Cuando se desguazaban rorcuales en Massó

La decisión de Japón de volver a cazar ballenas aviva el recuerdo de la factoría canguesa


Amigos da terra vigo@tierra.org

Una vez pude ver ríos de sangre vertiéndose al mar. No es una figura poética. Sucedió hace muchos años en la factoría de Cangas. Lo recordaba estos días y pido disculpas por tomarme la licencia de contar hoy una experiencia personal que quizás no tenga más interés que eso.

Estábamos a finales de los años setenta y yo era el típico niño rémora de mi hermano mayor, que había quedado con unos amigos para pasar el día en Cangas. Alguien nos comentó que estaba llegando un barco ballenero a la fábrica de Massó, y allí nos fuimos. Mucho tiempo después aprendí a diferenciar las distintas especies, pero entonces no sabía que aquellos cuerpos enormes tendidos en aquella rampa eran una pareja de rorcuales.

Cuando llegamos, por un camino oculto para que no nos pillaran, las estaban despedazando. De aquel día tengo algunos recuerdos que no pude, porque nunca quise, olvidar. Recuerdo la sangre vertiéndose al mar, auténticos ríos de sangre. Recuerdo a las gaviotas chapoteando en medio de aquella sangre, levantando el vuelo teñidas de ese color rojo intenso que solo tiene la sangre. Recuerdo el olor, un olor caliente y metálico, de aquella sangre. Y recuerdo la textura, porque no pude evitar bajar a las rocas y tocar la sangre, y recuerdo que era densa, muy espesa y todavía estaba tibia. Mi último recuerdo es llegar a casa y ver el tono rosado que se escurría por el fregadero cuando me limpiaba la sangre ya seca que me quedaba.

Tiempo después leí Moby Dick. Nada de la épica historia del capitán Ahab y la odisea del Pequod que contaba Melville se parecía a lo que había visto. Tardé un poco más, hasta leer El corazón de las tinieblas, de Conrad, en encontrar una referencia. Aquello se parecía mucho más al horror que descubría el personaje de Marlow. Entonces no lo sabía, tardé un tiempo, pero aquel día, sin ser consciente de ello, estaba tomando la decisión de dedicarme a lo que ya fue mi pasión, militancia y en parte profesión. Una buena parte de esta opción vital que viene siendo el ecologismo tuvo y tiene mucho que ver con defender las ballenas, y con tantas otras cosas que se fueron añadiendo.

Desde entonces tuve la ocasión de volver a verlas muchas veces. La mayoría de ellas muertas pero también vivas, y así las recuerdo. Desde tierra, desde barcos, a veces lejos y a veces tan cerca como para acariciarlas. El camino fue largo y allí nos encontramos en Greenpeace, WWF, Friends of the Earth, SGHN, Cemma, Amigos da Terra y un larguísimo etc. Amigos y amigas para siempre, hermanos y hermanas de batalla, que se decía en los viejos tiempos. Soy consciente de que racionalmente no hay por dónde coger la conclusión a la que llegué entonces pero aquel día me convencí, y sigo estando convencido, que de alguna forma nuestros destinos están unidos y si algún día las ballenas desaparecen a nuestra especie no le quedará mucho más tiempo. Aquellas últimas campañas balleneras fueron especialmente crueles. Se sabía que la moratoria sería inminente y no se respetó nada, ni especies en peligro de extinción, ni crías, ni hembras embarazadas. Mataron todo lo que encontraron. La mayoría de aquellas víctimas tenían como destino la exportación, apenas una pequeña parte de sus trozos quedaban en Galicia; el resto partía sobre todo rumbo a Japón. Por eso cuando hace unos días, en medio de tantas noticias tan importantes, aparecía en una esquinita de los medios la noticia de que Japón volverá a cazar ballenas recordé aquella factoría de punta balea en Cangas y quería compartir que aquí seguimos los ecologistas, que no nos rendimos, que creemos que es mejor luchar por ellas que llorar su ausencia y queremos que el canto de las ballenas se siga escuchando en el mar. Por la parte que me toca, porque una vez pude ver ríos de sangre vertiéndose al mar.

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