Olga Sotelo: «Mi nieto me decía: "¡La abuela se cortó el pelo!"»

La presidenta de la Asociación de cáncer de mama (Adicam) asegura que tiró «para adelante» por sus hijos


vigo / la voz

El concepto de rebeldía adquiere nuevas dimensiones en O Morrazo. Tal vez por eso no existía un sitio más propicio que Cangas para que hace veinte años naciese una asociación de mujeres diagnosticadas de cáncer de mama. Olga Sotelo, 72 años, es la presidenta de Adicam.

—¿Me confirma que todavía existe el cáncer de mama, después de estos cuatro meses en los que el mundo de la salud es monotemático?

—Por desgracia, sí. Le digo más. El sábado me llamaron para decirme: «¿Te acuerdas de esta persona? Ha fallecido». 37 años.

—¡37!

—Una chica de Moaña, sí. Le detectaron el cáncer después de quedarse embarazada. ¡Fíjese si existe!

—¿Usted cuándo empezó en Adicam?

—Cuando me detectaron un cáncer. Va a hacer 14 años. Todos pensamos: «A mí no me va a llegar». Pero me llegó. Me hicieron la prueba del plan de detección precoz de la Xunta. Me dijeron: «Tienes una masa, es un tumor». Yo dije: «¿Seguro?».

—¿Qué edad tenía?

—58. Primero me operaron. Luego me dieron quimio. Fue lo más horrible de mi vida. Después radio. Me quemaron todo. Llegó un momento en que dije que tiraba la toalla, que no aguantaba, que mis hijos ya tenían su vida...

—Y aquí estamos hablando. ¿Qué cambió?

—Que uno de ellos un día se me puso de rodillas delante diciéndome: «Por favor, mamá, no nos hagas esto, nosotros te necesitamos. Aunque cada uno tengamos nuestra vida, tú eres nuestra unión. No te puedes ir». Y tiré para adelante.

—¿Lo de tirarse de rodillas es literal?

—Sí.

—¿Y cuántas veces se acuerda de esa imagen cada día?

—¡Un montón! Un hijo vino a vivir conmigo con su novia; otro estaba casado y con un hijo; el otro también estaba independizado. ¡Tenían su vida! Uno decía: «La llevamos a Houston». Yo les dije: «No me mováis de casa».

—¿No hacía falta?

—Lo mismo que te hacen allí te lo hacen aquí. Hablo maravillas de toda la gente de Povisa.

—Por cierto, mucha gente renuncia a hacerse la prueba del programa de cribado.

—Es cierto. A mí me lo cogieron muy a tiempo. Esta mujer que está aquí [señala una foto], Fina Acuña, la fundadora de Adicam, fue una valiente y una campeona. Lo que hizo por todo O Morrazo fue impresionante.

—¿Cuál es su historia?

—Empezó con un cáncer y le sacaron una mama; luego la otra. Tuvo cuatro cánceres. Aguantó muchos años. No tenía ni 30 cuando le detectaron el primero. Falleció hace tres años. Nunca se quejó. Estaba más pendiente de los pacientes que de ella.

—Decía que todos pensamos que no nos va a tocar. ¿Por qué?

—Porque nos vemos bien. En la familia por parte de madre tuve una tía y dos primas con cáncer de mama. Pero esto llega sin pedir permiso.

—¿Qué consejo le dieron que le quedó grabado?

—A mi familia le dijeron, a todos ellos: «No la dejéis sola». Y que hay que hacer lo que te apetezca y a la hora que te apetezca.

—¿Trabajaba antes del cáncer?

—Me dediqué siempre a mis hijos. Les hacía de comer cuando venían. Ahora le dedico todo el tiempo a Adicam. Fina me dijo: «Adicam es mi hijo pequeño, te lo dejo a ti, tú puedes».

—Ahora se están expandiendo. Empezaron en Cangas, abrieron en Pontevedra hace dos años, ahora estrenan sede en Vigo...

—Es que nos lo pedían. Venían pacientes de Vigo en barco a que las tratásemos. Y de Ribeira, de Viveiro... Somos la única asociación en Galicia solo de cáncer de mama y ginecológico.

—Y le ponen la arroba a su nombre: diagnosticadas y diagnosticados.

—Nunca hemos tenido ningún hombre diagnosticado, pero estamos aquí para ellos. En la directiva somos siete mujeres, todas afectadas, y un hombre, viudo de una afectada.

—¿Sigue cocinando para sus hijos?

—Sí, sí. No es tanto que me guste, como que ellos lo disfrutan. Desde hace 25 años comemos todos los sábados. Cuando estaba mal cocinaba mi hijo, pero seguíamos comiendo juntos.

—¿Y su nieto cómo ve todo esto?

—Ahora tiene 20 años, pero le cuento una anécdota de cuando tenía seis y yo estaba enferma. Había épocas en las que no podía ni levantarme. Cuando él venía, siempre me ponía el pañuelo. Pero un día no me di cuenta y no me lo puse. Él vino corriendo y se me quedó mirando. Y dice: «¡Abuela! Papi, ven aquí. Tu madre se ha rapado el pelo al cero».

—Jajaja. ¿Y qué le dijo?

—Que sí, que el médico me había dicho que me venía bien. Se quedó tan tranquilo.

—¿Era de pañuelo?

—Sí, no soportaba la peluca.

—¿Por qué es tan importante la estética para las pacientes?

—Que te saquen la mama, que te caiga el pelo de todo el cuerpo, que hinches, que pierdas color... Te ves en el espejo y te derrumbas. Pintarse, ponerse el pañuelo... Es fuerza, ganas de seguir.

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