Sabela Martínez fue admitida en seis universidades norteamericanas para doctorarse
18 jun 2026 . Actualizado a las 13:38 h.«Con 12 anos lía os libros da miña nai. Con 13 lía a Marx. Con 18 non era capaz de imaxinarme facendo outra cousa. E con 24 souben que ía ir a Harvard». Sabela Martínez González tiene 25 años recién cumplidos y esa frase resume prácticamente toda su vida. También explica por qué el pasado 26 de febrero, cuando recibió en su residencia de estudiantes de Londres el correo que confirmaba su admisión en Harvard, no pensó en ránkings ni en prestigio académico. «O primeiro pensamento que tiven cando recibín a noticia foi chamar á miña nai porque a miña educación é unha loita que comparto con ela».
Esta semana regresa a Londres para cerrar los últimos compromisos del máster en Filosofía y Políticas Públicas que cursa en la London School of Economics gracias a una beca de la Fundación Ramón Areces. Después volverá unas semanas a casa. No serán exactamente unas vacaciones. Tiene por delante la traducción de un libro de filosofía del inglés al castellano para una editorial especializada y la redacción de varios artículos científicos. Pero antes de instalarse definitivamente en Massachusetts hay una cita que no piensa perderse: las Festas do Monte.
La historia que la llevará hasta Harvard no comenzó en ningún campus universitario. Comenzó en una casa de A Guarda. Su padre es capitán de barco y su madre no pudo acceder a la educación superior de joven por falta de posibles. Sin embargo, cuando Sabela tenía tres años, decidió retomar la formación matriculándose en el bachillerato de Ciencias Sociales mientras trabajaba y la criaba. Sabela creció con esos manuales en la estantería y acabó abriéndolos por pura curiosidad. La vocación asomó pronto: con solo ocho años, al descubrir que Papá Noel no existía, miró a su madre y le preguntó qué pasaba entonces con Dios. «Ela xa me dixo que daquela apuntaba maneiras de filósofa».
Luego llegaron los libros, Marx y una certeza absoluta. «As persoas que me coñecían sabían que era a filosofía ou morrer. Preguntábame a xente que para que ía facer filosofía coas miñas notas, pero eu non me podía dedicar a outra cousa. Era a filosofía ou perecer». Tras el IES A Sangriña, cursó el doble grado en la Universidad Complutense, investigó de forma intensa en el CSIC y realizó un máster avanzado. Su primer intento de beca FPU en España no salió adelante por un cambio estatal de criterios, pero el revés la empujó hacia un horizonte mucho más amplio. La beca Ramón Areces la llevó a Londres y la de la Fundación la Caixa le abrió Norteamérica al descubrir a Samantha Matherne, profesora de Harvard y una de las pocas investigadoras centradas en la unión entre Kant y la fenomenología, el ámbito exacto de su doctorado.
Consciente de la dificultad, presentó veinte solicitudes. La respuesta del sistema norteamericano superó cualquier expectativa previa. «Fun aceptada en cinco universidades de Estados Unidos e unha de Canadá, e estiven en cinco listas de espera». Aquello la obligó a elegir. «Tiven a oportunidade de viaxar a Estados Unidos por primeira vez na miña vida. Ao final só visitei tres universidades porque xa descartara as demais». Chicago, Johns Hopkins y Harvard fueron las tres opciones que consideró seriamente antes de tomar una decisión. Decidió el factor humano en un programa que solo selecciona a seis personas entre unas 500 solicitudes de todo el mundo. «Pola calidade das conversacións que tiven souben que este era o sitio para min». «En Harvard vou poder converterme na filósofa que quero ser. Está chea de persoas brillantes e coñecín aos profesores, persoas marabillosas e incribles pensadores».
En agosto iniciará una etapa de seis años donde compaginará su investigación con la docencia. Frente al avance de la automatización, defiende la vigencia absoluta del pensamiento crítico: «A filosofía ten que sobrevivir á intelixencia artificial porque é a encargada de pensar sobre sobrevivir á intelixencia artificial e sobre cal é o mundo que nos espera despois». Aquel correo del 26 de febrero no era una simple notificación académica. También cerraba una historia iniciada años atrás entre los libros de bachillerato que su madre dejó en una estantería. «Sentín que cumpría o soño das dúas», insiste orgullosa.