Disfruta de una obra de arte durante tres meses en tu casa

Alfons Freire testa la cesión de cuadros para que el público pierda el miedo a las galerías


vigo / la voz

A finales de septiembre se inauguraba en el espacio multidisciplinar Cubo (Doctor Cadaval, 17-B) el experimento Esto NO es una galería de arte. Partiendo de la tesis de que la galería de arte es percibida por muchos como un lugar inaccesible, incluso tabú, el objetivo del experimento era, y sigue siendo, ceder a particulares las imágenes impresas que hay en el local, e incluso las que todavía no están, durante tres meses sin condiciones. «Cualquiera puede acoger una en su casa, solo tiene que pedirlo», explicaba entonces Alfons Freire, el responsable de la iniciativa, gestor de Cubo y autor de las obras, que son impresiones en alta calidad de los trabajos digitales realizados por él este año.

El artista califica como exitosa la experiencia ya que según cuenta, «doce personas y sus familias ya han acogido una obra y la tienen colgada en su casa, y otras tres están por recogerla, aunque fueron bastantes más los que se llevaron la ficha para rellenarla y traerla de vuelta».

Por eso se animado a hacer una segunda parte, en la que seguirá cediendo a particulares, o a empresas también, el resto de las imágenes impresas que hay en el espacio. Nuevamente, durante tres meses sin condiciones. «Solo que la devuelvan cuando acabe el plazo y que hagan y me envíen una foto de la obra que se lleven, colgada en el espacio que elijan. Si salen ellos, mejor, pero tampoco es obligatorio», explica.

Freire, vigués de Bouzas afincado en Barcelona desde niño, decidió volver a su ciudad natal hace tres años tras visitar a u familiar y comprobar que le gustaba más de lo que recordaba. «Estaba un poco cansado de vivir en Barcelona. Trabajo como diseñador editorial y casi todos mis clientes son de fuera de España, así que en ese aspecto me daba lo mismo estar en un sitio que en otro y decidí quedarme», cuenta. Unos meses después, ya instalado, montó Cubo, que ya ahora ya tiene dos años, aunque la mitad del último, parado por la pandemia. «Estaba funcionando muy bien, era un modesto referente en el ámbito cultural de la ciudad, parecía que ‘progresaba adecuadamente' y tenía la agenda de exposiciones cerrada hasta el año que viene, pero todo eso se cayó y hay que reconstruirlo», afirma sin intención de quejarse: «Soy consciente de que muchísimas personas lo han pasado mal y lo siguen pasando mal con el estallido y la expansión del virus».

Aunque quedaron pospuestos proyectos muy interesantes en el tintero, como la apertura de +CUBO, una nave industrial de 2.000 metros cuadrados para acoger a personas que trabajaran en el ámbito de la creación, Freire ha aprovechado el tiempo para lanzar ideas como la que sigue en marcha, y que se basa en la percepción, ampliamente compartida, de que «la mayoría de la gente percibe las galerías como espacios a los que no pertenecen». El vigués duda de si se trata de una cuestión cultural o educativa. En todo caso, un misterio que le gustaría resolver o contribuir a que dejara de ser así y que los ciudadanos entren como entran los museos cuando hacen turismo o como hacen en las tiendas de ropa, con confianza, sin miedo. «Yo lo compruebo a menudo. Se quedan mirando desde la puerta o tras el escaparate y les cuesta mucho entrar, como si hubiese una barrera invisible, incluso cuando les invitas a pasar, y no porque no les interese, es como si les pareciera que es un mundo al que no pertenecen y del que no tienen derecho a participar, no se sienten incluidos». Planteado el caso del galerista borde, el vigués argumenta que también hay tenderos bordes y lidiamos con ellos sin complejos.

Alfons Freire sostiene que algo que tiene que ser para todos, como el arte, «al final se queda reducido a cuatro entendidos que forman un círculo cerrado y no se aplican desde dentro medidas para evitarlo». Como el experimento no quería hacerlo con otros artistas porque le parecía mucho pedir, lo hizo con su propia obra.

Su trabajo son impresiones digitales, pruebas de artista que forman su catálogo personal. Para quien quiera quedárselas, se van a vender a precios reducidos, de 30 a 60 euros). «Mejor en una pared que en una carpeta», afirma, pero quiere dejar muy claro que no hay ninguna intención mercantil, «no es un manejo de márketing barato. En el caso de las cesiones, la compra enturbiaría el objetivo», asegura.

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