes.

Fue una jornada muy especial, como requería la ocasión. La felicidad y los recuerdos inundaban la casa familiar. «O meu marido, que traballaba na Renfe, un día chegou á casa sorprendido tras xantar onde meus pais. Mira que os homes non se fixan nos detalles pero do limpa que miña nai tiña a casa era inevitable non decatarse. Daquela dixera que do relucinte que estaba a cociña ben se podía comer no chan», relata Elena.

«¿Lembrades cando empezou a cumprir esta marabilla de anos, cando celebrou os 100 onde a igrexa», preguntó Marisol. Y Concha, Elena y una vecina francesa sonreían rememorando esos momentos. Aquellos tiempos donde la lozanía de Isaura no dejaba indiferente a nadie. Recuerdos en los que siempre sobresale su imparable ímpetu luchador y trabajador. Esa fuerza labriega. Su inmenso cariño hacia los allegados y los no tan allegados. Memorias de un siglo imborrable.

Porque es difícil olvidar cada segundo a su lado. Su mirada, llena de ternura, atrapa. Al igual que sus manos, que no te dejan marchar. Isaura es como un roble centenario, cuya fuerza y belleza te encandila por y para siempre.

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