«Te presionan diciéndote que del dinero que tú consigas en la calle depende salvar vidas»

Una viguesa relata las condiciones laborales de los captadores de fondos para las ONG tras advertir la Justicia que sufren abusos


vigo / la VOZ

Salen a la calle para tratar de conseguir dinero para una causa humanitaria, pero también para ganar el sueldo del que viven. Para mantener su trabajo afrontan en ocasiones unas condiciones laborales que rayan el abuso y la explotación, como acaba de señalar el Tribunal Supremo en una sentencia que obliga a Médicos sin Fronteras a eliminar una cláusula por la que los captadores tenían que conseguir seis nuevos socios a la semana que donasen una media de 115 euros al año y parar por la calle a 75 personas entre lunes y viernes para contarles a qué se dedica la oenegé. De fallar en alguna de las exigencias se les abría expediente disciplinario, antesala del despido.

«Te presionan diciéndote que del dinero que tú consigas en la calle depende que se salven vidas o no», señala Ángela Serantes, trabajadora despedida de la organización de acción médico-humanitaria para describir la presión que sufren los captadores de fondos entre las exigencias laborales y la necesidad que reconocen tienen los destinatarios de las ayudas. «Es una responsabilidad moral añadida», dice, a cambio de un sueldo escaso que solo da para suplir la falta de otro trabajo o combinarlo con los estudios. «Los captadores de socios y fondos no somos voluntarios, aunque mucha gente piensa que trabajamos exclusivamente por una causa», apunta Ángela.

Salarios mínimos

Ella, que trabaja ya para otra firma de captación de fondos para oenegés, estima que todas las organizaciones del llamado tercer sector siguen un patrón laboral similar en el que los salarios mínimos son moneda común y solo cumpliendo objetivos se puede ir acercándose a los mil euros.

«Hay que parar en la acera a un número concreto de personas y con el condicionante de que te están vigilando. O el coordinador va y viene, o su novia, como nos ocurría a nosotros, o echan mano de topos, personas que se hacen pasar por un viandante cualquiera para ver si los paras o no. Nunca sabes quién te puede estar vigilando», relata Ángela Serantes para detallar la presión a la que se ven sometidos la mayoría de los captadores que carpeta en mano tratan de lograr un nuevo donante.

La lluvia, el frío o el calor no rebajan el trabajo. «En Vigo solo dejamos de trabajar el día siguiente de los incendios del 2017. Por eso luchamos para que nos dieran un segundo chaleco, para poder lavarlo o secarlo si nos cae encima una mojadora. Nos costó mucho conseguirlo», dice en su doble papel de buscadora de dinero para oenegés y delegada sindical del sector en Comisiones Obreras. «La solidaridad que pedimos a los demás flaquea dentro de muchas oenegés», atestigua la viguesa.

La enorme movilidad laboral que registran las plantillas de captadores, donde la mayoría solo dura un mes o dos, hace imposible la unión para la reivindicación laboral de derechos y mejoras.

Cada día reciben un aviso de cómo van en el cumplimiento de sus objetivos, del volumen de nuevos socios captados y las tarifas que van a donar. «Y si llegas al jueves lejos de la marca a alcanzar, llegan los nervios», explica como portavoz del sector, reconociendo que en esas situaciones los captadores apuran un poco más su verbo para frenar y tratar de convencer a los viandantes.

«Nos marcan la calle en la que tenemos que estar, pero hay compañeros que están más a gusto en una con mucho movimiento de personas y otras a las que se les da mejor una conversación sosegada en puntos más tranquilos. Y en Vigo nos encontramos de todo: gente amable, otros que te insultan, hasta a mi me tiraron desde una casa en O Calvario un puré de verduras».

Los momentos de crisis se hacen notar también en un descenso de la generosidad social, «pero para presionarnos, las organizaciones le dan la vuelta al mensaje y nos dicen ‘en momentos de crisis, quién no se va a parar a ayudar’», concluye Ángela en su relato sobre la vida laboral de los captadores.

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