El renacer de un clásico que sigue por los pelos

La peluquería Carral, la más antigua de Vigo, regresa como barbería no muy lejos de donde estaba, con el estilo contemporáneo que le imprime Iago Fernández, tras recoger la sabiduría de su padre con la cuchilla


vigo / la voz

Atravesar la puerta de entrada de la nueva barbería Carral produce la extraña sensación de viajar en el tiempo, pero visitando a la vez el pasado y el futuro. El establecimiento se vio obligado a cesar su actividad al finalizar el mes de febrero de este 2020. Debían abandonar su emplazamiento original, en la calle Carral, al tratarse de uno de los locales municipales (con paredes de piedra de las murallas de la ciudad) cuya concesión caducaba definitivamente, aunque en este caso fue prorrogada por tres años más, hasta que se jubilase su titular, Pedro Fernández.

Desde que esto ocurrió, su hijo pequeño, Iago Fernández Mallo, que ya llevaba más de una década a su lado, es el encargado de llevar el testigo aunque se estrenó trabajando como cantero en la construcción y también pasó brevemente por la automoción.

Cuando su padre se despidió de la vida laboral, él ya llevaba un tiempo buscando un lugar donde poder seguir la tradición familiar, que no es poca. Más de cien años son los que lleva esta familia afilando navajas. Pedro empezó a los 11 años y en 1942 pasó a ser el titular junto a dos socios más. Aprendió junto a su tío Indalecio, en el mismo inmueble de la calle viguesa que cuando se retiró hace ocho meses, aunque entonces el negocio llevaba el nombre del barbero, y según recordaba, lo fundó en 1916 un primo suyo.

Un poco más lejos, pero tampoco mucho, Iago ha hallado el lugar adecuado para seguir encarnando a la tercera generación. Apenas 500 metros separan su nueva ubicación de la anterior, pegada al Mercado de O Berbés y con el mismo olor a mar de la Ría de Vigo al otro lado.

Según cuenta, no fue fácil. Primero porque coincidió con el confinamiento y las consecuencias de la pandemia no le permitían iniciar actividad antes. Estaba a punto de «emigrar» con sus bártulos a otro barrio, el de Coia, donde los precios son más asequibles, cuando se le presentó la oportunidad de alquilar el local que forma parte del mercado.

Eso, subraya, le ha permitido seguir manteniendo buena parte de la clientela. «Algunos los perdí por el camino, al tardar bastante en volver», lamenta.

Pedro lo aprendió todo de su padre, que ahora, ya retirado, no puede evitar pasarse de vez en cuando por la nueva barbería, porque además la decoración le permite trasladarse sin grandes esfuerzos, a su época. A lo largo de su trayectoria, Pedro, un profesional afable y atento, vivió episodios entrañables, como el que protagonizó junto a la simpática y listísima urraca Lola, que encontró un amigo de su hijo tirada en el parque de Castrelos y adoptaron tras pedir ayuda y no recibir respuesta del Seprona ni del centro de recuperación de aves.

De la calle Carral, Iago se ha traído, además de toda la sabiduría que ha podido, parte del mobiliario que daba personalidad al local. Entre todo, destaca, sin duda, el asiento infantil que es mitad silla y mitad caballo de madera, donde corta el pelo a los niños, puesto que tiene el tamaño ideal. El corcel se ha convertido, literalmente, en el emblema del local, ya que el vigués lo ha integrado en el logotipo del establecimiento con todo merecimiento. «Mucha gente identifica la barbería como la del caballito», explica añadiendo que, en cuanto salió la noticia de que cerraban, «nos llamó muchísima gente que quería comprarlo», pero hay cosas que no tienen precio, como tampoco lo tienen los tres sillones grandes que había. «Uno me lo llevé a casa y los otros dos, los tapicé y me los traje para aquí», cuenta.

Respecto a su trabajo, el joven se ha decantado más por la barbería que por la peluquería, aunque ofrece ambos servicios. Además de reconocer que le «tira» más y que también es lo que más le solicitan los clientes, su pericia entronca con una de las tendencias más acusadas de la actualidad y pasa a engrosar la lista de especialistas en atusar el pelo facial masculino, aderezado con rituales que hacía décadas que no se veían o se perdieron con la llegada de las maquinillas eléctricas.

Lo que tiene claro es que no se atreve con la peluquería femenina. «Es una pena, porque entran muchas mujeres a preguntar, pero reconozco que no sé y prefiero no arriesgar», admite.

Desde 1916

Dónde está

Calle Cánovas del Castillo, número 4. Vigo

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