A la calle Pastora acuden refugiados de guerra, migrantes sin papeles y pobres de la ciudad
21 mar 2026 . Actualizado a las 01:24 h.El miedo se esconde bajo tierra y se convierte en sonrisa. «En mi país estaba amenazado de muerte», cuenta M. mientras escoge pantalones y camisas en un semisótano de la calle Pastora, cerca del pabellón del Carmen. Sonríe ante las atenciones que recibe. Es una de las 550 personas y familias que atienden los voluntarios de la Asociación de Vecinos Freixeiro y la Federación Vecinal de Vigo.
Extiende una camisa rosa de rayas, otras dos prendas superiores y varios pantalones, uno gris y otro vaquero. Los dobla con cuidado y se los mete en la mochila delante de Romina Hernández, una joven de 24 años que mantiene el orden y da la vez en el vestuario de los desfavorecidos que han tenido que migrar por la guerra o la pobreza para intentar salir adelante y luchar por un entorno mejor para sus hijos. También acuden personas de Vigo empobrecidas.
Para llegar a los grandes almacenes de los necesitados hay que descender al subsuelo. Tienen un stock de 20.000 prendas. En volumen es como los Almacenes Prieto del centro de Vigo, solo que aquí lo único que no hay es lencería fina, sino chaquetas, pantalones, cazadoras, camisas... De todas las tallas y colores. Ocupan percheros y estantes y se apilan en montones ordenados con mimo por Romina y sus colaboradores, como Jénifer Vázquez Quintela, Gina o el propio presidente de la asociación, Óscar Álvarez, que aclara: «No repartimos calzoncillos, pero también nos los han pedido. El otro día nos llamó una asistente social del Nicolás Peña pidiendo que atendiésemos a una persona que ni siquiera tenía ropa interior».
M. se vio obligado a huir de su país y ahora esta cobijado en Vigo gracias a la ayuda de la oenegé Accem. Antes tuvo un periplo por Europa que le llevó a Polonia y Holanda. Ahora vive en un piso compartido con otros refugiados, gestionado por la oenegé que les acogió.
De las escaleras emerge a la calle la guatemalteca Jané. Va cargada de peluches porque tiene cinco hijos, algunos muy pequeños. «Necesito trabajo, solo hago dos horas a la semana como empleada doméstica», cuenta esta mujer s que vive en una habitación con tres de sus hijos y su marido porque no tienen dinero para un espacio mayor. En el ropero también reparten pañales, carritos de bebés y juguetes para los niños. Hay una biblioteca infantil que sirve para distraer a los menores mientras sus padres eligen las prendas que van a llevarse. «Si no me está bien algo, vengo de nuevo y lo devuelvo», dice M. antes de marcharse.
Recién llegados de Siria, Argelia y Perú para huir de la violencia y entonar música alegre
M. no es el único usuario del ropero que ha huido de la guerra. Leila Sheknes llegó a Vigo hace cuatro años procedente de Siria. No domina el español y prefiere no hablar de los conflictos de Oriente Medio. Es madre de tres hijos y llega al ropero por un angosto pasillo acompañada de su amiga argelina Vabal Afir, que también es madre de otros tres niños. Mientras Romina les hace una ficha y coteja sus datos, Óscar Álvarez, secretario de la Federación Vecinal y presidente de Freixeiro, se lleva a los niños a una sala contigua, donde los chavales juegan mientras esperan a sus madres.
Los encargados del ropero hacen escrutinio de las familias para averiguar si de verdad necesitan ayuda o no. Para evitar abusos, a cada una les atienden solo una vez al mes. «Una vez llegó una mujer y nos pidió ropa, cuando salimos vimos que tenía un Mercedes y la invitamos a marcharse porque pensamos que quería revender la ropa». En otra ocasión apareció un señor que ganaba 1.800 euros y cobraba en negro. También lo mandaron a paseo.
Los servicios sociales y diversos colectivos les mandan a personas que están desorientadas en la calle. Juan Miguel Carollo derivó a varios. Recomendada también apareció ayer una familia de Perú, la de Marcial Quispe, recién llegados a Vigo, donde esperan tener una vida mejor. Marcial es profesor de piano y director de coral. Sus hijos, de 11 y 14 años, tocan el violonchelo. «Una familia nos acogió en su casa y estamos buscando un empleo», cuenta con optimismo.