La bajura nunca se pasa de la raya

Vanessa Gayo, marinera de Moaña, lleva una década ejercitando varias artes de pesca en la Ría con su lancha


vigo / la voz

Cuando el cliente se asoma al mostrador de la pescadería, pocas veces visualiza a la persona que esa misma mañana salió al mar para ponerle en bandeja el plato del día. Porque cuando la pesca es de bajura y artesanal, el recorrido es corto y el plazo, breve. Vanessa Gayo todavía tiene impregnado el olor salado del mar y la cosecha de la jornada está ya al otro lado de la ría. Ella navega con su lancha por los alrededores de Moaña, con las Cíes como límite, pero su pesca y tiene como destino la lonja de Vigo, que es el pactado con la empresa con la que trabaja.

La joven pescadora nunca pensó en que el mar sería la oficina donde echar las redes para su sustento. Y eso que la profesión no la pilla de sorpresa. Su padre, Manolo, era contramaestre en barcos de altura. Pero a Vanessa el amor marinero no le llegó por vía paterna, sino matrimonial.

Fue su marido el que la introdujo en un sector que ya conocía y en el que ella fue entrando poco a poco, arte a arte. «Yo nací en Soutomaior, pero con dos años ya estaba en Moaña», cuenta la marinera de 37 años, que suma ya cerca de una década de experiencia.

«Tenemos varios oficios asignados, dependiendo de la temporada. En este momento estamos con el boliche, es decir, cogiendo luras; pero también lo alternamos con el marisqueo, básicamente almeja, el bou, arte de arrastre en el que se coge el choco y la jaiba, que es como una nécora pequeñita, y andamos además al xeito con la sardina, y con los trasmallos para pescar chocos grandes», resume sobre todo un mundo, como es la pesca artesanal de bajura.

Todas esas variedades que menciona dependen del calendario. «Según la época tenemos abiertas unas cosas u otras. La temporada de los trasmallos, por ejemplo, va de febrero a junio, pero en este momento, de julio a septiembre, el boliche es el que toca aunque a veces también hacemos algo marisqueo. Vas a lo que ves que te compensa más», aclara. También dependiendo de las aperturas de temporada, su horario de trabajo cambia. Ella y su marido salen con la pequeña lancha planeadora, que tiene ya asignados unos oficios para despachar. «Por ejemplo si llevamos unos días con poca lura, cambiamos el despacho a la almeja. Es algo que hay que notificar y se hace a través de unas máquinas que hay en las lonjas, para certificar legalmente que puedes estar pescando eso».

Sobre esta temporada cuenta que tuvo un arranque muy abundante, lo que hizo bajar los precios. «Ahora es difícil que suba», lamenta. La marinera recuerda que en el verano del 2018 el precio del kilo de lura llegó a acercarse a los 50 euros, pero en esta ocasión roza los 20 euros.

Según cuenta, a Vanessa nunca se le dieron bien los estudios. Trabajó antes en la hostelería y en una fábrica de congelados. Le gusta, pero reconoce que a veces es un poco estresante y otras, requiere mucho esfuerzo. Sus horarios son cambiantes y la media ronda las ocho horas de jornada, «también depende mucho de cómo vaya el día», pero al menos descansa sábados y domingos. De las artes que practicar, lo que más le gusta es la almeja «porque solo tengo que escoger. Mi marido la coge y yo la elijo». Lo que menos, ir a la sardina, al xeito, porque se hace de noche, hay que esperar y si no viene es un aburrimiento. El bou, para ir a la jaiva, también es de noche, «pero como haces lance tras lance, es más entretenido», admite.

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