Pizarra y pajarita en el parqué de Baiona

Severino Castiñeiras, entrenador y presidente, lleva 16 años en el club en las más diversas funciones


vigo / la voz

Severino Castiñeiras lleva cuatro décadas en el mundo del baloncesto y ejerciendo de entrenador desde que tenía 18 años. Primero en su Vigo natal (nació en la ciudad en el año 1961) pasando por viveros como el colegio Fleming, por Salesianos, y después en clásicos como Bosco y Santa Clara, siempre combinando la base con categorías como Segunda o Tercera nacional. Pero un día la vida le llevó a Baiona y allí terminó por convertirse en el «multitarea» de un club con años y con historia. Comenzó de entrenador en la base, dirigió al primer equipo, fue director deportivo y ahora ejerce de presidente pero sin dejar el banquillo. A lo que toque. «Cuando me fui a vivir a Baiona el chico que llevaba entonces el club me conocía, me llamó, me vio y me metió allí. Comencé entrenando, hice de director deportivo y luego con el cambio acabé como presidente», resume en una frase.

En este trayecto no esconde que su corazón sigue palpitando como entrenador. «Siempre me ha gustado el tema de dirigir en la pista, lo que es asunto de despachos no me gusta demasiado, pero hay que lidiar con todo porque si no no hay quien esté. La persona que estaba antes llevamos muchos años y prefirió dejarlo», comenta la tiempo que precisa que «a mí que se me reconozca no me preocupa, pero es mucho trabajo y la gente no lo ve. Tenemos un grupo de gente que trabaja mucho y bien pero con ese trabajo tampoco llega porque reunir el presupuesto es muy complicados y cada día lo que es esponsorización es más difícil». La crisis se ha llevado por delante esta partida de los clubes más humildes. Cubrir los 60.000 euros de presupuesto al final de temporada que le quita más el sueño que preparar un partido, aunque en su papel de multitareas tenga que dirigir al sénior absoluto y ejercer de segundo entrenador del cadete.

Lo que tiene claro como gestor es que en su club «los números de color rojo no pueden salir. Si no podemos hacer más, no podemos hacer más». Por eso han tenido que hacer renuncias a lo largo de este tiempo con el único objetivo de preservar un club de base.

Esta combinación entre la pizarra y el despacho ha posibilitado el crecimiento del conjunto de Baiona. «El club tuvo puntos bastante álgidos y fue creciendo bastante, pero hubo una época que tuvo un pequeño bache y hará cinco años para aquí que la cosa empezó ir para arriba y hemos ido creciendo bastante, absorbimos lo que el antiguo club A Eirexa de Nigrán, con lo cual hemos tenido mucho más volumen de gente y de entrenadores y ahora con lo que nos encontramos es que no podemos crecer más por problemas de que no hay pistas para entrenar».

En la actualidad la estructura del club la forman 15 equipos, además de las escuelas y los babys. Un total de 150 niños con ocho entrenadores y otros tantos ayudantes.

Todo con una filosofía muy determinada: «Lo primero es que queremos formar son personas y luego buenos jugadores de baloncesto, de hecho tenemos un grupo de entrenadores que yo creo que es muy bueno en donde la filosofía es formar jugadores, no ganar, pero una cosa lleva la otra y el trabajo va saliendo».

A nivel personal, el deporte de la canasta lo es todo para Severino. «Después de 40 años no puedo decir que esto sea un pasatiempo. Es parte de mi vida. Soy entrador. Mi hijo y mi hija jugaron al baloncesto, mi hijo David ahora es el director deportivo y vivimos el baloncesto en la familia de un modo muy fuerte», relata este dirigente y entrenador que se gana la vida en el departamento logístico de una empresa del sector de la automoción ubicada en Salceda de Caselas y en la que lleva 35 años trabajando. Lo que significa salir de casa a primera hora de la mañana y del pabellón a las once y media de la noche.

A lo largo de estos años compaginó obligación con devoción robándole horas al sueño y a la familia y confiesa que al acabar alguna campaña le entró la tentación de tomarse un respiro, pero nunca terminó dejándolo. «Hay momentos sobre todo a final de temporada que piensas: ‘Hasta aquí hemos llegado y esto se acaba’, pero luego va llegando el verano, comienzan los murmullos de lo que va a haber, te animas y sigues, pero hay que ir pensando más en serio en ir aparcando».

Como recompensa a tanto esfuerzo lleva en su mochila vital un montón de amigos. «Ha pasado mucha gente por mis manos a lo largo de estos 40 años y he llegado a enfrentarme a nietos de jugadores que yo había entrenado. Tengo muy buena relación con mucha gente, igual me sobra una mano para encontrar jugadores con los cuales no me hablo a lo largo de este tiempo. Lo más importante en este deporte es la relación personal y el buen ambiente». La gasolina para seguir.

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