Los bugallos o carrabouxos son soprendentes tumores que nacen gracias a una diminuta avispilla
03 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Se tratan de unos abultamientos grandes y poco normales que aparecen en sus ramas jóvenes y que se suelen confundir con los frutos de los carballos (que son las bellotas, nuestras queridas landras), pero que en realidad son tumores. Nos referimos a las conocidas como agallas, aunque pocos elementos naturales tienen tal cantidad de nombres comunes: cocas, bugallos (o bugallas), carrabouxos, cecidias, abogallas, cocollas, etc.
Existen agallas específicas para diferentes especies de árboles, pero las más conocidas son las de los carballos. ¿Y cómo salen ahí? La historia es bastante curiosa: una pequeña avispilla, generalmente de la familia de los cinípidos (si nos disculpan el palabro) o avispas gallaritas (hay unas 3.000 especies, la mayoría muy poco conocidas), inyecta con su aguijón una sustancia química irritante en los brotes de las ramas. Para aislar y neutralizar esa sustancia irritante, el carballo la protege al desarrollar una tumoración con forma esférica de unos 4 centímetros de diámetro, las mencionadas cocas o carrabouxos.
La pregunta pertinente sería: ¿y por qué hace eso la avispilla? ¿Por fastidiar al pobre árbol? Realmente, aunque sí que fastidia un poco al árbol, lo que hace la avispilla es poner un huevo en medio de esa sustancia irritante. Al crecer el bugallo, la larva se irá desarrollando, alimentándose de los tejidos vegetales del propio tumor que, a su vez, le sirve de refugio y protección frente a depredadores y variaciones del clima. Una vez convertida en adulta, nuestra nueva avispilla romperá la corteza del bugallo y saldrá a conocer el mundo. Por eso la mayoría de los bugallos viejos tienen un pequeño orificio por donde salió la larva.
A pesar de que todavía nos falta mucho por conocer sobre los bugallos (incluso existe una rama de la ciencia forestal, la cecidología, que los estudia) han tenido muchos usos populares, siendo el más extendido el de servir como tinte natural por su riqueza en taninos solubles en agua que además de teñir ayudan a fijar el color. En medicina tradicional se utilizaban como astringentes y cicatrizantes, pero el ácido gálico que contienen se sigue aprovechando en la industria farmacéutica. Eran también muy utilizadas en los juegos infantiles como canicas, pero incluso tenían un uso musical: practicándoles un pequeño agujero y vaciando la fibra vegetal de su interior ayudándonos de un palillo con cuidado de no romper la cáscara exterior (y precaución con que esas fibras no entren en contacto con los ojos, pues contienen ácido gálico, que es irritante) se puede hacer un silbato que imita el canto de la avelaiona o cárabo.
Como apunte histórico podríamos mencionar que buena parte de nuestra historia escrita, al menos la que va desde el siglo V hasta finales del XIX, se debe a los carrabouxos. La razón es que la tinta ferrogálica, la más usada en Europa durante ese tiempo, se fabricaba con sales de hierro y taninos de los carrabouxos. Por algo se llamaba tinta de corteza de roble.
Podemos ver carballos parasitados por estos amables tumores que son los carrabouxos (fundamentales para el equilibrio ecológico de los insectos) en todo nuestro entorno rural periurbano, pero si quieren encontrarlos en el casco urbano, y de paso darles un abrazo a nuestros carballos más veteranos y felicitarles por seguir existiendo y resistiendo a la motosierra municipal, pueden saludar a los del parque de Castrelos, con casi un par de siglos de vida, A Guía, San Roque, A Riouxa, el colegio Apostol Santiago y algunos ejemplarse singulares más repartidos, todavía por la ciudad.