Ser feminista cuando no había 8-M

Luisa Postigo, profesora durante 32 años en Vigo, protagoniza junto a la cantante Julia León un documental que cuenta la vida de dos pioneras en un ambiente hostil


vigo / la voz

Luisa Postigo es una de esas mujeres que, bajo la apariencia de una trayectoria discreta y sin sobresaltos, guarda en su memoria momentos emocionantes que sabe contar con humor y ahora comparte en el documental Por ser mujer, que coprotagoniza junto a su amiga la cantautora Julia León, hermana de otra conocida cantante, Rosa León.

La sobrina de ambas, la actriz Mercedes Resino, que se hizo popular en los 80 presentando el programa Tocata en TVE, es la realizadora y guionista del filme que recorre el país y se podrá ver en Vigo en cuanto abran los Multicines Norte, que es donde el Ateneo Atlántico quiere organizar su presentación.

El audiovisual se centra en la experiencia de ambas mujeres, que han luchado, disfrutado y también sufrido para liberarse de todo aquello que les oprimía, habiéndoles tocado una época en la que todo apretaba hasta la asfixia y siendo mujer, muchísimo más. La segoviana nacida en Cantimpalos en 1948 es viguesa de adopción desde que llegó a la ciudad en 1977, donde fue profesora en el Colegio Emilia Pardo Bazán (Chouzo) durante 32 años.

Comparte con Julia León una amistad inquebrantable y la circunstancia de haber nacido en familias ultraconservadoras que transgredieron los códigos familiares y comenzaron un camino de apertura a la vida en la España franquista de los años 60. Como explica, Julia le encargó a su sobrina este trabajo porque quería que quedase constancia de esas primeras reuniones de mujeres que activaron el feminismo en España tras la breve experiencia republicana y plasma una época en la que como sugiere el título, ser mujer significaba no ser escuchaba, no ser valorada, ser invisible y asumirlo como lo normal. Había 8-M ya que la fecha se institucionalizó en 1975, pero como si no existiera. «Empezamos en Madrid unas pocas y acabó siendo un movimiento asambleario, que estaba formado, sobre todo, por mujeres de progres e intelectuales de izquierdas y luego se convirtió en partido, el de las mujeres universitarias, y entonces ya lo dejamos, seguimos por libre».

También recuerda que ellas tuvieron que lidiar con otra lucha, esta vez interna, en sus propias casas. «El padre de ella era falangista y mi familia, del Opus Dei», señala recordando parte de lo que sale a la luz en la película: «Es un mal trago. Yo cuento con mucha risa que me fui de casa de mis padres, pero me fui llorando. Esos dos años que estuve escapada, entre 1968 y 1970, fueron clave en mi vida. Me hicieron ver las cosas de una manera distinta», admite.

Lo que la llevó a dejar el domicilio paterno tuvo su origen en una manifestación del 1 de Mayo en el que la cogió la policía. «Me llevaron a la Dirección General de Seguridad, donde estuve tres días. El que entonces era mi novio y hoy mi exmarido, llamó a casa preocupado por si me torturaban y se enteraron mis padres aunque no sabían que también salí con una multa de 3.000 pesetas y estuve trabajando todo el verano para pagarla. Al volver el ambiente era insoportable y a los 21 años decidí irme a vivir con Julia a Madrid».

Postigo estudió Magisterio en la capital y se marchó después a Mallorca, donde se casó. Allí estuvo tres años y militó en la Organización de la Izquierda Comunista. Cuando llegó a Vigo con dos hijos pequeños y su marido, el escritor Xabier Rodríguez Baixeras, no conocía a nadie, pero como reconoce, tuvo la suerte de toparse con María Xosé Queizán, que se acababa de separar de Ferrín, con el que Baixeras, por su parte, también trabó amistad. «Ella me introdujo en el ambiente feminista vigués, de lo cual le estoy eternamente agradecida», afirma. De aquellos años recuerda las reuniones que hacían en un piso en la calle López de Neira alquilado por la Asociación Galega da Muller: «Nos juntábamos cada jueves para hablar de nosotras mismas. Era mi día feliz. Hasta me compraba tabaco, que yo ni fumaba, pero me cogía la cajetilla más bonita porque luego íbamos pro ahí a tomar cervezas», relata. Luisa señala que era muy gratificante, pero duró poco, hasta que los que controlaban el Movimiento Comunista decidieron que las domesticaban o se les iban de las manos, «entraron allí las mujeres del MC con un estrado y un despertador que marcaba los 5 minutos que nos dejaban hablar por turnos, y lo que era lúdico se convirtió en un horror, y nos fuimos, Más tarde, ya cuando me movía con la Queizán, fundamos Feministas Independentes Galegas (FIGA)», destaca.

De chorizo de Cantimpalos

Otro de los detalles curiosos de la biografía de Luisa Postigo es que sus ancestros pusieron en el mapamundi el chorizo de Cantimpalos. «Fue mi bisabuela la que empezó. Tenía seis hijos, se murió su marido y no tenía para comer, pidió un cerdo prestado, hizo los chorizos y se los mandó a unos parientes que tenían una tienda de ultramarinos en Madrid, se los llevaba en burro hasta la estación de tren cerca de Segovia», explica. Tuvieron tanto éxito que le empezaron a pedir más «y tras ella siguió su hija y luego más gente del pueblo, de hecho en Cantimpalos hay más fábricas. La nuestra, El Acueducto de Segovia, la compró una multinacional cuando murió mi padre. La original ya no funciona, pero existe, es muy bonita y está protegida por Patrimonio». El chorizo es uno de los símbolos de su trayectoria ligada al activismo social ya que como asegura, empezó por una amiga que tenía a su compañero preso por actividades sindicales, a ir a la cárcel de Segovia con su hermana a llevar libros, discos y chorizos a los reclusos. «Ahí empezó mi rojerío», resume.

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