El pequeño oasis litoral de Massó

Muy cerca de la antigua conservera hay unas pequeñas playas y la Lagoa da Congorza


Hoy invitamos a descubrir un lugar con un nombre muy evocador y que está justo enfrente de Bouzas: Punta Balea. Nuestra ruta comienza en un punto muy sencillo de localizar, la antigua factoría conservera de Massó, a donde podemos llegar siguiendo la PO-315 y bajando hacia el puerto en la salida de Cangas. También podemos recurrir al socorrido navegador y marcar 42°15’17.9»N 8°47’19.6»W.

Nuestro camino bordea el litoral y regresa por el interior. Empezaremos por la playa da Congorza, uno de estos pequeños arenales que surgieron de forma artificial al alterarse las corrientes naturales que sedimentaban la arena tras la construcción del espigón de Punta Barreiro. El resto de pequeñas playas que veremos (Ribeira do Medio, Punta Corveiro, Ribeira Saída) tienen un origen similar hasta llegar al límite del sendero marítimo en la playa de Areamilla, la única natural que todavía (si sobrevive a los veraneantes) conserva una muestra representativa de vegetación dunar.

Por medio conviene, si la marea ayuda, observar el interesante microcosmos que nos dejan las charcas intermareales. Tienen mucho mérito estos bichitos y plantas que viven en ese espacio entre mareas. Pensémoslo así: ¿seríamos capaces de vivir en un entorno cuyas condiciones cambian, abrupta y radicalmente, cuatro veces al día?

Desde aquí tomaremos el camino hacia el interior que bordea la depuradora (es un decir) de Cangas y aquí tenemos otro elemento destacable. La Lagoa da Congorza es una de las escasas zonas húmedas permanentes de la provincia y, a pesar de estar catalogada y por lo tanto teóricamente protegida, sufre vertidos frecuentes, invasión de sus cauces y la cada vez mayor presencia de especies invasoras que incluyen a los humanos que acuden a «echar migas a los patos» y que están provocando un aporte extra de carga orgánica que este sistema frágil no puede soportar. Gracias al esfuerzo y la perseverancia del grupo de Anelamento Anduriña conocemos en detalle la biodiversidad del espacio natural de Punta Balea, aunque el censo sigue abierto y cada año nos encontramos más sorpresas. Los datos con los que contamos hasta ahora son abrumadores: 400 especies de plantas, 73 de insectos, 6 especies de anfibios y 14 de reptiles, a las que se suman nada menos que 138 especies de aves y una (la anguila) de peces continentales… Y todo esto en tierra, que aún no empezaron a catalogar la flora y fauna de la parte marítima sumergida.

Ante semejante despliegue cuesta elegir alguna observación concreta, pero apuntemos como sugerencia el reto de localizar la estrangurria (Serapias lengua), una orquidea al borde del camino, la gaivota chorona (Larus riduibundus), de pequeño tamaño inconfundible por su pico y patas rojas, la lagartixa galega (Podarcis bocagei), un endemismo de nuestro país, la carriza dos xuncos (Cisticola juncidis), pequeñita y discreta, y la herba salguerira (Lytrhum salicaria), que florece ahora con esbeltas flores en racimos púrpuras. En fin, lo dicho: un festival de naturaleza.

Es difícil comprender cómo en un espacio tan pequeño, que apenas llega a 15 hectáreas, pueden concentrarse tal cantidad de especies. La explicación es doble: por una parte se trata de un pequeño oasis litoral en el que, salvo en la inevitable masificación humana estival que lo ocupa todo, se conserva discretamente olvidado, entre otras cosas porque su zona de playas no resulta especialmente llamativa, pero sobre todo porque esas pocas hectáreas agrupan una enorme diversidad de hábitats en el que están representadas zonas de cultivo en explotación y abandonadas, zonas palustres, bosques de ribera, sistemas de playa y duna e intermareales de arena y roca, cantiles, matorrales, lagunas.

Para hacernos una idea, asumiendo que las comparaciones son siempre odiosas: a nivel de biodiversidad este espacio sin protección alguna supera con amplia diferencia en muchos indicadores y taxones, es decir, número de bichos y plantas, a las mismísimas islas Cíes, símbolo del teóricamente máximo exponente de nuestra naturaleza y (también teóricamente) nuestro espacio natural más protegido.

Teniendo sin la menor duda como principio general que ningún espacio natural protegido sobra, sino que más bien faltan muchos, cuesta comprender el criterio y el orden de prioridades por el que se protegen algunos sitios (y bienvenida sea, siempre, esa protección) mientras se olvidan otros.

Ríos de sangre

Desde aquí se vertían al mar ríos de sangre, y no es una descripción metafórica sino literal. Era la factoría ballenera de Massó que hoy podemos ver en ruinas, como lo que representaba. Cuando veamos las felices noticias de los avistamientos de ballenas, cada vez más frecuentes cerca de nuestras costas, recordemos que desde este lugar se masacraron hasta llevarlas al límite de la extinción hasta principios de los años ochenta del siglo pasado. Especialmente crueles fueron los últimos años de su actividad, cuando se avecinaba la moratoria, en los que no se respetó nada, ni adultos ni hembras ni crías. Algo que conviene no olvidar porque, aunque aquí es historia, la lucha por salvar las ballenas sigue, y en ella seguimos.

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