Avelina, la última vecina del poblado medieval de Baiona

Monica López Torres
mónica torres BAIONA / LA VOZ

BAIONA

La mujer que nació en San Cosme recibirá un homenaje por el Día das Letras Galegas: «O sitio era moi bonito, pero a vida moi dura»

14 may 2022 . Actualizado a las 00:45 h.

No fue la última mujer que nació en el pueblo primigenio de San Cosme de Baiona (cuando solo tenía 8 años tuvo que hacerse cargo de su hermana pequeña Oliva, tras perder a su madre), pero sí la última de las vecinas de aquella generación que abandonaron el poblado medieval. Avelina Fernández González será la protagonista del Día das Letras Galegas el martes de la mano del doctor en Historia Anxo Rodríguez Lemos. Hablará sobre cómo era la vida en ese lugar histórico de la Serra da Groba.

«Avelina es parte de la memoria viva de un lugar que desfalleció hace medio siglo», señala Rodríguez Lemos. Ella y su hermano Antonio dejaron su casa natal a finales de los 60. El poblado recuperó actividad hace unos años, pero la que le dieron personas de fuera que rehabilitaron como segundas residencias las menos de doce casas que componen el conjunto.

«O sitio era moi bonito, pero a vida moi dura», resume la propia Avelina. Su carné dice que tiene 88 años, pero realmente suma uno más. Atesora los últimos recuerdos de la vida de aquel pueblo con nitidez. Ayudada de una de sus hijas y de dos nietas, dibuja aquel San Cosme de los años 30 a los 70, cuando quedó vacío. Ni entonces ni ahora llegaba el agua o la luz, pero lo de vivir así no fue para ella una elección. «Con oito anos ía cortar o toxo coas mans para as cuadras das vacas e levaba o carro dos bois a cargar sola», recuerda. Imposible borrar aquellas imágenes porque a esa edad su vida cambió para siempre al fallecer su madre. En plena guerra tuvo que aprender a cuidar de la familia y de muchas personas que llegaron a su puerta buscando refugio en la Serra da Groba. «Durante aqueles anos, a xente escapaba para os montes. Nós recolliamolos e dábamoslle de comer do que había para nós», explica. Ella tenía que atender de la casa y los animales porque su padre era contrabandista. «Cruzaba polo Miño a Portugal, como había que facer na época, e traía azúcar e café para poder gañar algo. Tamén era un pouco feriante e levaba o ganado», relata. En el pueblo, alejado de todo y de todos porque los kilómetros de entonces tampoco son los de ahora, vivían ayudándose. Aun así, Avelina recorría casi a diario esa distancia para llevar la leche a vender a Baiona. «Tiña que levar á miña irmá pequena comigo e, chovera ou fixera sol, había que ir vender», dice. Ni las manos agrietadas por los toxos ni los pies abiertos por esas caminatas por el monte, ni los brazos reventados de tanto cargar, dolieron nunca como la pérdida de su madre, momento al que Avelina regresa de forma constante y que supuso la imposibilidad de alcanzar uno de sus sueños.