Ilustrando el desperdicio alimentario en Vigo

Antón Lois EDUCADOR AMBIENTAL

VIGO

El Banco de Alimentos de Vigo, en una imagen de archivo. La entidad local, junto a la de Pontevedra, pusieron en valor esta semana una ley sobre el desperdicio que está permitiendo conceder alimentos frescos a familias necesitadas.
El Banco de Alimentos de Vigo, en una imagen de archivo. La entidad local, junto a la de Pontevedra, pusieron en valor esta semana una ley sobre el desperdicio que está permitiendo conceder alimentos frescos a familias necesitadas. Oscar Vázquez

La FAO estima que se pierde un tercio de la comida producida. Su valor ronda los 880.000 millones de euros

26 may 2026 . Actualizado a las 01:26 h.

Empezaba la semana con los bancos de alimentos de Vigo y Pontevedra afirmando que la Ley 1/2025 de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario había conseguido que pudieran facilitar alimentos frescos a las familias necesitadas. Puede ser una excelente ocasión para hablar del impacto ecosocial de la comida que tiramos. Vamos con algunos datos globales sobre lo que implica el desperdicio de alimentos con ejemplos ilustrativos aplicados a Vigo.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que un tercio de toda la comida producida en el mundo se pierde o desperdicia. Traducido a euros su coste económico rondaría los 880.000 millones, casi suficientes para pagar un par de cafés en un aeropuerto. Esto serían 1.300 millones de toneladas de comida anuales. Para que nos hagamos una idea de lo que implica esta cifra, el desperdicio anual de alimentos pesaría lo mismo que 19.717 edificios como el de la ciudad de la justicia de Vigo.

Esto implica que una gran superficie dedicada a la agricultura y ganadería industrial se lleva por delante a la agricultura tradicional y sus comunidades locales, además del medio natural y su biodiversidad para nada, y hablamos de una superficie enorme. Hagamos la equivalencia: la cantidad de suelo agrícola desperdiciado anualmente por alimentos que terminan en la basura equivale a 128.370 veces la superficie total del término municipal de Vigo, islas Cíes incluidas. Pero no es el suelo el único recurso natural que perdemos. Si tenemos en cuenta que el 70 % del agua dulce que se consume en el mundo se destina precisamente a la producción de alimentos, este despilfarro implica también un derroche gigantesco de agua. Utilizando una referencia local sería el equivalente a desperdiciar la capacidad de 11.360 presas como la de Eiras. El desperdicio alimentario hipoteca también el futuro, pues implica que nuestro planeta pierde anualmente 130 millones de toneladas de posibles fertilizantes naturales que podrían enriquecer y revitalizar los suelos agroforestales.

M.MORALEJO

Por seguir con las equivalencias, ese peso sería similar al de diez millones de buses de Vitrasa juntos. Y dejamos para el final el inevitable cálculo de lo que significa el derroche de alimentos respecto a la emergencia climática. Si tenemos en cuenta que la producción, transformación y transporte de alimentos representa casi el 50 % de los gases de invernadero, su desperdicio anual equivale a la emisión a la atmósfera de 3,3 gigatoneladas de dióxido de carbono, es decir, 3,3 seguido de doce ceros si lo prefieren en kilos.

El impacto ambiental del desperdicio de alimentos provoca una huella enorme en este planeta, pero deja en evidencia algo más profundo que una crisis ecológica: el gigantesco fracaso social de una sociedad que tolera como normal que aumenten simultáneamente las hambrunas y la comida tirada a la basura. Solo la mitad de los alimentos que se desperdician anualmente serían suficientes para paliar la inseguridad alimentaria y nutricional de toda la población mundial y esto también tiene una traducción local en una ciudad en la que, mientras presumimos de remanentes y superávit municipal, tenemos más de 30.000 hogares en riesgo de vulnerabilidad o pobreza con vecinos y vecinas, incluyendo niños y niñas —cuya única comida caliente diaria es en muchos casos la que reciben en los comedores escolares— y personas ancianas que hoy, ahora, pasan hambre.

El planeta paga la factura ambiental del desperdicio alimentario, pero las personas vulnerables pagan la más cruel. Por eso debemos agradecer y apoyar el trabajo de las organizaciones que trabajan para ayudar a las personas desfavorecidas (no confundir solidaridad con caridad) y luchan por la equidad y la justicia social.