De sudar en la mina de carbón a mil metros de profundidad a dormir en la calle a bajo cero

Adam Wieslaw vive a la intemperie en Vigo tras haber abandonado el albergue


vigo / la voz

El intenso frío congela las extremidades en la sombría calle Marqués de Valterra. En el chaflán de una esquina, apenas protegido por el voladizo de un balcón, vive a la intemperie Adam Wieslaw, un duro minero polaco nacido en 1959 que lleva desde 1991 en España. Vino en autobús para buscarse un nuevo futuro dejando atrás a una mujer y dos hijos que hoy ya son mayores. «Trabajaba en la mina de carbón a más de mil metros de profundidad. Era muy duro y lo dejé porque era muy peligrosos. Tenía cuatro amigos que murieron allí, en el pozo.

Hasta hace unos meses vivió en el albergue de los Hermanos Misioneros de los Enfermos Pobres en Teis, pero tuvo algunos problemas y decidió salir de allí y desde octubre pernocta al raso con viento y con lluvia. En los últimos días, bajo cero por las noches. «Yo hacía de conductor en la residencia. Si había que ir rápido de urgencias podía conducir como Raikkonen. Llevaba a la gente a los hospitales, a Povisa y otros centros hospitalarios, pero veía cosas que no me gustaban». Asegura que «la calle es la vida cruda. Nunca sabes qué te puede sorprender, pero el Señor me protege», dice mirando al cielo. Ahora se siente más libre y se ha puesto una misión, ayudar a las personas mayores que no pueden con el peso de las bolsas de la compra cuando bajas las escaleras que comunican Torrecedeira con Marqués de Valterra. En ese lugar, la calle Juan Ramón Jiménez, el desnivel es importante y, a diferencia de otros puntos de la ciudad, el Concello aún no ha colocado un ascensor. «No me voy a marchar de aquí hasta que pongan un ascensor», le manifestó Adam a un agente de la policía que le preguntó por qué vivía en ese lugar. Los vecinos se han quejado de la falta de limpieza que hay en la calle. Adam tiene tres maletas y una manta con la que se protege. Lleva un chubasquero que necesita una buena lavandería y saca de él un pequeño transistor que se ha quedado sin pilas. Algunos vecinos le saludan por su nombre y él les devuelve el saludo. Cuenta que ayudó a una mujer que se cayó por las escaleras y que algunos clientes del supermercado pesaron «que la había tirado yo para robarle y lo que hice fue ayudarla». «Yo no robo, aparco coches para sacarme unas monedas. No exijo nada, solo la voluntad. A veces me dan veinte céntimos, otras un poco más. Yo no me drogo como otros, solo bebo alguna cerveciña de vez en cuando y fumo solo tabaco».

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