Pedro Pereira: «Se sorprenderían de quién nos pide comida»

Gestiona al año dos millones de kilos de comida en el Banco de Alimentos para dar a los que lo necesitan. Prevé que ahora serán muchos


Vigo

Es presidente de un banco bueno, pero como esos dos términos no suelen encajar, habría que enfatizar que Pedro Pereira (Santiago, 1941) es el presidente bueno de un banco, del Banco de Alimentos de Vigo, fundación provincial que cumple 25 años. «Los otros bancos, los de finanzas, tendrían que añadir a su nombre la palabra usura, para que se presenten como lo que son», dice como el «antineocapitalista y antineoliberal» que se declara. Y lo hace porque el Banco de Alimentos existe por necesidad, la necesidad de los demás, a la que llegan muchas familias por haberse entrampado en cuentas imposibles.

Pedro Pereira habla sin tapujos. Quien está acostumbrado a dar, y dar mucho, tiene ganada la virtud de poder decir lo que piensa, lo que ha vivido y sufrido también. A un lado del balance está su condición de padre de cinco hijos y abuelo de once nietos, haberse hecho vigués por amor a los 21 años o presidir el Banco de Alimentos. Al otro lado de la cuenta vital surge la ruina económica que sufrió al final de su carrera laboral, cuando intentó una aventura empresarial en solitario y no le salió.

Destila filosofía de vida, en parte estudiada, porque cursó Filosofía y Letras. Fue profesor encargado de cátedra de Geografía Económica, además de maestro del compostelano Colegio Peleteiro. Quería haber sido periodista, trató de ser catedrático en Madrid pero no comulgar con el régimen le dejó sin siquiera poder intentarlo. Ocho años de profesor en Vigo fue su salida hasta que le hicieron una oferta en una empresa y luego una representación del sector naval que fue bien hasta la reconversión. «Mi vida me ha ido creando un enfoque vital bastante interesante como para buscar algo más en mi retiro».

Y ahí es cuando se le puso delante el Banco de Alimentos, donde empezó como voluntario de a pie hasta que en el 2012 le empujaron hacia la presidencia de la Fundación que el año pasado repartió casi dos millones de kilos de alimentos.

Pedro Pereira confiesa no haber sentido antes la vocación de ayudar a los demás, y que casi entró en el Banco de Alimentos por ocupar su vida de jubilado. Pero se dio cuenta del mundo en el que acaban quienes lo han perdido todo. La «nómina emotiva» de quienes valoran su dedicación le llena más que la pensión limitada de un autónomo «de los de antes, de los que no estaban pendientes de cotizar».

«Este es un final para mi vida muy enriquecedora», dice, aunque el trabajo del Banco no sea directo con quienes reciben la comida sino con las entidades a las que se le da para que la repartan. «Los alimentos no nos pertenecen, solo los administramos», incide mientras cuenta que cada cierto tiempo les llega gente con un carro lleno a los puestos de la operación kilo y dicen: «esto es para el Banco de Alimentos, porque yo estuve en una situación muy mala y ustedes me ayudaron».

Advierte que la nueva crisis «está ya debajo de los pies y no nos damos cuenta». Y apunta que los nuevos parados a causa de la pandemia son susceptibles de mucho riesgo, sobre todo sus hijos. «Muchos de ellos no van a ver una vida mejor, van a vivir peor que sus padres, y sus mayores ya no van a poder ayudarles en una segunda crisis. Eso nos embarga».

Relata como algo habitual que les llamen pidiendo ayuda y que les digan que solo les queda el piso y que no les da ya ni para comida». Por esa situación dice que están pasando arquitectos, ingenieros... profesionales que no consiguen trabajo y que han quemado sus ahorros.

«Hay gente muy conocida. Con que diese algún apellido, que nunca lo haría, se sorprenderían de quién nos pide comida. Tardaron mucho tiempo en reaccionar, no quisieron dejar de ser socios del Club de Campo o de tal otra sociedad, siguieron con gastos imposibles de mantener y en un momento dado sus economías no llegaron ya para lo básico», narra Pereira.

El presidente del Banco de Alimentos se reconoce de izquierdas, pero en su puesto y la propia fundación es apolítica y aconfesional. «Cuando va a haber elecciones tenemos visitas muy oportunas de políticos, muy interesados en hacerse una foto», incide advirtiendo que sabe de la motivación de quienes acuden convocados por el olor de las urnas.

Valora notablemente que los barrios del extrarradio sean la fuente principal de las donaciones. «La gente más sencilla es la que mejor responde, otros que tienen más piden certificaciones para desgravar», dice, pero da por buena toda colaboración con quienes lo necesitan. Ese es el interés de su banco, que le gustaría que desapareciese algún día, por falta de necesidad.

de dónde viene

-¿Cuál fue su primer trabajo remunerado?

Profesor encargado de cátedra y maestro del Colegio Peleteiro de Santiago.

-¿De qué viaje guarda mejor recuerdo?

Viajábamos mucho en octubre por España. Uno a los Pirineos fue uno de los más bonitos. Fuimos hasta Colliure, a ver la tumba de Machado, y luego por la Costa Brava.

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