Ciego, enfermo, sin tarjeta sanitaria y a punto de quedarse en la calle

Una mujer pide ayuda para el portugués Abilio, que aún en su situación le da cobijo


vigo / la voz

La desgracia es la tercera habitante de la casa en la que residen el portugués Abilio Carneiro y la viguesa Sonia Voces. Hay ambientaciones en novelas de Galdós más alegres que la estampa que ofrece esta pareja unida en la desgracia. Viéndolos a los dos juntos es difícil decidir cuál está peor. Ella, al menos, puede andar y a pesar del peso con el que carga en una vida marcada por la toxicomanía, se encuentra con fuerzas para tratar de buscar solución a una situación que cada minuto se vuelve más insostenible para el hombre que le abrió las puertas del espacio que habita a pesar de lo poco que tiene para dar. La historia de Abilio y Sonia converge en el mismo punto donde se juntan, según el dicho popular, el hambre y las ganas de comer.

Él tiene 56 años. Lleva 25 en Vigo, donde trabajó en la construcción hasta que un accidente le impidió seguir y se quedó ciego. «No tiene pensión, ni tarjeta sanitaria ni nada y el dueño de la casa donde vive le está dejando quedarse», avanza ella, que actúa como su portavoz y trata de ser su bastón, aunque le cuesta, para devolverle lo que él ha hecho por ella.

La viguesa tampoco está para fiestas. Tiene 50 años y la risga es su único ingreso, que no supera los 400 euros. «Me acabo de separar tras un matrimonio de 18 años, necesitaba una habitación y me encontré con esta persona, que me la cedió. Entré a vivir y así le echo una mano. Al menos tiene algo a lo que agarrase. Yo lo veo tan indefenso, tan poquita cosa... Ahora no come nada», cabila mirándole mientras enseñan las habitaciones de una casa viejita en Cambeses, con paredes desconchadas que rezuman olor a humedad y decenas de piezas de ropa se acumulan sobre cajas en un equilibrio imposible.

Cien euros

Sonia, que aclara que no es su pareja, cuenta que de la risga, «por la que recibo trescientos euros y pico, yo le doy cien que van para el agua y la luz. El propietario no nos cobra alquiler, pero dice que ya es mucho tiempo el que lleva sin percibir nada y que no es una oenegé. Yo lo entiendo porque ya bastante está haciendo este señor que es una gran persona, las cosas como son», agradece.

Pero a continuación se hunde en el discurso: «Es que nadie hace caso, nadie hace caso», repite, y la voz se le quiebra en llanto. «Yo no entiendo nada de esta vida, señorita. Me siento impotente, no sé qué hacer. Estoy muy mal», reconoce. La viguesa ha llamado a muchas puertas pero no ha conseguido nada. «La asistente social es un encanto de mujer, pero llegas allí y te dan largas, vete a emigración, vete aquí y vete allá. ¡Con qué, si no tiene ni tarjeta de autobús ni nada!», exclama.

Abrumados por la burocracia, no logran conseguir la asistencia que necesitan

La burocracia les abruma. Aseguran ambos que han intentado conseguir ayudas, y aducen que entre las múltiples negativas que han obtenido, les han dicho que no pueden darles lo que piden «porque es portugués y sus papeles no están legalizados. Yo trato de hacer cosas, pero hay gestiones que no las puedo hacer por él, como firmar sus papeles», aduce.

Según cuenta, Abilio tiene familia en Portugal. También en Vigo. Estuvo casado y tiene una hija en la ciudad, pero no se tratan. Luego convivió durante años con otra mujer. «Como no tenían papeles de convivencia, no le quedó paga ninguna», indica.

Abilio es ciego y pobre, pero ahora, además, está enfermo y necesita la tarjeta sanitaria. «Fuimos al hospital dos veces. La primera le atendieron y la segunda le pusieron mil pegas, nos dijeron que nos moviéramos para conseguir la tarjeta. Pero no puede andar más que unos cuantos pasos. Tiene un pie fatal, con una infección, y un bulto en la pierna», enumera.

Miedo a recaer

Por si fuera poco, ella también afirma estar enferma. «Tengo mis cosas, mis problemas. Estoy en el centro Alborada de Vigo desde hace años. Llevo fuera de la droga mucho tiempo y tengo miedo a recaer. Este año, además, me divorcié y se ha muerto mi madre. Estoy sola, no tengo hermanos, no tengo a nadie», llora. Sonia tuvo un hijo, pero lo dio en adopción. «Decidí que el niño estaba mejor en manos de otra familia y de hecho está de maravilla», relata. Mi vida es un caos. No puedo más. Lo mío es para tirarme del puente de Rande. Estoy harta de todo. Yo le ayudo a él ¿y quién me ayuda a mí?», pregunta desconsolada con la esperanza de hallar, al menos, quien les guíe por el infierno administrativo.

La Voz de Galicia
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