A las puertas de un desahucio en Vigo: «Si no encuentro un piso para alquiler, me meteré de okupa en el de algún banco»
VIGO
Ramón Gabarri y su madre afrontan el desalojo tras ocho años pagando 150 euros al mes
06 oct 2026 . Actualizado a las 00:27 h.Ramón Gabarri Montoya no pide quedarse para siempre en el piso en el que vive desde hace ocho años. A sus 33, dice que aceptaría marcharse mañana mismo si encontrase otro lugar en el que vivir con su madre. El problema es que lleva meses buscando y las puertas se le cierran una detrás de otra. No tiene nómina ni aval y arrastra una deuda de varios miles de euros. Mientras tanto, el desahucio se acerca. «Estoy buscando casa como un loco. No hay nada», asegura. Y cuando se le pregunta qué hará si llega el día y sigue sin encontrarla, no duda: «Si no me queda otra opción, me voy a meter de okupa».
En el piso viven ahora Ramón y su madre, de 57 años. Su padre murió hace unos tres meses. La vivienda lleva mucho más tiempo formando parte de la historia familiar. Ramón cuenta que todo comenzó cuando residían en otra casa en muy malas condiciones y entraron en un inmueble que entonces pertenecía al Banco Popular. Asegura que la entidad conocía desde el principio que estaban allí y que la familia comenzó incluso a hacer reparaciones mientras trataba de regularizar su situación.
El conflicto acabó en los tribunales y apareció entonces una persona que Ramón todavía recuerda con especial cariño: Carlota Pérez, antigua portavoz de la plataforma antidesahucios. Él había colaborado con el colectivo y esta vez fue la plataforma la que le ayudó. De aquella negociación, relata, salió una solución para los distintos miembros de la familia y a él le correspondió el piso en el que continúa actualmente. El acuerdo, según su versión, establecía un alquiler de 150 euros mensuales durante cinco años, prorrogables otros tres.
La casa tampoco estaba para entrar a vivir. Ramón asegura que su familia tuvo que acondicionarla. Su padre, fallecido recientemente, era albañil de primera y su madre también había trabajado en el oficio. «La arreglamos nosotros», recuerda. Después fueron pasando los años hasta completar los ocho que contemplaba aquel acuerdo. Pero por el camino comenzaron los problemas económicos. Ramón no oculta que dejó de pagar durante largos períodos y calcula que actualmente debe entre 7.000 y 8.000 euros. Tampoco intenta presentar su situación como si la deuda no existiera. Su explicación es que en dos ocasiones se quedó durante largos períodos sin la prestación que recibía y que, cuando disponía de dinero, hacía ingresos para pagar el alquiler. «El mes que podía, pagaba», sostiene.
Trabajo
Su vida laboral ha sido irregular. Durante un tiempo vendió ropa en mercadillos, actividad que terminó abandonando al considerar que los ingresos no compensaban los gastos. También cuenta que salió a vender por la calle y que actualmente hace los trabajos que encuentra: desbrozar fincas, levantar algún cierre o cualquier tarea que le permita obtener unos ingresos. «Tampoco me suelo quedar quieto», dice.
Ahora asegura que vuelve a disponer de una ayuda y que ha planteado una fórmula para saldar poco a poco lo pendiente: abonar el alquiler mensual y añadir otros 50 o 60 euros destinados a reducir la deuda. Según Ramón, esa posibilidad no ha sido aceptada. El desahucio lleva años sobrevolando su casa. Cuenta que existe una resolución judicial desde hace aproximadamente cuatro años y que su abogada ha conseguido aplazar en distintas ocasiones el lanzamiento mediante recursos y documentación sobre su situación económica. Ahora, sostiene, queda un último intento. Todavía no tiene una fecha concreta para abandonar la vivienda, pero su letrada le ha advertido de que podría llegar próximamente y ha solicitado una nueva prórroga para darle tiempo a encontrar alojamiento. Y esa búsqueda se ha convertido en su principal preocupación. Ramón asegura disponer de una ayuda de unos 550 euros, pero se encuentra con un obstáculo detrás de otro cuando intenta alquilar. Los propietarios le piden nóminas, garantías o avales que no puede presentar. Cuenta que está recibiendo ayuda para buscar vivienda y que ha ampliado el radio todo lo posible. No pretende quedarse necesariamente en su barrio ni siquiera en el centro. «Me voy donde sea», afirma.
Lo único que pide, dice, es tiempo y una puerta que se abra. Incluso asegura haber planteado que abandonaría voluntariamente el piso si le facilitasen una alternativa de alquiler. Su objetivo inmediato es encontrar un techo para él y para su madre antes de que llegue la orden definitiva.
Si no aparece, Ramón admite que contempla una salida que conoce bien por sus años próximos al movimiento antidesahucios. «Me voy a meter de okupa», repite. Hace, sin embargo, una distinción tajante. Asegura que nunca entraría en la vivienda de un particular. «La casa de una persona es de una persona, se la ha ganado él», afirma. Otra cosa, sostiene, sería un inmueble vacío perteneciente a un banco.