Polillas nocturnas, amor sin mascarilla

Las feromonas, esas moléculas sexuales con las que las mariposas atraen a sus parejas y se dispersan por el aire, ya están flotando en el ambiente


La cosa empezó aprovechando el pasado otoño para la tarea habitual de cambiar unas plantas de maceta, que tras el crecimiento estival quedaba un poco estrecha, a otra mayor y más confortable. En estos casos siempre ves una serie de encantadores bichitos comprensiblemente indignados por la reubicación pero a veces salta la sorpresa y removiendo la tierra para oxigenarla nos hallamos algo poco frecuente en ese contexto, una pupa.

Aclaremos lo de pupa: no es que nos hiciéramos daño, se trata de ese estado intermedio entre las orugas y las mariposas. Era un cilindro marrón achatado por los extremos y grande para el caso (unos dos centímetros). Para que se hagan una idea no se nos ocurre mejor descripción de su aspecto que definirla como una cagarruta. El caso es que, como decíamos, estábamos en otoño, empezaba a hacer frío por las noches y sencillamente (imaginando que se trataba de una pupa que no había llegado a convertirse en mariposa en verano) tras ponerla en un bote con tierra para hacerle una foto y recurrir a las amistades para que la identificaran la apartamos y sencillamente nos olvidamos. Allí se quedó nuestro presunto cadáver en su botecito en el alféizar de la ventana del patio todo el invierno y primavera. Ahora saltamos en el tiempo y llegamos a unas semanas atrás cuando, por casualidad, cuando fuimos a coger ese botecito olvidado tantos meses para tirarlo, pues ya se imaginarán, a la vista de la imagen, que alguien salió del confinamiento.

Disculpen el prólogo para presentarles a la Noctua pronuba, o rosquilla de la acedera, una preciosa polilla nocturna, muy común en nuestras latitudes, pero entre sus hábitos crepusculares, su oruga de discreto color gris, y que pasa parte de su tiempo enterrada no es frecuente verla.

Como muchas grandes polillas, aunque hay excepciones, sus colores están pensados para mimetizarse con el entorno y pasar desapercibidas para los depredadores durante el día. De hecho, nuestra prima es prácticamente invisible si la vemos sobre un tronco, aunque nos reserva una sorpresa con sus alas interiores amarillas que solo despliega en vuelo o para atraer a su pareja.

Lo de volar es digno de destacar porque es capaz de recorrer enormes distancias siendo considerada migratoria, como las aves a las que no pocas veces sirve de alimento. Pone sus huevos en el envés de las hojas de muchas plantas diferentes (algunas de huerta, por lo que no es muy popular en el mundo agrícola aunque, vaya una cosa por otra, son eficientes polinizadoras gracias a su larga trompa) y siempre muchos porque pocas de sus orugas llegarán a adultas y completar su ciclo vital.

Es lo que tiene estar muy abajo en la pirámide alimenticia. Las pocas orugas que lleguen a adultas pasarán el día enterradas y saldrán solo por las noches a alimentarse hasta que, a finales de verano, momento en el que decidirán que la vida en el suelo está bien, pero hay que volar. Para eso, como comprenderán, se necesitan algunos cambios radicales (pónganse en su lugar, pasar de oruga a mariposa no es sencillo) y como la cosa requiere tiempo pues nada mejor que hacerlo tranquilamente dentro de una pupa al abrigo de la tierra hasta que el calorcito nos espabile y salgamos a lucir nuestro nuevo aspecto.

Y así, a un par de centímetros de profundidad, nuestra pupa soportará los rigores invernales hasta que a finales de la primavera, ya como mariposa, saldrá a la superficie y con mucha prisa, porque tiene poco tiempo, buscar pareja y empezar otra vez la continuidad de la vida.

Y nada mejor para eso que aplicar el principio de «el amor está en el aire» porque las feromonas, esas moléculas sexuales que atraen a sus parejas y se dispersan por el aire, ya están flotando en el ambiente. Y para esas moléculas amables del amor no hay mascarillas que valgan. Para lo demás, por favor, no olviden usar mascarilla.

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