El sueño de reflotar Massó se desvanece

HEMEROTECA | La desunión sindical abortó hace un cuarto de siglo el intento de un grupo de trabajadores por hacerse cargo de la producción en la que llegó a ser la mayor conservera de Europa. La fábrica quedó abandonada


vigo / la voz

En agosto de 1995, un tercio de los trabajadores de Massó trataron de asumir la dirección de la conservera en Cangas, que había cerrado a comienzos de ese mismo año. Con una aportación de cerca de 300 millones de pesetas (1,8 millones de euros), 125 de los 330 empleados pretendían crear una nueva sociedad libre de deudas (SAL) tras obtener el embargo de la nave y las marcas de la conservera. Confiaban en recuperar parte de los mercados de la que había sido la mayor fábrica de conservas de Europa una vez estuvieran a plena producción.

El proyecto estuvo impulsado por la CIG, pero no hubo unidad sindical para sacarlo adelante. CC.OO. y UGT declinaron participar en la operación, considerando que aún existían esperanzas de que apareciese un inversor que reflotase la marca. La diferencia de criterios entre las tres centrales sindicales radicaba en que la creación de la nueva sociedad exigiría a los trabajadores inscritos en el proyecto pedir la rescisión de sus respectivos contratos. Pero la deuda de Massó con el personal alcanzaba los 220 millones. Ante la imposibilidad de que la empresa pagase esta y otras deudas acumuladas, tanto el personal como los bancos y demás acreedores pedían el embargo del amplio patrimonio de Massó. En aquel momento, los impulsores de la SAL llegaron a barajar tres nombres para el nuevo proyecto: Conservas Balea, Conservera de Cangas y Massonova.

A mediados de agosto de 1995 se explicaba desde el grupo de impulsores que la nueva sociedad estaba constituida y a expensas de aprobar sus estatutos. Contaba, según afirmaban, con un consejo de administración y 125 cooperativistas que aportarían unos 300 millones de pesetas. La idea era que la SAL empezase a producir en noviembre. La empresa podría venderse una vez recuperase la producción.

Desde UGT se criticaba a la CIG, acusándola de lanzarse por su cuenta a constituir la sociedad laboral en contra de la opinión del comité de empresa y de romper la unidad sindical. «No hay base alguna para hablar de ninguna SAL de Massó, primero porque no existe SAL alguna y segundo porque es un proyecto de una minoría, apoyado por la CIG y rechazado por más del 70 % de los trabajadores», decían los responsables de UGT, que se mostraban partidaria de esperar por otras soluciones que nunca llegaron a fraguarse.

Luciano Villar, presidente del comité de empresa y representante de la CIG en la empresa, defendía que la única solución era constituir la SAL y que los trabajadores solicitasen el embargo de bienes de la empresa para cubrir algunos de los salarios adeudados.

Todo quedó en nada y se perdió la última oportunidad de mantener la que histórica empresa de Galicia. En los años siguientes, el nombre de Massó ya se relacionó con el proyecto inmobiliario de la firma Marina Atlántica, que contaba con el diseño del prestigioso arquitecto Norman Foster. Consistía en una urbanización de lujo y un puerto deportivo, pero se topó con la oposición de parte de la corporación municipal y con contestación vecinal.

Massó había comenzado en el negocio de la salazón de pescado a comienzos del siglo XIX en Bueu. Eran los tiempos anteriores a las latas de conserva, un elemento que se inventó en Francia. No fue hasta avanzado el siglo XX cuando la familia de origen catalán decidió ampliar sus centros de producción. Fue entonces, en 1937, cuando comienza la construcción de la fábrica de Cangas, proyectada por el ingeniero Tomás Bolívar Sequeiros y el arquitecto Jacobo Esténs Romero. Su puesta en marcha llevó asociada la comercialización de partes de ballenas. La prohibición de la pesca de estos mamíferos sería, en los años ochenta, una de las causas del declive de la marca. Aunque hubo otros, como el contexto económico y la ausencia de una única vía de decisión entre los propietarios.

Con la llegada de los años noventa, Massó era una ballena moribunda. La Xunta trazó en 1993 el primer intento de reflotación con la compra del material que hoy en día conforma el Museo Massó en Bueu, y concediendo una línea de crédito. No fue suficiente. La factoría buenense fue la primera en desaparecer. Y ya a comienzos de 1995 cesó la producción en Cangas, cerrándose un gran episodio de la historia industrial de Galicia.

Hoy, la fábrica de Cangas pertenece a Abanca, que asumió las deudas de la promotora Marina Atlántica. Su estado de conservación es deplorable, como ocurre con buena parte del patrimonio industrial gallego. Los expertos en arquitectura destacan del uso de hormigón armado y acero roblonado en su estructura, con influencias del modernismo y racionalismo en su planteamiento. La gran torre sobresaliente y la enorme cristalera lateral siguen en estado penoso.

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