Los residuos de las fiestas pueden ocasionar grandes daños a la fauna y flora de los arenales
28 jun 2026 . Actualizado a las 15:46 h.El pasado martes celebramos una vez más la doble tradición ancestral de festejar la noche de San Xoán y dejar las playas convertidas en un vertedero con vistas al mar. «Post festum, pestum», decían los romanos, y algo de eso nos queda cada año tras el encendido de las hogueras, en las que alegremente saltamos el fuego y también la obligación de recoger los residuos. Se dice que la noche del solsticio es mágica, y algo así deben pensar los miles de chavales que acuden a los arenales, imaginando que las playas tienen un servicio de limpieza incorporado y que la basura que dejan desaparecerá sola, mágicamente.
El impacto ambiental de esa inmensa cantidad de residuos al borde del mar, que el viento, las mareas y las corrientes contribuyen a dispersar, es mucho mayor de lo que parece. Miles de bolsas, arrastradas por el viento, llegarán al mar, donde los mamíferos y las tortugas marinas las confunden con comida, llegando, en numerosos casos, a provocarles obstrucciones intestinales y la muerte.
En el fondo, directa o indirectamente, esas bolsas terminarán en algún estómago (incluidos los nuestros) al fragmentarse y convertirse en microplásticos, de los que ya contamos con niveles preocupantes en la ría de Vigo. Lo de «fumar mata» no afecta solo a nuestra especie: muchos pollos y juveniles de aves marinas confunden las colillas con comida, las cuales además contienen sustancias tóxicas que contaminan la arena y el agua. Los restos orgánicos, incluidas las cenizas de las hogueras, hiperfertilizan los ecosistemas litorales y dunares, y alteran su delicado equilibrio de nutrientes. Y no olvidemos las botellas rotas, que provocan cortes profundos al ser pisadas por animales humanos y no humanos.
La escasa flora dunar que milagrosamente sobrevive en algunos de nuestros arenales es otra víctima de las fiestas en las que la gente no está por la labor de respetar las zonas protegidas y los cierres perimetrales de estos ecosistemas; en su lugar, aplican el principio de la línea recta sin molestarse en dar un mínimo rodeo para acceder a la playa por los caminos habilitados. Concellos como Vigo han optado por resignarse a la fatalidad, asumiendo como inevitable algo que no lo es, e incluso con varios días de adelanto ya se estimaba la cantidad de basura —17 toneladas nada menos— que se recogería en Samil y arenales próximos. Finalmente, la optimista previsión tuvo un leve margen de error y fueron 27 las toneladas de basura recogidas.
Un año más, y a pesar de las prisas para que los servicios de limpieza acudan a primera hora de la mañana a recoger el vertedero antes de que la gente llegue a la playa —evitando así que se vea lo que sucedió—, Samil era un basurero. Sin embargo, otros concellos han optado por no resignarse. Nigrán es un buen ejemplo. Las imágenes de Praia América cada mañana del 24 de junio recordaban a una mezcla de vertedero incontrolado y campo de prácticas de tiro de artillería pesada.
En pocos concellos la intensidad festiva de San Xoán y sus consecuencias eran tan evidentes. Hace tres años, Nigrán apostó por dos medidas valientes: prohibir las hogueras y los agujeros en las playas. Algo tan revolucionario como cumplir la ley y poner los medios para garantizar su cumplimiento. El siguiente reto eran los residuos, y para eso utilizaron una herramienta eficaz: la educación y la concienciación ambiental. Formar equipos que, además de repartir bolsas de basura, expliquen las consecuencias de esos desechos en las playas y pidan que, al menos, los desperdicios se dejen en esas bolsas cerradas no solo facilita la limpieza, sino que —y esto es lo importante— reduce, según estima el concello de Nigrán, en un 90 % el problema. No nos resignemos, no es inevitable: un San Xoán sin basura es posible.