Tras las elecciones de mayo de 1991, Esquerda Galega se negó a apoyar a los socialistas si no cambiaban de líder
27 may 2026 . Actualizado a las 01:16 h.Las elecciones municipales del 26 de mayo de 1991 fueron el punto final a los doce años vividos por Manuel Soto como alcalde de Vigo, hasta entonces el más longevo de la ciudad. No es que el PSOE sufriese unos resultados catastróficos, ya que fueron muy similares a los alcanzados cuatro años antes, pero seguían lejos de la mayoría. Aunque la lista más votada era la presentada por el PP, a los socialistas les bastaba con obtener el respaldo de los otros dos grupos políticos que completaban la corporación: Esquerda Galega (EG), que había conseguido dos concejales, y el Bloque Nacionalista Galego (BNG), que sacó uno.
Durante la anterior legislatura se había creado un clima de tensión e incluso de animadversión entre los ediles de EG y el regidor Soto. Esa situación provocó que las conversaciones girasen en torno a su continuidad al frente de un gobierno municipal de coalición. «Si se facilita de nuevo el acceso de Manuel Soto a la alcaldía, abandonaré el partido. Prefiero un alcalde dialogante, aunque sea de derechas, y lo digo con tristeza, que uno como Soto», señalaba en La Voz de Galicia el 29 de mayo Xosé Cabaleiro, dirigente del sindicato nacionalista CXTG y militante del EG. Expresaba el sentir de todo el grupo político. Sin embargo, en un principio, los socialistas no estaban dispuestos a ofrecer la cabeza de Soto. Así lo decidieron en una asamblea local que tuvo lugar el 28 de mayo.
Mientras tanto, Manuel Pérez, ganador con los 13 concejales conseguidos por el PP, denunciaba que se podía producir un fraude electoral al salir alcalde una persona que no iba al frente de una candidatura, aunque las leyes electorales no dicen nada al respecto.
El caso es que desde ese día el cruce de disparos dialécticos entre Esquerda Galega y Partido Socialista fue continuo. El 30 de mayo, el grupo Xesús Costas y Ana Gandón comunicaba públicamente que en ningún caso votarían a Manuel Soto. La cuestión parecía clara y los socialistas empezaron a tenerla muy en cuenta, a pesar de que Manuel Soto obtenía el respaldo público del diputado Abel Caballero y de Antolín Sánchez Presedo, secretario general del PSdeG-PSOE.
La situación fue inamovible hasta el 4 de junio. Ese día, La Voz de Galicia recogía una fisura en las filas del partido del puño y la rosa. «La era Soto-Príncipe está acabada», decía en este periódico un portavoz de un sector favorable a afrontar una renovación a fondo. «Se ha ganado muchas enemistades políticas y hay mucha gente que está esperando el momento de pasarle factura. Además, Príncipe está mal visto por el clan de Mucha, que no le tiene ninguna simpatía personal. Tanto él como el propio Soto son ya dos cadáveres políticos», decía el mismo portavoz, aunque fallara radicalmente en su análisis.
Pero algo estaba sucediendo ya entre bambalinas. Durante el último pleno de la corporación municipal antes del cambio del gobierno, Manuel Soto, según destacaba La Voz, mantuvo una «extrema cortesía» con los concejales del EG. Dos días después, esta formación recibía todas las garantías de que el todavía alcalde en funciones dimitiría si se alcanzaba un acuerdo de gobierno entre las tres fuerzas nacionalistas y de izquierda con presencia en la nueva corporación de Vigo. Con este planteamiento, los representantes de este partido, del Bloque y del PSOE iniciaron ya la negociación de un programa de gobierno conjunto.
La suerte política de Soto estaba echada. Los socialistas aceptaron presentar otro candidato a la alcaldía. Sería el concejal y parlamentario autonómico Carlos González Príncipe.
En una rueda de prensa, desarrollada el 11 de junio de 1991, Manuel Soto distinguía entre su posición particular y la de su partido. «La del PSOE es muy dura; no acepta que yo no sea el candidato; la mía personal es muy diferente: creo que lo esencial es que la ciudad tenga un gobierno de progreso que profundice en el trabajo de estos años y mejore la calidad de vida de los vigueses», sostenía el primer alcalde de la democracia en Vigo tras la dictadura franquista. «Yo no soy carguista ni alcaldista, soy simplemente socialista», resumía.
A última hora del 13 de junio se alcanzaba un acuerdo entre los tres partidos políticos de izquierdas. Aceptaban que se postulase como candidato al pleno de investidura a Príncipe, para lo que fue necesario que Soto renunciase a su acta de concejal y abandonase el Concello. Esquerda Galega gestionaría Urbanismo (incluyendo Patrimonio Histórico Artístico y Medio Ambiente, además de la coordinación de Plan Estratéxico de Vigo) y Mujer, respectivamente para Suso Costas y Ana Gandón. Por su parte, Lois Castrillo (BNG) llevaría Relaciones Ciudadanas.
Así llegó el pleno de constitución de la nueva corporación. El auditorio municipal estaba repleto aquel 15 de junio. Partidarios del PP y del resto de los partidos intercambiaron abucheos, gritos e insultos a partes iguales, mientras Carlos González Príncipe, de tan solo 35 años, se convertía en alcalde de la ciudad de Vigo.
En su intervención, recordó a su predecesor en varios momentos. Además de calificarlo como «el mejor alcalde», afirmó que «su renuncia ha sido una auténtica lección magistral con la que ganó Vigo, que tendrá un gobierno de coalición estable que seguirá la lección de bien hacer del gobierno anterior». Príncipe aseguró que «tendía la mano» a los bancos de la oposición y también a todo tipo de asociaciones ciudadanas, religiosas o de cualquier tipo «porque es preciso unir a todos los vigueses en el proyecto de convertir a Vigo en una ciudad europea».
El mandato de aquel tripartito, un tanto convulso por conflictos como el de la empacadora, concluyó en 1995. Las urnas otorgaron entonces la mayoría absoluta al PP, que obtuvo 15 concejales. El PSOE se quedó en 8 y el BNG alcanzó los cuatro ediles.