La vida tras dejar el ciclismo

Un problema de corazón, sumado a varios sinsabores, fue del detonante
para que Cristian Mota colgara la bici tras haber sido profesional


Vigo

Hace poco más de dos años, el ciclista Cristian Mota (Ponteareas, 1996) firmaba su primer contrato profesional y, hace poco más de uno, decidía colgar la bici. Entre medias, la no renovación de aquel ilusionante contrato y el diagnóstico de un problema de corazón, una arritmia, que fue el detonante para que perdiera la ilusión y decidiera cerrar capítulo. Pasado el tiempo, su conexión con el deporte de su vida está ahí, y la explota de otro modo, aunque con la espina de que todo pudo haber sido distinto.

El principio del adiós fue una lesión en la temporada como profesional. Se rompió un dedo y eso ya le lastró en lo sucesivo. «Cumplí mi sueño, pero tuve esa mala suerte que me hizo ir a contrapié. Me recuperé bastante rápido, me dijeron tres meses y en uno y veinte días estaba montando», recuerda. Corrió la Volta a Portugal sin apenas prepararla, con solo un mes. «Lo hice lo mejor que pude y lo di todo por el equipo. Con eso me quedo. Que no me renovaran ya no es cosa mía», analiza.

Pero aquella no renovación de su contrato le hizo tocar fondo. «Fue un mazazo, me jodió mucho. Intenté darme la oportunidad de volver a competir en el Froiz, pero luego me detectaron la arritmia y me vine muy abajo. Fue la gota que colmó el vaso para decir: ‘Hasta aquí he llegado’», rememora. Ahora cuenta que el problema coronario no era impedimento para seguir en el ciclismo, pero ni siquiera se paró con el médico. «No quise saber nada. Solo pensé en olvidarme de aquello y dedicarme a otras cosas», comenta.

Él ya estaba desmoralizado por tener que dar un paso atrás y luchar desde abajo por que se volvieran a fijar en él. «Cuando bajas a aficionado, tienes que hacerlo muy bien para que re vuelvan a coger. Vienen chavales jóvenes pisando fuerte y yo ya era élite de primer año», precisa. Así que ante un escenario que de por sí se le hacía cuesta arriba, la arritmia fue el último empujón. «Mucha gente se preocupó y no quise darle mucho bombo para que no me preguntaran. Pero podía haber seguido. No lo hice porque me desanimé. Ves que por una lesión derrumba todo, no te dan otra oportunidad y luego aún aparecen más problemas».

Pero otra oportunidad con el ciclismo se la dio él a sí mismo. Desde otra vertiente. «Me puse con los niños de las escuelas del Club Ciclista Ponteareas. Estuve medio año entrenando con ellos como un director más. Me encanta la bici y me encantan los niños, así que decidí apostar por ellos», relata. Sin embargo, después le surgió su actual trabajo y tuvo que anteponerlo ante la imposibilidad de compaginar ambas facetas. «Tengo que buscarme la vida», apostilla.

«Al ver al equipo competir, algo me come por dentro»

Lo que siempre ha tenido claro Mota es que no quería romper con el ciclismo. «Ahora mismo estoy viendo por Teledeporte», comenta al teléfono. «Para mí es todo, me hizo crecer como persona», agradece. Lo ejemplifica con su experiencia yéndose a Cantabria para formar parte del equipo de Manolo Saiz. «Fue un paso al frente, decir: ‘Tengo que hacer mis cosas, mi comida, mi cama... Son rutinas que vas cogiendo y que me hicieron madurar», afirma. Como ese, más ejemplos. «Nunca voy a dejar de pensar en la bici porque es una cosa que me encanta», sostiene pese a las malas experiencias. «Nunca me voy a arrepentir de todo lo vivido, me marcó para toda la vida».

Cristian no solo se queda con las cosas buenas que le dio el ciclismo en pasado, sino que tampoco ha abandonado esta práctica deportiva. Sigue saliendo de vez en cuando, aunque nada que ver con su vida anterior, y también tiene momentos de morriña. «Tengo muchos compañeros con los que sigo hablando y cuando veo que el equipo va a competir a tal sitio, me acuerdo de cuando iba yo, de cómo me fue en esa carrera... Algo me come por dentro. Se echa de menos», admite.

La capacidad de sacrificio que adquirió sobre dos ruedas también le beneficia en su actual trabajo en una empresa cárnica en O Porriño, el empleo por el que dejó la escuela. «Como ciclista a veces sorprendía mi tranquilidad. No me presionaba, sabía cómo tenía que hacer las cosas e iba a por ello. Ahora, en el trabajo, están contentos conmigo por lo mismo: cuando me pongo a hacer algo, lo doy todo», comenta.

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