Un vestuario de tres generaciones

En el Racing Vilariño de fútbol juegan una madre y su hija, aparte de una abuela


Vigo

Es habitual que en el seno de un equipo de fútbol bien avenido se oiga aquello de que son «como una familia». Pero más allá de la metáfora, que compartan vestuario deportistas de tres generaciones diferentes dista mucho de ser habitual. Y se da en el Racing Vilariño de segunda gallega de fútbol femenino. En el plantel del conjunto nigranés conviven una abuela de 53 años y niñas de 15. Y también está la madre de una de esas jóvenes, de 37.

La veterana del equipo es Isabel Vicente Refojos (Mougás, 1967), que además es delegada y entrenadora de los benjamines del club. Practicó balonmano, baloncesto, voleibol y atletismo antes de asentarse en el fútbol. «Ya jugaba antes de ser madre a los 19. De hecho, hasta disputé un partido embarazada», recuerda. Pero una vez que tuvo a su primera hija, eso sí, aparcó el fútbol. Lo retomó con 40, y hasta hoy.

Fue hace ahora cerca de quince años cuando se reencontró con el deporte. «Había un partido de madres contra hijas. La mía no jugaba, pero me metí allí y ya no me dejaron irme», recuerda. Era en el Gondomar, donde ya coincidió con la segunda futbolista de más edad del equipo, Silvia Álvarez. «Nací en Uruguay y me vine aquí hace 16 años. Tenía relación con el fútbol porque mi padre era directivo de un club y pasábamos los fines de semana en el campo», rememora. Sin embargo, ella nunca había estado federada hasta aterrizar en Galicia. «Tenía un local de hostelería donde venía la directiva del Gondomar. Un día dijeron que estaban pensando en montar un femenino y les dije que contaran conmigo», recuerda.

En su caso, después de ser madre únicamente paró durante la gestación y cuatro meses más. Regresó a la temporada siguiente cuando la que hoy es su compañera de equipo, Antonella, era solo un bebé. «Tiene quince años y a los trece pudo empezar en sénior, así que es nuestra tercera temporada juntas», cuenta. Y la experiencia es muy positiva. «Es guay. Ella cambia mucho el chip. Yo soy muy mandona y soy la capitana. ¡Me hace más caso en el campo que en casa!», cuenta.

A Antonella al principio le chocaba jugar tanto con su madre como con otras jugadoras incluso mayores que su progenitora. «Se hacía raro, porque todo el deporte y actividades que yo había hecho habían sido con niñas de mi edad, con amigas, no con gente de edades tan variadas», comenta la joven. Sin embargo, todas lo asumen con una gran naturalidad y la más pequeña de estas tres subraya que «hay muy buen rollo entre todas».

Isabel, como jugadora más experta, se siente «muy respetada», pero también una más del equipo. «Llevo más años que Matusalén, ya no sé ni las temporadas que son, y estas niñas son de lo mejor que he me encontrado», dice. Incluso cuenta con humor tienen una visión distinta de ellas que de otras veteranas a las que se enfrentan. «A veces ven a una rival que les llama la atención y yo digo: ‘¡Pero si es mucho más joven que yo!’. A mí no me ven como una persona mayor, no se paran en eso, me ven como a una compañera».

Una buena mezcla

Silvia, como capitana, admite que no se puede tratar del mismo modo a unas niñas que están empezando que a mujeres con años de experiencia. «No les puedes hablar igual. Es más fácil enseñar a la pequeñas que a una mujer que ya sabe casi de todo y es difícil cambiarle los métodos», reflexiona. Pero no lo comenta como algo negativo: «Está muy bien esa mezcla. Es muy bueno tener a gente con experiencia, con mucho aguante físico... Tenemos bastante variedad y yo estoy encantada con nuestro equipo», indica Silvia. Además, presume de la gran unión que han logrado. «No hay subgrupitos por edades. Cuando hacíamos cenas, no es que se sentaran las pequeñas a un lado y las demás a otro. Nos mezclamos», expone.

Antonella observa que «según la edad, tienes una manera u otra de jugar al fútbol», algo que de lo que todas se alimentan. «Aprendemos unas de las otras. Las mayores tienen mucha más experiencia y nos explican», comenta. Además, compartir equipo le ha servido para estrechar vínculos con su madre. «Al llegar de entrenar o jugar un partido comentamos cosas, hablamos, vemos más fútbol... El deporte hizo que estuviéramos más tiempo juntas y nos uniéramos más», dice.

Aparte de estas tres futbolistas, el equipo cuenta con otra treintañera y de ahí para abajo. A Isabel no le suena haber encontrado a ninguna oponente de su edad en las últimas temporadas, desde que pasó de los 50. «Para mí, este año iba a ser la última, pero se quedaron con pocas chicas y aquí estoy. Sigo diciendo que este año es el último, pero...».

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