Los corsarios de Baiona ya tienen nombre

ITZIAR MISA BAIONA / LA VOZ

BAIONA

Villarino -en la imagen, con la fortaleza a sus espaldas- espera que su trabajo se divulgue y vea la luz en una publicación.
Villarino -en la imagen, con la fortaleza a sus espaldas- espera que su trabajo se divulgue y vea la luz en una publicación. CELE RODRÍGUEZ

El historiador Julio Villarino rescata del anonimato a los armadores, capitanes y embarcaciones que operaron desde el puerto hace cinco siglos para capturar navíos y mercancías con permiso de la Corona

13 ago 2026 . Actualizado a las 03:25 h.

Los corsarios de Baiona ya tienen nombre. El historiador local Julio Villarino ha identificado por primera vez a los armadores, capitanes y embarcaciones que se dedicaban a capturar naves y mercancías entre los siglos XVI y XIX. Su investigación rescata del anonimato a quienes impulsaron uno de los principales motores económicos de la villa. Aporta un enfoque inédito al centrarse exclusivamente en el municipio.

El trabajo surgió de otro estudio paralelo de Villarino mientras investigaba la relación de Baiona con el comercio de esclavos. «Tenía mucha documentación recopilada y vi que había material suficiente para profundizar en el corso», explica. Durante el último año revisó bibliografía y documentación publicada por expertos de las universidades de A Coruña, Santiago de Compostela y Castilla-La Mancha para extraer toda la información relativa a la villa y organizarla de forma específica. «Los estudios existentes eran generales sobre Galicia o el área cantábrica. Yo desglosé y estructuré los datos para enfocarlos solo en Baiona, ahí está la novedad», señala.

Su principal aportación consiste en poner nombre y apellidos a los protagonistas de aquella historia. Entre los armadores identificados figuran Francisco Barrera, Diego Soto, Juan Cores, Juan Antonio de Hermida, Pedro Tournelle, Francisco Ochoa y Gerónimo Rodríguez Blanco. Como capitanes aparecen Francisco y Andrés Barrera, Lorenzo Hervín, Pedro Dubroca, Juan Fernández del Villar, Miguel de Román, Domingo Sousa, Jácome Granel, Francisco Tasorel y Juan Francisco Chevalier.

La investigación también documenta algunas de las embarcaciones que operaban desde el puerto baionés, como San Telmo, San Antonio, La Hermosura, El Invencible, Nuestra Señora de la Esclavitud, Nuestra Señora de la Soledad o el Espadarte, uno de los barcos corsarios gallegos más conocidos de comienzos del siglo XIX. «El armador era casi siempre gallego y las embarcaciones se compraban en el País Vasco. Eran barcos de unos 20 metros de eslora y con una tripulación de unas veinte personas», explica Villarino.

Lejos de la imagen popular del pirata, los corsarios actuaban con autorización de la Corona mediante una patente de corso, un documento que les permitía atacar barcos de naciones enemigas en tiempos de guerra para debilitar su comercio marítimo. Obtener esa licencia no era sencillo porque se necesitaba disponer de una embarcación, armamento, tripulación y una garantía económica, por lo que los armadores solían ser comerciantes y empresarios con recursos y contactos. «Era un negocio puro y duro», resume el historiador.

'Brig Off the Maine Coast' ('Bergantín frente a la costa de Maine'), pintura de Fitz Henry Lane, año 1851.
'Brig Off the Maine Coast' ('Bergantín frente a la costa de Maine'), pintura de Fitz Henry Lane, año 1851.

Baiona reunía las condiciones idóneas para convertirse en uno de los principales centros corsarios del noroeste peninsular. Durante el siglo XVI fue, junto con A Coruña, uno de los únicos puertos gallegos autorizados para comerciar con Inglaterra. La primera patente de corso concedida en la villa data de 1621, aunque antes ya existían los llamados trincados. «Eran una especie de corso comunal, como unos precorsos. Estaban formados por vecinos de Baiona, en su mayoría marineros, que se armaban y atacaban a barcos enemigos», comenta Villarino.

El momento de mayor actividad llegó durante la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-1748), cuando la Corona multiplicó las licencias para hostigar el tráfico marítimo británico. Según los datos recopilados por Villarino, Vigo concentró 36 embarcaciones corsarias, Baiona 10 y A Guarda 3. En total, los tres municipios reunían alrededor del 75 % de la actividad corsaria gallega.

El corso generó una importante riqueza para la villa. Además de los marineros, daba trabajo a carpinteros de ribera, comerciantes, astilleros y una amplia red de informadores repartida entre el sur de Galicia y el norte de Portugal. «Existía una auténtica red de espionaje formada por pescadores, soldados, trabajadores del puerto y vecinos de ambos lados de la frontera que informaban sobre los movimientos de los barcos enemigos», indica Julio Villarino.

El historiador sostiene que los beneficios obtenidos con esta actividad contribuyeron a transformar el paisaje urbano de la comarca. «Con el dinero procedente del corso se construyeron buena parte de las viviendas del siglo XVIII en Baiona y también en Vigo», explica. Sin embargo, con el paso del tiempo el puerto perdió protagonismo comercial y la actividad entró en decadencia. Villarino comparte la hipótesis del catedrático Fernando Bartolomé Benito, que apunta a un posible desinterés político por preservar la memoria del corso gallego.

Su objetivo ahora es divulgar esta parte de la historia local y conseguir que la investigación vea la luz en una publicación. «De lo que más orgulloso me siento es de presentar con datos, nombres y apellidos a los corsarios de Baiona. Ya no hablamos de un colectivo anónimo, sino de personas concretas, con sus barcos, sus capturas y su historia. Creo que muchos vecinos podrán reconocerse en esos apellidos y descubrir que sus antepasados participaron en una actividad que marcó el pasado de la villa», concluye.