Llega a Baiona la muerte negra

La gran epidemia de la peste entró en Galicia por la ría de Vigo en el siglo XIV para matar a un tercio de la población de esta población pesquera


A comienzos de 1348 entró en Baiona la muerte negra. En pocos meses, se extendió por toda Galicia, aniquilando a un tercio de su población. La bacteria yersinia pestis llegó en el cuerpo de una pulga, que viajaba sobre una rata negra, que iba como polizona en un barco que recaló al puerto baionés. La epidemia se desató probablemente cuando un pequeño roedor se deslizó por una maroma para hacer turismo por la Real Villa. Llevaba consigo la peste negra, uno los brotes infecciosos más mortíferos de la historia de la Humanidad.

Aquella rata y aquel año de 1348 cambiaron la historia de Galicia. Y de medio mundo. Porque la gran epidemia de la peste negra no solo diezmó a la población del siglo XIV, sino que revolucionó la sociedad, propiciando el gran cambio de la Edad Media hacia la Edad Moderna. Nunca un pequeño bacilo hizo tanto por retorcer la historia del mundo.

En Galicia, todo empezó con aquel pequeño roedor que, afortunadamente, hoy en día apenas podríamos encontrarnos. Porque la rata negra (rattus rattus) está ahora casi desaparecida de la Europa occidental. Pero en aquel siglo XIV era el gran vector que propagaba las enfermedades, ya que tiene hábitos más domesticados y proclives a las personas. La salud europea mejoró cuando fue sustituida por la rata gris (rattus norvegicus), que es la que vemos hoy y que se muestra más huidiza y reacia a cruzarse con los humanos.

La ruta de la peste hasta Baiona había sido larga. Nada menos que Genghis Khan había desatado el brote un siglo antes, cuando el caudillo mongol invadió China, donde en una región del Himalaya hay ratas negras portadoras de la peste de forma endémica. Los guerreros del Gran Khan extendieron luego la enfermedad por toda Eurasia hasta llegar a Ucrania. Y por la ruta de la seda arribó a grandes metrópolis europeas como Constantinopla o Venecia. Luego fue cuestión de tiempo que la epidemia avanzase de puerto en puerto hasta que en 1348 recaló en la ría de Vigo.

En el verano de 1348 la enfermedad ya estaba en Compostela, donde documentos de 1350 hablan de casas despobladas por la muerte de familias enteras, mientras caen las rentas públicas. La muerte negra mata a ricos y pobres; y en la iglesia de Santa María A Nova de Noia, la tumba de Álvaro Paz Carneiro recuerda que falleció el 15 de agosto de 1348 a causa de la mortalda.

El pánico se apodera de la población. Muchos dejan las ciudades y huyen a los montes, ya que, al ser la rata negra el principal vector, la peste se ceba con el mundo urbano. Además, comienza a perseguirse a los judíos, que son acusados de propagar la dolencia. En realidad, enferman menos gracias a los hábitos higiénicos propios de los ritos de su religión. También se acusa a los leprosos, cuando su enfermedad no tiene nada que ver con la peste.

Más sentido tiene la costumbre de quemar la ropa de los muertos, pues no se equivocan al recelar de unos tejidos infestados de pulgas. Y de nada servirá prohibir el desembarco a muchos buques que llegan a los puertos gallegos: las ratas negras bajan por las maromas a tierra sin necesidad de pasaporte.

Los síntomas comienzan por fiebre y dolor de cabeza, y terminan con la aparición de pupas en la piel con la inflamación de los ganglios linfáticos. Rápidamente la enfermedad lleva a la septicemia y a la muerte. Y los cementerios de Galicia quedan desbordados. En Baiona, por ejemplo, han aparecido enterramientos masivos en el exterior del cementerio de la iglesia principal de la villa. Simplemente, no había espacio donde sepultar a tanto muerto, ya que un tercio de la población falleció en el brote epidémico de la peste negra.

Pero la enfermedad no desaparecería. En cada generación hubo un brote de peste hasta casi el siglo XVIII. A veces, llegó a través del camino de Santiago. Ninguno fue tan fuerte como el primero, gracias a la creciente inmunización de los supervivientes. En la de 1569, se contaron en Vigo miles de muertos. «Los mas delos vecinos e moradores se fueron e recogieron a los montes; los que quedaron en la dicha villa murieron mas de cinco mil personas e de tal manera que no tenían quien les enterrase... e muchos de ellos se enterraron en bodegas y en huertas y viñas a donde acontecía que morían», afirma un documento de la época.

Tal es el pánico que se dictan ausencias legales, permisos expedidos por las autoridades civiles y eclesiásticas para que la gente pueda ausentarse de sus hogares y de sus trabajos. Y retirarse a vivir a los montes. También se construyen cabañas donde aislar a los enfermos para que mueran sin infectar a otros. José García Oro y María José Portela Silva, de la Universidad de Santiago, hacen un dramático repaso de las epidemias sucedidas en el reinado de Felipe II. Y de cómo los más acaudalados acuden a Compostela a buscar remedio en los médicos de la época, que poco o nada pueden hacer.

La epidemia de la peste negra remitió en 1350, tras casi dos años azotando Galicia. Fue la más mortífera, la que cambió el mundo. Pero regresó una y otra vez hasta el siglo XVIII aquel bacilo, que llegó en el cuerpo de una pulga, que viajaba a lomos de una rata, que era polizona de un barco que recaló al puerto de Baiona a comienzos del fatídico año de 1348.

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