El paso de los 17 a los 18 grados en el agua supone, por ejemplo, que las algas laminarias dejen de reproducirse
10 ago 2026 . Actualizado a las 14:27 h.Uno de los retos a la hora de comunicar la emergencia climática es que con frecuencia se tiene que «problematizar un no problema», lo que se traduce en intentar transmitir como problema algo que no se percibe como tal y a veces, se considera todo lo contrario. Un ejemplo perfecto lo tuvimos con una noticia de esta semana. El titular decía «el agua de la ría de Vigo no baja de 20 grados» ¿Es una buena o una mala noticia? Probablemente nuestra percepción nos dice que la noticia es magnífica. El agua está más calentita, el baño es más agradable, a los turistas les encantará y acudirán masivamente, etc.
Esta «mediterranización» de la ría de Vigo suena tan bien que se hace difícil señalar que en realidad es muy mala noticia, paradójicamente también para el turismo, pero sobre todo para el ecosistema de la ría y todo lo que vive en ella o de ella. Para empezar esa agua más caliente aumenta también el proceso de estratificación, con una superficie menos densa (al disminuir la cantidad de sal por el aporte de agua dulce) y eso dificulta que los nutrientes se mezclen en la columna de agua.
Como han explicado los investigadores del CSIC Javier López y Fiz Fernández, puede ser un indicador extraordinariamente preocupante, junto al debilitamiento del afloramiento, del inminente descenso de la productividad de las rías, con todo lo que ello implica a nivel social y económico.
El colapso de los ecosistemas comienza por sucesos pequeños. Por ejemplo, un solo grado de diferencia en la temperatura del agua en la ría de Vigo, concretamente pasar de 17 a 18 grados de media, provoca que las algas laminarias dejen de reproducirse. Estas algas cumplen un papel similar al de los árboles en los bosques, ya que su desaparición implica que desaparecen también todas sus especies asociadas al perder su alimento y refugio.
Parque Nacional
El Parque Nacional de las Illas Atlánticas desarrolla una campaña de repoblación de laminarias. Que se tenga que recurrir a esta medida era algo inimaginable hace apenas un par de décadas. Pero las alteraciones derivadas de esas «aguas más calentitas» se extienden a un menor oxígeno disuelto, especialmente en la cabecera de la ría. Otra mala noticia es la proliferación de algas tóxicas para nuestra especie. Ya estamos comprobando como las mareas rojas son cada vez más frecuentes y con mayor duración.
Tampoco debemos olvidar los cambios en las comunidades bentónicas. Las especies que viven sobre el fondo como moluscos, crustáceos, equinodermos, gusanos, etc. pueden experimentar cambios en su distribución y abundancia. Y no olvidemos los cambios en la reproducción. La temperatura regula los ciclos reproductivos de muchas especies. Un calentamiento puede adelantar desoves o modificar el momento en que aparecen larvas y alimento disponible para ellas, generando desajustes ecológicos. Y, por supuesto, aumenta la vulnerabilidad durante las olas de calor marinas al aumentar los episodios extremos (como este verano en la ría) que pueden provocar mortalidades masivas cuando la temperatura supera los límites de tolerancia de determinadas especies.
En las rías, en general y en la de Vigo en particular, lo importante es que temperatura, afloramiento, oxígeno, nutrientes y circulación están interconectados. Por eso el calentamiento del agua implica una alteración drástica del ecosistema y su productividad. La paradoja es que la ría de Vigo podría convertirse parcialmente en una «ganadora» turística del cambio climático, pero a costa de alterar la naturaleza que resulta atractiva para ese turismo. Pesca y turismo dependen de lo mismo, de la salud del recurso que los sustenta y la ría tiene fiebre.