Los cañones de cabo Silleiro

Las viejas baterías costeras fueron inauguradas en 1923 aprovechado los restos del acorazado España


En 1923, los cañones del acorazado España terminaron en un monte de Baiona. El buque había sido botado en 1913 en los astilleros de Ferrol para convertirse en el orgullo de la Armada de la época. Sin embargo, era el acorazado más pequeño construido jamás en el mundo, al igual que sus gemelos Alfonso XIII y Jaime I, que llegaron en años sucesivos.

Durante la guerra del Rif, embarrancó en el cabo de Tres Forcas, junto a Melilla, y no pudo ser rescatado de las rocas. Finalmente, se decidió abandonarlo y sus restos quedaron hundidos en esa costa. Pero antes se rescataron las valiosas piezas de artillería de la marca británica Vickers con que iba dotado el buque. Esos son los primeros cañones que llegaron a la batería costera de cabo Silleiro ya en el mismo año del hundimiento, en 1923.

Los dos cañones de 101 mm, que habían surcado los siete mares, y lucían en aquel primer barco de guerra español que cruzó el canal de Panamá, terminaron en un monte de Baiona apuntando al infinito hacia un enemigo que nunca llegó.

Porque la idea de crear una batería costera en la orilla sur de la ría de Vigo ya venía de antiguo. De hecho, los monjes del monasterio de Oia tuvieron durante siglos a su cargo unos cañones y Álvaro Cunqueiro escribió que, entre oración y oración, estudiaban balística.

Lo de cabo Silleiro fue algo más avanzado, aunque producto de la casualidad: el hundimiento del acorazado España aceleró el proyecto. Se construyó allí una red de túneles con doscientos metros de pasadizos en los que se tendieron raíles para las vagonetas que debían transportar la munición.

En las casamatas se instalaron primero los dos cañones Vickers de 101 milímetros. Más tarde, a principios de los años 40, se colocó un tercer cañón. Y, ya en 1943, se construyó el complejo cuyas ruinas aún se conservan en Silleiro. Se cuenta que en las obras trabajaron presos republicanos, en un campo destinado al efecto.

Las instalaciones incluían un aljibe, casas para la dotación militar, cuadras, barracones y cantina. Un gran arco presidido por el escudo franquista daba acceso al recinto y todavía sigue en pie para las fotos de los muchos visitantes que reciben estas ruinas, pese a que el acceso está prohibido desde su abandono en 1998.

El Regimiento de Costa dio servicio a estas baterías de cabo Silleiro durante cinco décadas, sin que jamás tuviesen que disparar un solo obús. Y eso que la llamada Batería J4 tenía un alcance de 16 kilómetros, lo que parece colosal. Pero podemos pensar que la Armada rusa, por ejemplo, equipa cañones convencionales actualmente como el AK-130, que dispara 80 obuses por minuto y alcanza los 23 kilómetros, además de incluir radar, computadora balística y telémetro láser. Poco podrían hacer contra esto las baterías de Silleiro y mucho menos contra un misil Tomahawk, con que están equipadas muchas fragatas de los Estados Unidos. Estos misiles ya existían en 1970, tres décadas antes del cierre del regimiento baionés. Y alcanzan 1.600 kilómetros. Lo que significa que sí: un barco podría destruir cabo Silleiro disparando desde el Mediterráneo.

En los últimos años, se han anunciado planes para musealizar las baterías. También para convertirlas en un ‘lugar de memoria’ que evoque a los presos republicanos que fueron forzados a trabajar allí tras la Guerra Civil. Pero ninguno de estos proyectos ha cuajado.

Desde los altos de Baredo, los viejos cañones siguen apuntando al infinito tras las islas Cíes, esperando al enemigo donde se pone el Sol y más allá…

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