«¡¡¡Ooooohhhh!!!»

Después de 51 días encendidas, se apagan las luces de Navidad de Vigo; Caballero amenaza con que el próximo año el tema irá a más. La gente se entrega.


Vigo

—¡¡Vigueses e viguesas!! —no, no, no es él [ya saben, él]. Es un señor que lleva una hora en primera fila cantando todas las canciones de Tony Lomba a voz en cuello.

—¡¡Vigueses e viguesas!! —se arranca de nuevo el de la primera fila. Uno juraría que se trata de esa voz que cada día a media tarde entona «os quiero, os quiero, os quiero» por la megafonía de la calle del Príncipe. Pero no, todavía no es él [ese él].

—¡¡Vigueses e viguesas!! —sí, sí, ahora sí que es él [él]. Traje, bufanda, la corbata azul brillante de gala, Abel Caballero aparece escoltado por otras veinte personas, o cien, o quién sabe cuántos, que dicen ser concejales—. Vamos a finalizar as festas do Nadal.

—¡No jodas! —se sorprende el de la primera fila. Es 12 de enero.

—¡¡¡Oooohhhhh!!! —exclama la mayoría.

Hay varios cientos de personas que se han reunido en esta fría tardenoche en la Porta do Sol de Vigo para dos cosas: ver qué novedades tiene que contar Abel Caballero y ver cómo, después de pulsar un botón, las luces se apagan. Desde luego, es una ocasión especial. No hay la marabunta de la inauguración, pero está claro que la Navidad sigue desatando pasiones.

Pasiones que han venido inflamando en la hora anterior Tony Lomba y Elio dos Santos. Casualmente, la mayoría de los concejales han aparecido cuando Lomba está entonando Vaya tío, ese tema que le dedica a Abel Caballero. «Caballero es un puto crac», canta el showman, de traje blanco y gafas de sol, y el aludido mira embelesado, todos los dientes asomándole en la boca, mientras algunos concejales se entregan a bailar la canción como si fuera un mandamiento religioso. Lomba ha visto al alcalde y su tropa, y en el siguiente verso, en vez de repetir la misma frase, canta «Caballero fuma crac». Al momento, el alcalde se gira hacia el concejal Ángel Rivas con los ojos brillándole, le da unos manotazos en el antebrazo y, enseñando incluso más dientes que antes, le repite, encantado de lo que escucha: «¡Fuma crac!». Pero Rivas, que es el artífice de todo esto de las luces, ya está a otra cosa.

Con esos señores de primera fila y con esos Lomba y Santos de teloneros, cuando Abel Caballero aparece a los pies del árbol a anunciar que se acaba la Navidad —insistamos: 12 de enero—, el público está entregado. En primera fila, a pocos metros del señor que clava la voz del alcalde, está Enza, una italiana de Sicilia que llora, emocionada. «Es que me gusta... mucho. Mi piace tanto». Están también Olga y José. «Ao principio ían vir un ou dous autobuses... ¡e ao final viñemos sete! ¡400 persoas!».

Con todo ese capital, Caballero tira de clásicos. «The most beautiful city in the world», dice; «Vino hasta The New York Times», presume; «A estas alturas no voy a rivalizar con Madrid», reta... Le aplauden a rabiar. Caballero, cómodo con el micro, alterna sus frases virales con otras en las que se pone político —«Queremos ser una ciudad que ocupe su lugar en España»—, tierno —«Nos sonreiremos cuando nos veamos por las calles»—, misterioso —«Los que no venían preguntaban: ‘¿Serán tan bonitas las luces de Vigo?’ Y se les contestaba con el clamor del asentimiento silencioso»— y hasta amenazante —«No os preocupéis, que ¡¡enseguida llega el carnaval, la Reconquista, las fiestas de Vigo y los conciertos en Castrelos!!»—. Al final, crecido, avisa: «Enseguida llegará la siguiente Navidad; y preparaos porque va a haber grandes sorpresas». Clamor.

Por fin, tras 51 días de Navidad, llega la cuenta atrás. El árbol de la Porta do Sol se apaga. «¡¡¡Oooooohhhhhh!!!», grita la gente. Qué más da, si cada año empieza antes...

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